ENSAYO GENERAL

Un auténtico cuento de hadas

0

Siempre me gustaron los cuentos de hadas, y no tengo muy en claro por qué. No me refiero solo a las versiones de Disney; hablo también de las versiones clásicas, las de los Hermanos Grimm, Charles Perrault o Hans Christian Andersen. En mi casa había muchísimas ediciones, las primeras compradas por mis abuelos o mi mamá, las siguientes por mí o al menos para mí. Rara vez aparecían las más sangrientas, las más fieles a los originales, salvo por error, pero recuerdo muy bien esos errores: la primera vez que leí el cuento de los zapatos bailarines con el final en el que a la nena le cortan los pies (y los zapatos siguen bailando igual, con los pies amputados adentro) o la versión de La sirenita que termina cuando ella se queda primero sin voz, y después se convierte en espuma de mar. A través de los años, son relatos que me siguen fascinando, en parte porque no tengo muy en claro, ni siquiera después de haber leído sobre el tema, qué es un cuento de hadas: no todos tienen hadas, por supuesto. No todos tienen magia, o elementos sobrenaturales; no todos tienen princesas tampoco. No todos terminan bien; de hecho la mayoría termina mal. Muchos empiezan bien, aunque no todos; sí, quizás, siguen algún tipo de curva parecida. En casi todos las cosas están muy bien antes de llegar a estar muy mal.

La hermanastra fea, opera prima de la noruega Emilie Blichfeldt (MUBI), le cambia el punto de vista al cuento de La cenicienta, uno cuya versión clásica yo no conocía; aparentemente tiene muchísimas encarnaciones, incluso previas a la que recogen los Hermanos Grimm, que es claramente la que toma Blichfeldt. Iba a escribir que Blichfeldt convierte La cenicienta en un cuento de terror sobre la belleza femenina, pero no sería cierto; más bien lo retoma. El relato de los Grimm ya tiene todos esos elementos: una Cenicienta que es primero rica, luego pobre y después rica de nuevo (no tenemos, entonces, una protagonista que asciende socialmente, sino una que vuelve al lugar aristocrático que le pertenece legítimamente, por nacimiento); un premio a la belleza, la mano del príncipe, que organiza un baile para encontrar a la chica más linda de la comarca; y, lo más importante, un pueblo de mujeres desesperadas, dispuestas a arruinarse la salud y la vida para entrar en el zapato estrechísimo de la hegemonía estética.

El tema de sufrir por la belleza, y asociado al género cinematográfico del horror corporal, estuvo de moda hace relativamente poco a raíz del éxito de La sustancia, de Coralie Fargeat. La sustancia es divertida e ingeniosa, pero sus tesis sobre la belleza tienen poca novedad: la relación de la hermosura con la juventud, la pócima mágica que termina siendo una trampa. La hermanastra fea, en cambio, tiene tanto para decir sobre la belleza que es hasta difícil escribirlo (mejor hacer una película). Está la crueldad de la belleza de Agnes (Thea Sofie Loch Næss, la Cenicienta de esta historia), la belleza natural, espontánea e involuntaria que la hermanastra Elvira (la protagonista, Lea Myren, fantástica) no puede comprar ni con todo el oro ni con todo el dolor del mundo; me encanta cómo está contada visualmente esa idea, mucho más interesante y dura que la de que no hay chicas feas, solo chicas pobres. Digo que se cuenta visualmente porque más allá de que es parte del tema de la película, sobre todo la vemos en la imagen: en la luz cálida y poco teatral que ilumina a Agnes, una luz pensada para un rostro que no tiene nada que esconder, en contraste con la cara llena de sombras de la hermanastra fea. 

La injusticia insalvable de esa diferencia natural: la injusticia de que Elvira no solo tenga que ser fea, sino, encima, verse tonta y ridícula por sufrir por ser fea, por querer ser linda. La incerteza perversa sobre si todo ese dolor vale la pena, porque La hermanastra fea no es una película reconfortante, que venga a decirte que no, que no te conviene arruinarte la vida para ser linda; si te sale bien, de hecho, quizás te convenga bastante. Elvira termina pésimo (no es un spoiler; pase lo que pase, ya sabés desde el principio que va a terminar pésimo) pero eso no dice nada sobre su belleza interior, o sobre cómo las cosas podrían haberle salido mejor de otro modo. Tiene algo muy contemporáneo, creo, La hermanastra fea, en su fe que tiene en el concepto de nacer con buena estrella; a Agnes le toca eso, ese derrame de hermosura, carisma y sensualidad sin esfuerzo. A Elvira, en cambio, le toca ser una trabada, una sin gracia a la que todo le cueste. Es dulcísimo elegir una protagonista así; no hay nada más generoso, en el fondo, que meterse con amor y oscuridad en el alma de esa chica sin virtudes.

Lo mejor, sin dudas, de La hermanastra fea, es que es un auténtico cuento de hadas: un cuento de hadas que no tiene moraleja, un relato al que no le han agregado a posteriori ninguna enseñanza para los niños o los adultos. Hay algunos villanos, pero ninguna heroína; no ganan ni los buenos ni los malos, no hay premios ni castigos. Solo la arbitrariedad bruta de la suerte y la belleza que viene de la verdad, de ese buceo profundo que los cuentos de hadas hacen desde tiempos inmemoriales en las miserias más oscuras de la naturaleza humana.

TT/MG