Opinión

Autocrítica y ficción

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Acaso por prejuicio solía sentirme incómodo frente a la falta de pudor de las “literaturas del yo”, pero terminé escribiendo una novela que bien podría ser leída desde esa etiqueta. Arte Folk Americano trata sobre dos fracasos que se dan en simultáneo entre los años 2016 y 2018: el fracaso de un amor, de una pareja, de una historia de emigración hacia el corazón del Midwest estadounidense -un poco a contrapelo de las noticias que intentan fomentar este tipo de aventuras- y el fracaso de un emprendimiento que proponía, a través del aprendizaje de técnicas de embalsamamiento, comercializar monumentos a la memoria animal.  

Mientras escribía la novela les conté a los protagonistas -cazadores, ex combatientes del ejército más poderoso del mundo, artesanos y docentes de taxidermia- que tenía pensado retratarlos. Les iba adelantando un poco las escenas que escribía. Incluso llegamos a debatir algunas anécdotas que todos recordábamos de forma diferente entre mi primera y mi segunda estadía en el taller donde me formé como embalsamador. Preso de una pulsión etnográfica poco honesta de la cual yo también fui víctima pero me declaro culpable, suponía que compartirles bocetos improbables de la estructura de mi novela, que supuestamente era un policial negro, me permitía analizar sus reacciones y conocerlos mejor. 

Llevé durante el proceso una libreta de notas llena de aforismos y pensamientos demasiado teóricos que iba registrando a medida que combatía con los cadáveres de animales, y que solo usé a cuentagotas en Arte Folk Americano. Ya que hablamos de embalsamar se podría decir que el proceso de escritura fue similar a la confección de un traje de momia con diferentes capas, realizado en diferentes momentos, donde sólo al final me di cuenta de que el cadáver embalsamado era mi propia memoria. A veces creo que lo que me terminó saliendo es casi una novela de terror, el género de moda. 

Me queda una serie de fotografías de los protagonistas humanos con quienes compartí momentos felices -que no voy a mostrar- y otra serie de fotografías de mis bebés -en realidad son personas no humanas embalsamadas- que en un acto de narcisismo irrespetuoso sí suelo poner en Instagram o enviar a personas que me escriben comentarios sobre el libro. Se trata de montajes obscenos, que en aquel momento consideraba como un peldaño necesario para depurar mi técnica. Al subir esas fotografías me consuela pensar que el futuro -y lamentablemente me cuesta mucho habitar ese futuro: soy un hipócrita comedor de asados- es acaso vegano. Estoy convencido de que los animales merecen vivir y morir con dignidad, y anhelo que la carne sea reemplazada en un tiempo prudencial que ojalá me toque vivir. Es el único solucionismo tecnológico que aún me permito. 

Solo me queda agregar que Rodolfo Walsh, un zorro colorado que era el favorito de mis montajes, quedó en Estados Unidos, y es quizás lo único de aquella etapa de mi vida que me gustaría recuperar. Dudo que alguna vez vuelva a verlo, cepillarlo con un secador eléctrico o recitarle versos en la oscuridad. 

HV

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