Los datos del IPCC Análisis

Cambio climático y el nuevo informe de la ONU: más certezas sobre la dimensión de la crisis

Crisis ambiental y contaminación

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Llegó una nueva edición de la evaluación global del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), cuyo conocimiento nutrió los objetivos del Acuerdo de París. Por las filtraciones que se conocieron y lo que se publicó, vemos mayores certezas en cuanto a la excepcionalidad y la urgencia de esta crisis. Nunca la humanidad vivió condiciones climáticas como las actuales, a las que llegamos por el modelo productivo hegemónico. Ya sufrimos consecuencias irreversibles y, de no actuar en esta década, sufriremos consecuencias extremas y más frecuentes. El margen para seguir emitiendo gases es más pequeño que nunca. La buena noticia: con acción política transformadora, podemos evitar lo peor. Esta evidencia es inédita para diagramar la década que atravesamos y los siguientes veinte años, cruciales para definir nuestro futuro.

Esta evidencia llega en un momento muy delicado. La gestión de la pandemia profundizó la grieta anticientífica. Un movimiento que crecía al calor de la conspiranoia potenciada desde los audios de WhatsApp y los videos de YouTube. Ocurre entre el agotamiento no sólo empírico sino emocional de una hegemonía globalizada, la profunda y transversal disputa de sentido que llega desde los márgenes y los subsuelos, y los agujeros discursivos de un occidente bennetonizado que persiste en el desfasaje con sus acciones. Que dice “al virus le ganamos entre todos” y profundiza grietas, que promete “emisiones cero” y busca petróleo hasta abajo de las baldosas.

Los liberales de la razón buscan sacarle rédito electoral a esas desconexiones. Dicen con la encuesta antes que con la información. Ponen en duda no por vocación filosófica, sino para construir una confusión fértil para sus verdades absolutas. Construyen desconfianza mientras visten santos de madera, de los que luego se apropian con altos decibeles y profusa repetición mediática y digital. 

Al mismo tiempo, los pensamientos afines al racionalismo científico, los mismos que levantaron la bandera de la salud por sobre la del capital al inicio de la pandemia, que se rodearon de especialistas para tomar decisiones, dejan la convicción cuando la evidencia choca contra sus dogmas. Aquí se inscriben las filas del desarrollismo a toda costa, cruzando distraídas las vías del tren climático: un accidente cierto que buscan ignorar mirando hacia otro lado. El negacionismo selectivo del desarrollismo no es una opción inteligente para garantizar un futuro justo y equitativo.

El binomio ciencia y política se vio dañado —y sigue haciéndolo— por la irrupción de populismos patriarcales y violentos, liderados usualmente por hombres blancos y poderosos. La democracia y la ciencia comparten valores y también amenazas. La defensa de los privilegios de las minorías erosiona las redes de construcción social y de conocimiento. Además de empatía territorial, las militancias populares y democráticas requieren liderazgos con visiones de largo plazo verdaderamente revolucionarias.

Los hallazgos del IPCC son fundamentales por su carácter tanto anticipatorio como transformador. Este conocimiento permite diagramar políticas a largo plazo con altos niveles de certidumbre sobre las consecuencias que deberemos afrontar si no actuamos. Por eso las militancias juveniles emergen desde las urgencias del hoy, sino proyectadas a evitar las del mañana. Buscan justicia intergeneracional, al mismo tiempo que señalan las responsabilidades históricas. Analizan los últimos siglos para construir los que vienen. Mientras, sectores políticos atados a dogmas sin actualizar no miran más allá de las próximas elecciones -y el mercado no supera el próximo reparto de dividendos.

Es necesario, y conveniente, que dejen de pintar todo de verde y reconozcan que el color no cambia la política. No se trata de golpear más despacio, sino de dejar de golpear. Se trata de reunir las nociones de sociedad y naturaleza, dejando el rol del patriarca extractivo -digo figurativamente, pero las mesas energéticas no son pura coincidencia-. Porque sabemos que para evitar el colapso climático hace falta menos petróleo y gas, no más. Hace falta menos monocultivo transgénico, no más. Que esta década (el próximo mandato, digamos) es más importante que ninguna otra. Es ciencia, no activismo. Negarlo es sacar los pies del barro de la complejidad para construir una burbuja de cristal donde el mundo avanza de acuerdo a sus ideales y no a leyes físicas, a fuerzas naturales y sociales en construcción.

A pesar de las complejidades económicas y sociales que plantean estas transiciones, son una oportunidad para descentralizar y democratizar el acceso a la energía soberana, a la tierra y al alimento. También a garantizar vidas dignas con foco redistributivo y enfocando las fuerzas productivas a los objetivos del futuro. ¿Un impuesto permanente a las grandes fortunas puede ser un principio? ¿Una reforma fiscal progresiva donde tributen más los que más tienen y no los que menos? ¿Una garantía de trabajo en industrias renovables y producciones agroecológicas, que potencie la sustitución de importaciones de nuevas tecnologías? ¿No pagar la deuda odiosa y canjear la legítima por acción climática? No sólo se trata de discutir prohibiciones, sino de pensar cómo transicionar. Hacer lo mismo esperando resultados diferentes es terraplanismo explícito.

MF/WC

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