QUÉ ESCUCHAR
Lo que se cifra en un pie
“Sangre en el zapato hay”, cantan dos palomitas blancas. “El zapato no le va/ la novia verdadera en la casa está”, concluyen. “Córtate un pedazo del talón. Cuando seas reina no tendrás necesidad de andar a pie”, le había aconsejado su madre a la segunda de las hermanastras. La primera ya había fracasado en un intento similar. Era el dedo gordo el que no entraba en el calzado y la madre, con idéntico argumento, le había aconsejado amputarlo. Las palomitas habían advertido al príncipe con su canto y él había reparado en la sangre que chorreaba de sus pies.
En la versión original, si es que tal cosa existe en los cuentos populares, no había hada madrina ni calabaza. Solo esas aves blancas que habitaban junto a la tumba de la madre de Cenicienta, que allí acudía a rezar cada día, y que harían caer del cielo las vestimentas, cada una de ellas más deslumbrante que la anterior, para cada uno de los tres días de fiesta convocados en palacio. Y estaba, por supuesto, el delicado pie de la heroína. Y ese famoso zapato que resulta ser de oro y no de cristal en la versión recopilada por Jakob Grimm, redactada por su hermano Wilhelm e incluida en el primero de los dos volúmenes de Cuentos de hadas del hogar y de los niños (Kinder und Hausmärchen), publicado en 1812.
Los hermanos Grimm fueron también los primeros en editar un tratado de gramática alemana. Y su colección de cuentos, en palabras del propio Jakob, no estaban destinados a los niños en absoluto. “No hubiera puesto tanto ánimo en componer este libro –escribió– de no haber creído que las personas más graves y cargadas de años podían considerarlo importante desde el punto de vista de la poesía, la mitología y la historia”. El proyecto de los hermanos tenía que ver con una obsesión del Romanticismo que acabaría de eclosionar en el Nazismo: la idea de que la identidad de un pueblo se construía a partir de lo ancestral. El otro punto de partida fue la convicción de los recopiladores de que los cuentos populares se mantenían a lo largo de los años con muy pocas modificaciones –lo que no era cierto– y que, por lo tanto, eran una muy buena manera de investigar acerca del alma alemana.
El cuento de la Cenicienta, o por lo menos historias en que la identidad se dirimía con un zapato y con un pie, existía desde mucho antes. La primera mención registrada es la de “Ródope”, un relato escrito por el geógrafo griego Estrabón entre el año 63 y el 23 a.c., y transmitido oralmente en Egipto. Allí, un águila roba una sandalia a una prostituta de Náucratis y la arroja sobre la cabeza del rey, que luego buscará a la propietaria. En el Pentamerón del napolitano Gianbattista Basile, de 1634, aparece una Gatta Cenerentola, ya con un argumento bastante similar al conocido actualmente y Charles Perrault, en 1697, escribió la versión en la que acabarían basándose muchas de las posteriores, Cendrillon ou La petite pantoufle de verre (Cenicienta o la pequeña pantufla de cristal), incluida en su colección Historias o cuentos de tiempos pasados. De la última, la de la película La hermanastra fea, dirigida por la noruega Emilie Blichfeldt y ganadora el año pasado del Festival de Cine Fantástico de Sitges, apenas se dirá aquí que vale la pena verla (en Mubi o en plataformas menos legales), que rescata y resignifica algunas de las truculencias de los Grimm –y también sus palomas– y que, más o menos a los 10 minutos, allí Cenicienta reclama decencia a la hermanastra fea. Una palabra que pone en foco aquello de lo que el sociólogo Pierre Bourdieu habla en La distinción. Criterio y bases sociales del gusto. De lo que se juega en la lucha de clases y, en particular, en el enfrentamiento entre la aristocracia y la burguesía. Una tensión que se resolverá en el campo de la distinción y del gusto. De aquello que no puede comprarse con dinero. De lo clásico, lo que no muda con la moda. Lo que define la clase. Lo que se cifra en un pie que sólo puede ser hereditario.
El contrario exacto al pie de la Cenicienta es el de la sirvienta pintada por Eduardo Sivori en el cuadro “Le lever de la bonne”, presentado con cierto escándalo en el Salón de París en 1887. El pie de una trabajadora en lugar del de alguien que, a pesar –o a causa– de su inocultable distinción es obligada a trabajar por los advenedizos. De los que buscan el dinero y el ascenso social. Cenicienta no los necesita. Será devuelta a su destino –manifiesto en la nobleza de sus gestos; en su gusto– por el príncipe. E incluso, como en la ópera La Cenerentola, compuesta por Gioacchino Rossini con libreto de Jacopo Ferretti y estrenada en Roma en enero de 1817, la joven será capaz de elegir al noble a pesar de que se presente en su casa con las vestimentas del criado. Y es que de hecho los nobles saben que la discusión por el dinero está perdida. Solo los queda, para diferenciarse, lo que viene de cuna: la distinción.
Incidentalmente, Bourdieu aborda dos cuestiones ligadas íntimamente a la Cenicienta en dos artículos publicados en forma conjunta en una memorable colección de Folios Ediciones, dirigida por Beatriz Sarlo y Carlos Altamirano y bautizada “Argumentos”. En “Campo intelectual, campo del poder y habitus de clase” analiza la puja entre la burguesía y la aristocracia y, en “La ontología política de Martín Heidegger”, la ligazón, anticipada por los Grimm, entre lo folklórico y el nazismo. Y lo clásico pasará, más o menos por la misma época de La Cenerentola rossiniana, a identificar toda una clase de música de la que una clase –social– se empeñará en considerarse única propietaria –como de tantas otras cosas–. Y en esa música tan clásica –e involuntariamente tan “de clase”– han quedado varias obras de belleza singular. La mencionada de Rossini, con algunas arias y escenas de conjunto memorables, otra ópera, hoy algo olvidada, de Jules Massenet, y el ballet que se estrenó en el Teatro Bolshoi en1945, con música de Sergei Prokofiev y coreografía de Rostislav Zajarov, con Galina Ulanova como estrella.
Y sería injusto no incluir, aunque más no fuera como bonus track, “A Dream is a Wish that your Heart Makes”, la canción que Ileana Woods cantó para la película producida por Walt Disney en 1950.
DF/MF