QUÉ ESCUCHAR
Al compás de una leyenda negra
En las historias culturales, el prestigio de los testimonios de primera mano suele ser inverso a su capacidad para desentrañar la verdad. Sobre todo, en el mundo del tango donde, si se juntaran tres testigos, se conseguirían, probablemente, cuatro o cinco historias diferentes. Algo así es lo que sucede con Eduardo Bianco, uno de los autores del género más conocidos en Europa –aunque casi ignoto en Buenos Aires–, y autor de una pieza titulada “Plegaria”, a la que se le atribuye una negra leyenda y el mote de “tango de la muerte”.
Entre lo poco sobre lo que hay certeza se encuentra la dedicatoria de esa partitura al Rey Alfonso XIII de España, destronado en 1931por la República. Y que otros dos tangos, “Evocación” y “Destino”, están dedicados a Benito Mussolini. Podría tratarse de mero oportunismo, por supuesto, pero el historiador y periodista Isidoro Gilbert, en un exhaustivo artículo publicado el 17 de noviembre de 2010 en el suplemento Ñ del diario Clarín, apunta, como prueba de las simpatías ideológicas de este violinista y director de orquesta nacido en Rosario en 1892, que pasó un largo período en la Unión Soviética sin por ello dedicar canción alguna a Josif Stalin.
Lo otro que se sabe es que en los años veinte se fue a Francia, que allí empezó con un trío, junto al bandoneonista José Schumacher y Luis Cosenza en piano, que luego formó parte de la orquesta de “El Tano” Genaro Espósito e integró la de Manuel Pizarro, que ya era una celebridad en París (llegó a haber, al mismo tiempo, cinco Orquestas Pizarro para satisfacer la demanda). Que, finalmente, junto con Juan Bautista “Bachicha” Deambroggio, que había sido músico de Roberto Firpo, fundó la suya propia, que tocó en París, en el cabaret Palermo y luego en el Capitol . Y que además de su largo pasaje por Rusia (algunas fuentes, no todas, aseguran que fueron 17 meses), actuó en Turquía, en Grecia, Suiza, Polonia, Bulgaria, Austria y Medio Oriente y que, cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial, presentaba un espectáculo fastuoso, con vestimentas y escenografías exóticas, en el Deutsches Theater de Berlín. Y allí es donde comienza la leyenda del “Tango de la muerte”.
La primera divergencia entre las historias que cuentan la historia de Bianco es acerca de los motivos de su viaje a Europa. Las biografías oficiales –o más informadas, como la de Néstor Pinsón del sitio virtual Todotango– hablan, sencillamente, de la falta de trabajo en Buenos Aires y la búsqueda de mejores ofertas aprovechando el éxito del tango en París. Otros condimentan la narración con un asesinato y una huida. Pero tampoco ellos están de acuerdo. Algunos aseguran que el músico mató a su esposa. El resto, que el asesinado fue el amante de ella, pianista de la orquesta de Bianco, a quien él le habría pegado un tiro en medio de un ensayo. Ambas versiones coinciden, no obstante, en que fue arrestado y luego indultado gracias a sus buenos contactos políticos. Y eso, obviamente, contradice la necesidad de escaparse y, por otra parte, si no tenía trabajo no había tampoco pianista y, mucho menos, importantes contactos políticos que pudieran salvarlo de la gayola.
Pero el músico llegó a Europa y no solo trabajó allí sino que en Grecia, por ejemplo, fue el iniciador de todo un género, el tango griego, que tuvo estrellas como las cantantes Danai, Kakia Mendro y Sofia Vembo y cuyo repertorio, además de las previsibles traducciones de “La cumparsita” o “Caminito” incluyó compositores notablemente prolíficos, como Attik, y piezas originales como la bella “Vivo por fuera, muerto por dentro” (“Apo meno pethameno”), escrita por él en 1926. Y viajó. Y “Plegaria”, que se tradujo al griego, fue además un éxito en todo el continente. Y Bianco lo tocaba en Berlín, donde, según unos, fue escuchado por Hitler y Goebbels en persona. Que tan reputados habitués de Bayreuth fueran a escuchar tangos ya es improbable. La teoría de que al Ministro de Propaganda le sedujera la posibilidad de que ese género reemplazara como gusto popular al jazz –allí había un solo negro, Rosendo Mendizábal, y difícilmente lo conocieran– tampoco se ajusta a otros hechos, en particular la ausencia de tangos “oficiales” del nazismo, algo que sí ocurrió con el jazz, con orquestas creadas por el propio Goebbels con el fin de llegar a las radios de onda corta de los ingleses.
Pero lo cierto es que algunos sobrevivientes –entre ellos el poeta Paul Celan, que estuvo en un campo nazi de esclavos, en Moldavia– aseguraron haber reconocido ese tango o haber conocido a gente que lo había hecho, como el que se tocaba mientras las víctimas eran ejecutadas y que, en los centros de exterminio, se obligaba a los músicos a interpretar “Plegaria”. Están quienes agregan fantasía e imaginan a los kapos obligándolos a bailar grotescos tangos mientras entran a las cámaras de gas, y los que dicen que la orden de tocar ese “Tango de la muerte” alcanzó a todos los campos y provenía del mismo Hitler, que admiraba profundamente a Bianco, a quien había conocido en un asado organizado por el Embajador argentino en Alemania.
Lo comprobable es que hubo varias canciones a las que llamaron “tango de la muerte” y hasta es posible que no todas ellas fueran exactamente un tango. Y que la idea de que sonara un tango, o cualquier danza festiva y asociada en esa época con un cabaret, les resultara, a muchos nazis, lo suficientemente humillante como para ponerla en práctica. Y, casi con seguridad, uno de esos tangos fue “Plegaria” por la sencilla razón de que fue uno de los más conocidos. Están, además, los que llegaron a señalar a Bianco como espía del Eje. Gilbert afirma que en Francia se lo investigó como un agente de la Italia fascista que usaba su orquesta como fachada, y que, en Buenos Aires, Enrique Cadícamo había advertido a sus colegas que tuvieran cuidado con él porque “era agente de la Gestapo”.
Pero ese no es el último misterio que rodea al argentino. En 1943 regresó a la Argentina, formó una orquesta y se presentó en El Nacional. Y, como seguramente ya han adivinado, algunos cuentan que tuvo un gran éxito y otros que su fracaso fue rotundo. Y no faltan los que juran que el fiasco se debió a un boicot de los músicos debido a sus antecedentes filonazis. Eventualmente eso no parece verosímil teniendo en cuenta la cantidad de músicos de tango de conocida postura derechista, como el cantante Ernesto Famá, afiliado al minúsculo Partido Fascista argentino, o los hermanos Lomuto, que no perdieron por ello un ápice de su prestigio. Bianco murió en Buenos Aires, olvidado sin llegar a ser conocido, en 1959, y Francisco Canaro logró que sus restos fueran depositados en el panteón de la Sociedad de Autores y Compositores de la Argentina (SADAIC) en el Cementerio de la Chacarita. “El órgano de la capilla / embarga a todos de emoción / mientras que un alma de rodillas / pide consuelo, pide perdón”, dice la letra de “Plegaria”, aquel posible tango de muertes.
Diego Fischerman es autor del blog Apuntes (https://diegofischerman.blogspot.com/