OPINIÓN

Cordera, Madrid y la banda de sonido de un país que se caía a pedazos

Madrid —

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A fines de los años 90, cuando el menemismo —incluido ese fugaz periodo de marketing político y rolls de tataki— se retorcía en sus últimos suspiros, un grupo de rock se transformó en la banda de sonido de la época. Es cierto que hubo varias que conectaron con lo que sucedía, y que también escuchamos, pero ¿no fue Bersuit la que mejor interpretó el nivel de locura y degradación social al que asistíamos en ese angustiante cambio de siglo?

Recuerdo a mis amigos, muchos de ellos músicos, cantando sus letras en un descampado mientras tomábamos cajas de vino con Fanta o Sprite. Los fines de semana no íbamos al bar ni a una casa. Preferíamos un baldío, la oscuridad, casas en obra o en ruinas. ¿No queríamos desentonar con la precariedad reinante? O era, por el contrario, que de forma inconsciente empatizábamos con ese país que se estaba descomponiendo. El baúl de un auto abierto, las canciones de Bersuit sonaban en la noche y nosotros cantábamos.

No era una sola fibra la que tocaba Bersuit. La rabia quizás fuese la más notable, la más evidente. Por eso el cover de las Manos de Filippi, Sr. Cobranza, se convirtió en el tema más representativo de aquella necesidad de ajustar cuentas con la dirigencia política. Sin embargo, no era solo esa canción, tan explícita.

El disco entero de Libertinaje podía escucharse en algún trayecto de una de las líneas de tren que partían de Capital Federal, y la música parecía haberse hecho especialmente para la película que se estaba filmando por fuera de la ventana. “Caras desfiguradas”, diría Cordera; la del vendedor de alfajores, el laburante empobrecido, la madre desempleada, el que manejaba un buen auto entre las calles de tierra del conurbano.

Lo bueno es que aun en ese mar de decepción, había espacio para creer. En El tiempo no para, Cordera cantaba “si pensás que estoy derrotado, quiero que sepas que me la sigo jugando”. Y por supuesto que intentaríamos jugarla; teníamos menos de veinte años. Incluso en vísperas de la crisis del 2001, necesitábamos creer que nuestros deseos y voluntades eran mucho más fuertes que el poder de quien nos detestaba. Es cierto, en cualquier caso, que resultaba mucho más ajustado al humor de la calle cantar “nadie está a salvo de la locura..”.

Pero si la bronca y el desencanto eran demasiado, una noche podías encontrarte con el ritmo frenético de Devolvé la bolsa para perderte en el pogo de un recital o en el pequeño baño de un bar entre plásticos y puertas trabadas. No había impedimento alguno —a pesar de todo lo que sucedía— para olvidarse un rato y celebrar. Ya habría tiempo para bajar…

Quizás con los acordes de Mi caramelo. Una mirada, una aproximación, podían ser suficientes para que dos personas solas prefirieran besarse a quedarse en soledad cuando el líder de Bersuit cantaba: “Así juego a la botellita con vos”. Lo irónico es que después de besarse, ya sobre el final, escuchaban esa otra parte de la letra que decía: “Tengo esposa e hijos. De vez en cuando hablo con ella y hasta hago el amor”. Así, el cantante, quizás nos recordaba que era mejor no crearse falsas ilusiones.

Es que Cordera no era, junto al resto de letristas y cantantes de Bersuit, un simple cronista social. Era más bien un poeta popular, un escritor disfrazado de cantante trasnochado. Un tipo sensible, roto en uno o varios sentidos, con una facilidad singular para expresarse, para condensar en letras los cientos de roles de una sociedad quebrada, descosida. Locos, desclasados, pobres, extenuados, divorciados, dejados a su suerte. Gente que estaba buscando su verdadero yo, o que lo había perdido mucho tiempo atrás sin la menor chance de reencontrarlo.

Sobrevivientes de una clase media que ya parece extinta. Cordera, un tipo del barrio obrero de Dock Sud, crecido en los años 70, podía hablarte de las oficinas que alistaban predadores, o de un país de mudos donde se escuchaba un gran silencio… ¿Cuánto de ese acervo cultural y lingüístico pervive en estos días?

Volviendo al presente, no recuerdo en qué año fue que Cordera se fue —un día, en un momento— a la mierda. Una vez busqué la declaración en Internet. Me pareció horrible, injustificable. Todo lo que pasó después siguió una lógica mediática y social que trasciende hasta nuestros días. No sé bien quién recuerda ya lo que sucedió. Es probable que esté más informado sobre si Pedro Rosemblat hizo bien o mal en entrevistarlo el año pasado. Desde hace un tiempo, las redes sociales nos presionan para ser categóricos; obramos de fiscales sin el expediente.

Cuando supe que Cordera tocaría en Madrid como parte de su gira en España no dudé en ir a verlo. Una de las pocas cosas lindas de vivir lejos de tu país es poder ver a tus artistas en salas pequeñas, a escasos metros de ellos. Esta vez en Sala UNI, con capacidad para doscientas personas. Una noche de viernes, en este junio madrileño con temperaturas infernales.

Entré unos minutos tarde, cuando ya sonaba La del toro, uno de los temas de ese álbum extraordinario llamado Hijos del culo, producido por Gustavo Santaolalla. Continuó con Perro amor explota, El tiempo no para, Murguita del Sur, Devolvé la bolsa… Sentí que el viaje a las secuelas de las crisis del 2001 era sin escalas. Es dificil, entonces, entender de dónde viene la nostalgia por aquella época. Tal vez porque la música era lo único que nos sostenía en pie. Nos permitía revelarnos, pero también creer, incluso disfrutar.

En esto último debería mencionarse a las cumbias o a esas canciones que jugaban en los límites de lo tropical. “Vamos a bailar, para cambiar esta suerte”, rezaba la letra de Baile de la Gambeta, del disco La Argentinidad al palo (2004). Cordera la tocó en Madrid, además de otras propiamente cumbias como La Bomba loca y Asalto de Cumbia; respiros casi sarcásticos de un repertorio general tan profundo como agrio. Fue la antesala de los bises finales. Un pacto, El resiliente, de su último disco, y El viento trae una copla, sonaron en el último bloque.

En El viento trae una copla, también de la Argentinidad al palo (no podía ser de otra forma con ese título), la hija de Cordera tomó el escenario y entonó los verso finales.

Como si fuese una obra coreografiada, Yanella Cordera cantaba “Dejé allá mi sangre / Y hoy me tengo que inventar/ Si soy argentino”, cuando una camiseta de la selección que voló desde el público se enganchó entre su mano y el micrófono. La batería, que había disminuido su volumen por indicación de Cordera, inició un increscendo que dio pie al “Lelelele Lele, Lele, Lele…”. El público revoleaba sus camisetas mientras coreaba, y al lado mío una chica no podía dejar de correrse las lágrimas de la cara. Me pregunté si no habría querido recibir el abrazo de alguien. No era la única, muchos de los que estábamos ahí presentes estábamos en el mismo estado.

¿Qué tristezas, qué orgullo roto, canalizaba esa canción? ¿La nostalgia de encontrarnos tan lejos de Argentina? ¿La nostalgia por otro país? ¿El mismo país de siempre? Yo, por mi parte, volví a encontrarme en un baldío, a oscuras, con mis amigos. Éramos felices aunque el país estaba cayéndose a pedazos.

AF/MG