Opinión

Cosquín y el destino del canto: el folklore nunca fue neutral

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Las diversidades y disidencias sexogenéricas llegaron al escenario Atahualpa Yupanqui del Festival de Cosquín para quedarse y, aunque todavía no figuren en el programa oficial, ya no se van a ir. No llegaron solas ni por la fuerza. Llegaron de la mano de artistas que decidieron asumir el costo de la incomodidad en un espacio que, paradójicamente, nació de la rebeldía y la voz popular. Y llegaron también para poner en evidencia algo que muchos prefieren no ver: que el folklore nunca fue neutral, que siempre estuvo atravesado por disputas políticas, simbólicas y de poder.

El ensañamiento que sufrió Luciana Jury tras su presentación junto a la cantante y activista trans Susy Shock no puede leerse como un hecho aislado ni como un exabrupto del público. Fue, más bien, la expresión visible de una tensión profunda: la que se produce cuando un escenario históricamente conservador es interpelado desde cuerpos, voces y lenguajes que desarman el orden esperado. Silbidos en la plaza, comentarios de odio en YouTube, días de debate en redes sociales y una pregunta recurrente, tan vieja como tramposa: ¿los artistas deben expresarse políticamente?

La pregunta, en sí misma, revela una trampa. Como si el solo hecho de subir a un escenario, elegir un repertorio, un modo de cantar, un modo de decir, no fuera ya una toma de posición. Como si el folklore -esa música que nació del dolor, de la injusticia, del despojo, del trabajo y de la tierra- pudiera separarse de la política sin quedar reducido a postal.

Luciana Jury no hizo nada que no haya hecho antes. Fue fiel a su estilo visceral, a su modo de entender el canto como una experiencia encarnada y urgente. Criticó al capitalismo, recordó el daño social de la gestión de Mauricio Macri, eligió el lenguaje inclusivo y convocó a Susy Shock para compartir el escenario. Nada de eso fue improvisado. Todo fue coherente con una trayectoria artística y política. Lo que cambió fue el contexto: un país atravesado por un gobierno que hace de la provocación su método y del ajuste su bandera, y un clima cultural donde ciertas palabras y ciertos cuerpos parecen resultar intolerables.

La reacción fue inmediata y dividida. Hubo abucheos y silbidos, sí. Pero también aplausos, coros, gritos de aliento. Esa fractura en la plaza Próspero Molina dice mucho más que cualquier encuesta: Cosquín no es un bloque homogéneo. Hay un público que resiste, que se incomoda, que cruza los brazos. Y hay otro que escucha, que acompaña, que entiende que el folklore está más vivo que nunca y evoluciona y cambia mucho más que otros géneros.

La presencia de Susy Shock profundizó esa grieta. Poeta, actriz y cantora trans, Shock no fue a Cosquín a pedir permiso. Fue a decir que existe otro folklore posible, uno que no sea “alcahuete del poder de turno” en clara referencia a la presentación hace unos días en Jesús María del presidente Javier Milei junto al Chaqueño Palavecino. Su frase, dicha sin eufemismos, apuntó directo a una herida abierta: la del folklore oficial que se acomoda, que legitima, que elige no incomodar.

El cruce posterior con Cadena 3 de Córdoba terminó de desnudar la disputa. Frente al intento de un periodista de ese medio de sostener una supuesta neutralidad -“el periodismo solo comunica lo que pasa”-, Shock fue tajante: comunicar también es elegir, callar también es tomar partido. En un contexto de incendios en el sur, de territorios vendidos, de vidas precarizadas, la neutralidad no es una virtud: es una forma de complicidad, sostuvo.

No se trató de una discusión personal ni de un malentendido. Fue un choque de paradigmas. De un lado, la idea de que la cultura puede mantenerse al margen del conflicto social. Del otro, la certeza de que no hay arte posible sin una ética que lo sostenga. Y que, cuando el mundo arde, no alcanza con cantar bonito.

Mucha gente compartió estos días en sus redes un video de Mercedes Sosa, la cantora mayor de la Argentina, comentando: “Voy a estar con toda la gente que está sufriendo en este país. Yo no voy a estar de sonrisita con nadie porque la frivolidad reina en este país. Si han creído que porque me dan un premio yo voy a ser cómplice de lo que está pasando, están equivocados. No quiero seguir haciéndome la payaso como se hace alguna gente para recibir aplausos”.

Atahualpa Yupanqui, cuyo nombre lleva el escenario de Cosquín por ser el referente más importante del folklore argentino, escribió el poema “Destino del canto”, que hoy resuena con una vigencia inquietante. En él se refiere al canto como responsabilidad, como sacrificio. El artista señalado por la tierra no canta para su vanidad, sino para poner su voz al servicio del pueblo. ¿Qué diría hoy Yupanqui frente a quienes reclaman silencio, moderación o neutralidad en nombre de una tradición despojada de conflicto?

La respuesta, quizás, esté en lo que vino después. Este viernes, La Ferni -artista trans no binaria- fue invitada al escenario mayor de Cosquín por José Luis Aguirre y la escena fluyó mejor. No porque el conflicto hubiera desaparecido, sino porque el camino ya había sido abierto. No era la primera vez: Yamila Cafrune había marcado un hito el año anterior al invitarla por primera vez. Y La Ferni, además, no es una recién llegada a esta historia.

Cuando se presentó al PreCosquín en 2021 y fue excluida de la categoría de solista vocal femenina, el conflicto obligó a revisar un reglamento anacrónico. Intervino el Inadi, hubo debate, y finalmente se eliminó la división por género: hoy hay dos categorías de solista vocal, sin adjetivos. Un cambio pequeño en apariencia, pero enorme en términos simbólicos.

Después de su actuación este año, La Ferni contó a la prensa una anécdota que es quizá la mejor síntesis del momento. El año pasado recibió un mensaje de un hombre que la había visto y escuchado en la Próspero Molina con los brazos cruzados. No entendía. Pero luego escuchó, sus hijas le mostraron, preguntó, cambió y pidió perdón. No todos cambian. No todos escuchan. Pero algunos sí. Y eso alcanza para seguir.

El camino es largo. Y no está exento de violencia, de rechazo, de burlas. Pero lo que quedó claro en Cosquín es que ya no hay marcha atrás. Las disidencias están en la plaza, en el escenario, en las canciones. No como una concesión ni como una moda, sino como parte viva de una cultura que, si quiere seguir llamándose popular, no puede darse el lujo de expulsar a nadie.