Opinión

El dinero cuenta otra cosa

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Tengo bastante nítido el recuerdo de la primera pregunta filosófica que me persiguió de chica, a los diez u once años: era sobre la objetividad de la categoría de lo bueno, pero no en términos morales, sino en relación con un tipo de diálogo que siempre me ponía nerviosa. Un adulto le comentaba a otro adulto que había visto una película; invariablemente, el segundo adulto respondía con una pregunta: “¿Está buena?”. E invariablemente, también, el que había arrancado contestaba: sí, no, más o menos. La situación me volvía loca, especialmente cuando yo sabía que esos dos adultos se conocían poco: ¿Por qué alguien le preguntaba a una persona cuyos criterios no estaban claros si una película estaba buena? ¿Por qué suponía que “una película buena” tenía el mismo sentido para ambos? ¿Es que había un significado objetivo de “película buena” que yo no supiera, que aprendería cuando fuera grande como ellos? ¿Y cómo podía ser que la otra persona contestara con tanta seguridad, que nunca hubiera un momento mínimo en el que intentaran ponerse de acuerdo sobre aquello de lo que estaban hablando?

La cantidad de información implícita que parecían traficar esos intercambios me daba una especie de ansiedad, un miedo a nunca aprender lo suficiente sobre lo que piensan los demás como para participar de esas conversaciones (sobre películas, libros, programas de televisión, fiestas o lo que fuera), que encima sucedían todo el tiempo. Con los años me fui dando cuenta de que en realidad, la mayor parte de las veces, esa gente no se entendía, al menos no en el sentido sustantivo que yo tenía en mente; lo importante de esas interacciones no pasaba por el conocimiento. Era una forma de conversar, de seguir adelante en el encuentro, como pasarse una pelota con alguien para hacerse amigos: la comida estuvo buena, el casamiento no estuvo tan bueno, la obra es malísima. Maneras de hacer avanzar el tiempo, el calor y las palabras. Veinte años después, hay una charla que me produce una inquietud parecida, pero cuyo secreto no logro terminar de desarmar: la conversación sobre lo caro y lo barato. 

La conversación sobre lo caro o lo barato podría responder, como la que versa sobre lo bueno y lo malo, más a una performatividad que a un intercambio de información; es decir, podría tratarse más de alguna acción —la performance preferida del porteño, por ejemplo, que es quejarse— que de llegar juntos a alguna conclusión sobre el precio del tomate; y de hecho gran parte de las veces lo hace. Pero siento que el asunto es más complejo en este caso, y sobre todo por una cosa: porque esa conversación, a diferencia de la que calificaba películas o casamientos, se vuelve incómoda con mucha frecuencia. Cuando te das cuenta de que acabás de decir que es barato algo que a tu interlocutor le costaría tres meses de sueldo entero pagar, o cuando no lográs asombrarte por lo barato que salió ese vestido que tu amiga te está mostrando y que cuesta una plata que no tenés pero que si tuvieras jamás gastarías en un vestido. En otras palabras: esta conversación es más densa porque es lo más cerca que llegamos, en una sociedad en la que el tema es tabú, a hablar del dinero y las desigualdades que produce. El hecho de que no exista un concepto de “buena película” compartido por todos los adultos es solo una cuestión de gustos; nuestras diferencias en la percepción de lo que es mucho o poco dinero hablan, en cambio, de distancias menos triviales. Lo intuimos, y por eso nos incomoda. No es mera pacatería, no es falta de costumbre, y tampoco es solamente que sea de “mal gusto” hablar de plata; históricamente, por caso, fue de mal gusto hablar de sexo, y hoy nos resulta infinitamente más fácil que hablar de dinero. 

En una de esas discusiones filosóficas que nunca se entiende si son problemas interesantes o asuntos bizantinos de vocabulario, el filósofo marxista Gerald Cohen argumentó, contra su mentor Isaiah Berlin, que el dinero no era solamente un medio para usar la libertad: para Cohen, en una sociedad capitalista, el dinero es la libertad. Las personas que no tienen dinero o tienen muy poco no solo carecen de la posibilidad de ejercer ciertas libertades: directamente carecen de ellas. La primera vez que leí esto en el artículo “Freedom and Money” pensé que el debate era terminológico, y quizás lo sea; pero también creo que entender que hablar de dinero es hablar no de condicionamientos sino lisa y llanamente de libertades explica la ansiedad que nos produce el tópico. No es incómodo conversar con un amigo que vive en Chile de todos los lugares divinos que visitás en Buenos Aires, como sí puede serlo con un amigo que está encerrado en un calabozo; ninguno de ellos puede estrictamente ir a visitar esos lugares mañana o pasado, pero la naturaleza de la restricción es muy diferente. Sigo pensando: el aparato conceptual del mérito viene a intentar justificar estas diferencias, darles un sentido tranquilizador; un sentido moral. No hay nada de qué avergonzarse, porque quien tiene dinero lo merece y quien no no; no es azar, es justicia. Pero nadie se lo termina de creer, y por eso tampoco funciona; nadie cree que nuestra sociedad funcione así, y en el fondo creo que tampoco nadie sabe bien por qué debería hacerlo. Justificar el mérito en términos éticos (es decir, por qué es justo que una persona solo por tener un determinado talento, por ejemplo, debería tener una vida infinitamente mejor y más fácil que la de los demás) es sorprendentemente difícil; digo sorprendentemente porque al menos a mí siempre me sorprende cuando una visión tan de sentido común es conceptualmente tan flaca.  

Todo esto se me enreda, se me pegotea entre mil cosas que no logro ver con claridad, pero lo que me resulta evidente es que hay algo de toda esta maraña de merecimientos e injusticias que se vuelve místico cuando no se nombra; cuando armamos esa especie de versión resumida de la vida en la que no se habla de cuentas, boletas, alquileres y sueldos, y entonces solo decimos que tal se viste bien, tal otro tiene muy buen ojo para la tecnología, un tercero hizo una gran carrera o tuvo suerte (y algún otro se viste mal, siempre celulares de décima, hizo una carrera mediocre o tuvo demasiadas malas rachas, empezando por haber nacido pobre). Es horrible, incluso dolorosa, la idea de estar midiéndose constantemente, intentando dilucidar qué lugar ocupa nuestro interlocutor en la escala social según qué tan cara le pareció la cuenta del bar; y el asunto no se va solo en hablar o no hablar, tampoco, sería una hipocresía clasemediera decir eso cuando estamos hablando claramente de libertades; las diferencias son importantes más allá de lo que se diga. Tampoco parece demasiado feliz andar con carteles en la frente que digan lo que ganamos, lo que heredamos y lo que tenemos; pero el silencio produce monstruos. Hace unos años, conversando con un amigo sobre un trabajo, nos dimos cuenta de que a él le pagaban menos que a mí por hacer algo muy parecido, y encima lo habían convencido de que le pagaban mejor que a nadie. Si yo no le hubiera dicho cuánto cobraba jamás nos habríamos enterado.

Rorty decía cerca del final de su vida que el arte podía llegar a lugares a los que la filosofía no, y tenía razón. Me acordé de eso esta semana, releyendo el Diario del dinero de Rosario Bléfari, que salió editado por Mansalva muy poco después de la muerte de Rosario el año pasado. Estaba todo tan fresco que, al menos para mí, fue difícil leer ese libro separándolo de Rosario y la huella que ella dejó en el mundo, pero releyéndolo en estos días siento que no nos dimos cuenta del tamaño de obra que es ese libro. Como todas las obras maestras, Diario del dinero no comenta la realidad: opera sobre ella. Al hacer un diario de sus gastos, Rosario invierte esa versión resumida de la vida sin dinero para hacer lo contrario: un diario que habla de dinero más que de amores y de muertes, más que de cualquier otra cosa. Rosario no niega el poder de ordenador social del dinero, y por eso incluye algunas elucubraciones financieras en su libro: recuerdo una entrada en la que cuenta que piensa proponerles a sus compañeros de banda que se compren discos a sí mismos y poner esa plata en un plazo fijo, pero que finalmente no lo hizo, dando a entender que no se animó, que quizás le dio vergüenza, que tal vez tuvo miedo de que su idea fuera una tontería. Pero al mismo tiempo hay algo refrescante en el modo en que Rosario cuenta lo que gastó en hacer una tarta, la cuota del gimnasio de su hija o el boleto de colectivo, lo que cobró por un taller o cómo le dieron de baja y de alta la obra social. Hay elucubraciones, pero sobre todo hay cosas: para Rosario el dinero compraba cosas, servía para eso. A diferencia de mucha gente en el mundo de la cultura en el que ella se movía, que quiere tener dinero pero que no se note o que se note solo en la elegancia pero que parezca que uno se lo ganó pero que tampoco tenía demasiadas ganas de ganárselo y así en una neurosis infinita, para ella el dinero no confería ningún status, ninguna singularidad. El Diario del dinero habla muchas veces de los dueños de los bares que Rosario visita o los shoppings por los que pasa; su narradora sabe, por supuesto, que el dinero construye poder. Pero en ese gesto de sencillamente anotar los gastos, llevar las cuentas de lo que entra y lo que sale y la vida que se va organizando en esos huecos, Rosario rompe un hechizo. Rosario no se mide a sí misma ni a los demás con la vara de la plata, no entra en la de preguntarse si ella gana lo que se merece o si los demás deberían tener más o menos; pero tampoco se calla. Lo cuenta todo, pero cuenta otra cosa; y en esa performance, que no se trata de dar una información precisa ni relevante sobre precios o economía, que es tan ambigua y aparentemente armónica como esas conversaciones que de chica me molestaban, deja desnudo al rey. Nos deja desnudos a todos.

 

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