Elogio de los sueños

Elogio de los sueños

Sigmund Freud terminó La interpretación de los sueños en 1989 y, como él mismo dice, fue “posdatado para que apareciese como del nuevo siglo”, en 1900. Invirtiendo el gesto de Ricardo Piglia que sugiere que Borges, por haber nacido en 1899, es un autor del siglo XIX, Freud retrasa la publicación y hace de su texto, un texto del siglo XX. El siglo que nacía daba a luz un libro fundamental que, de tan vivo, se convirtió en uno de los dos que más modificaciones fue teniendo a medida que se reeditaba.

Al igual que los propios sueños, también el libro sobre los sueños fue recibiendo nuevos sentidos cada vez. Constituyó, para el autor, nada menos que su “más valioso descubrimiento”; de manera taxativa dice de él: “un insight como este no nos cabe en suerte sino una sola vez en la vida”. Texto fundacional del psicoanálisis, y parte de lo que Freud emprendió como “autoanálisis”, el libro vendió en los primeros seis años, solamente 351 ejemplares.

Pero no hay dudas de que se convirtió en un clásico, en el sentido borgeano del término: “un libro que las generaciones de los hombres leen con previo fervor y con una misteriosa lealtad”. Pero también en un clásico en el sentido en que Ítalo Calvino lo define: “los clásicos son libros que cuanto más cree uno conocerlos de oídas, tanto más nuevos, inesperados, inéditos resultan al leerlos de verdad”. No se trata entonces de sacralizar el libro denominándolo clásico, sino de señalar el modo incesante en que suscita lecturas porque sigue siendo un texto vivo. Una de esas lecturas es la que Anne Dufourmantelle escribe en La inteligencia del sueño.

Fantasmas, apariciones, inspiración, recientemente editado por Nocturna Editora (la editorial nos cambió la vida a muchos con la traducción de la obra de la psicoanalista francesa). Como antes En caso de amor y Elogio del riesgo, este libro es de una belleza sobrecogedora. La amorosidad en la escritura de Dufourmantelle nos impacta una vez más y su forma lo constituye todo. No me parece menor que en épocas como las actuales, de tanto rechazo al inconsciente y tanto arrasamiento del sujeto descubierto por el psicoanálisis en pos de un voluntarismo patético, se vuelva sobre la potencia del sueño como acontecimiento: “¿qué puede un sueño?” La pregunta es más que nunca crucial”, dice la autora-. Tampoco me parece menor que se recupere la vía regia del inconsciente y el espacio donde mejor se escribe el deseo; ese espacio donde se escribe eso que “se sustrae al entendimiento”, eso que “no cesa de hacerse escuchar”. ¿Cómo no volver sobre la posibilidad de recuperar el sueño como ese texto que se escribe, que “crea un guión que hace cuerpo con la verdad”? Volver sobre los sueños puede ser un gesto de resistencia a ese ímpetu tan actual que induce a desentenderse de todo y echar la culpa a los demás, que son siempre los peligrosos. Me gusta mucho cuando Dufourmantelle, siguiendo a Freud, dice “el sujeto que sueña es un individuo peligroso que debería ser llevado ante las autoridades de la conciencia”.

Esa peligrosidad que nosotros mismos portamos se vuelve, a veces, insoportable. ¿Será por eso que en las redes sociales se vomitan los sueños como si fueran sueños de otros? No hay sueño sin relato del sueño, pero la publicación de esa intimidad llamada sueño resulta así, más bien, un sacarse de encima eso que insiste, aprieta, incomoda, inquieta. Los sueños nos confrontan con lo que somos ahí donde no sabíamos, en el despliegue de una opacidad de la que, muchas veces, no queremos saber. No hay sueño sin relato del sueño, pero no de cualquier manera ni en cualquier lugar. Después de todo, se trata de adentrarse en el infierno, en el propio -Flectere si nequeo superos, Acheronta movebo, es el epígrafe de Virgilio que elige Freud para su libro-.

Mientras leía Inteligencia del sueño, empecé La preparación de la aventura amorosa (Tusquets), de Francisco Bitar. El epígrafe de Edgard Yepez dice: “Formatear el pasado es menos armar un rompecabezas que diseñar cada pieza en su geometría y su contenido parcial. Poco importa si en realidad pertenecen a una imagen total”. Me hizo pensar en el método de la interpretación de los sueños, en cómo se lee un sueño. Luego, antes del primer capítulo, se relata un sueño y el narrador dice: “quizá no sea su primer sueño pero sí es el primero que recuerda, es decir, el primer sueño que, con el tiempo, no cesará de reescribirse, de repetirse en otros sueños, de reclamar, a veces a los gritos, nuevas interpretaciones”. Vuelvo a Dufourmantelle y leo: “el sueño cuenta la vida de otra forma que la memoria”. Pienso en esa frase cuando leo Cuadernos (Entropía), de Andrés Di Tella. Siempre me gustó el tono que encuentra el autor para narrar su novela familiar. Y los recuerdos, como los sueños, son la manera en que cada uno narra su vida, son esa ficción que escribe nuestra verdad. “Una escena que no vi pero que me acompaña hace años como si fuera un recuerdo, con la fuerza de un recuerdo que no quiero recordar”, escribe Di Tella en la primera página.

Me atraen muchísimo los sueños que se cuentan en las ficciones y tiendo a recordarlos más que otras cosas, sobre todo porque me gusta seguirles la pista a lo largo de la narración. Son muchos, pero ahora me acuerdo del sueño del león plateado que se repite en distintas versiones y que abruma al narrador de Bahía Blanca (Anagrama), de Martín Kohan; me acuerdo del inicio de Qué hacer (Bajo la luna), de Pablo Katchadjian, que es el relato de la desopilancia onírica; y también me acuerdo ahora de los sueños que atormentan una y otra vez a la narradora de Pasaje al acto (Entropía), de Virginia Cosin: son sueños que escanden una experiencia. Son varios, son hermosos. Me gusta pensar que además del análisis, también la literatura puede ser un espacio para alojar los sueños en su potencia subversiva. Finalmente, como dijo Lacan alguna vez, la literatura es la acomodación de restos (¿acaso no es eso el análisis también?). Acomodar los restos de nuestros muertos -pero también de lo que esos muertos hicieron de nosotros- a veces lleva una vida. Como el narrador de Bitar, se trata de estar ahí, dispuestos a leer cada reescritura. Como la narradora de Cosin, se trata de estar ahí, dispuestos a leer ese texto que “hablaba una lengua que yo no era capaz de expresar pero que estaba guardada en esa zona incierta del cuerpo donde se licúan las palabras”.

Ahora advierto que Virginia Cosin fue la primera que puso en mis manos un libro de Anne Dufourmantelle. La amistad, como los sueños, también es un acontecimiento.

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