Día del Orgullo Francotirador/Opinión

Empresas orgullosas, banderas desteñidas

Franco Torchia

En la vida general de las empresas -en su calendario real- este arcoiris maricón, esta declamación lésbica, este compromiso travestón, este ataque de conciencia trans, empieza y termina con el noviembre orgulloso de la Argentina. Tras la marcha de cada año, la diversidad sexual es para la mayoría de las organizaciones empresariales del país, restos de papel picado, afirmaciones esporádicas y banderas posteadas oportunamente. Un fenómeno que el mundo hace décadas llamó “pinkwashing”, aunque para ganar especificidad habría que llamar “rainbowashing”: los colores del arcoiris son mucho más sabios y su fuerza decorativa es harto evidente. Un poema de Susana Thénon, la voz lesbiana más luminosa y precisa del país, parece haberlo expuesto mejor: en “Ahora”, la autora recuerda que “la vida es esta cosa doméstica que manoseo todos los días con indiferencia” y “sin sueños”. Y agrega “La vida no tiene ese color que se presiente de lejos, nos hipnotiza con su arco iris”. Sin sueños, manoseada e hipnotizada, la desintegración de cualquier vida diversa no encuentra en el marketing paliativo alguno.

Sin sueños, manoseada e hipnotizada, la desintegración de cualquier vida diversa no encuentra en el marketing paliativo alguno.

No se trata, claro, de repudiar cual autómata todas las estrategias; tampoco de desaprobarlas sin mirar de cerca. Hay firmas que hoy no sólo le pagan a productores de contenidos de redes sociales para postearse perreando en la marcha sobre Avenida de Mayo sino que también colaboran con instituciones únicas como el Bachillerato Popular Trans Mocha Celis o el Hotel Gondolín, dos enclaves que cualquier estructura comercial consustanciada con las disidencias debería conocer y acompañar. Y el “debería” es -cómo no- un imperativo categórico y no una sugerencia; deberían recorrer (y de paso, estudiar) en el Mocha Celis y deberían pernoctar en el Gondolín. Saberse en parte, parte de un conjunto social sojuzgadísimo y metabolizar a diario un enojo innato. La bandera multicolor amalgama identidades y recorridos que son igualables en el rechazo experimentado, sí, pero no en la feroz estratificación de sus posibilidades. Abajo, al final de los finales, siguen estando como pueden las personas trans y las travestis.

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En una de sus intervenciones públicas dispersas por el microcentro porteño, el artista visual Martín Lapalma reflexiona sobre el poder y el vacío si de banderas se trata. Contra un cortina de hierro de la calle Esmeralda casi Diagonal Norte es posible leer “Bajo el anestésico a toda prueba de las banderas”. Si bien la bandera del orgullo sigue provocando -basta recordar que el año pasado fue incendiada en Córdoba capital, entre otras bestializaciones cometidas en otros puntos del país- también adormece. Aquieta, por ejemplo, a empresas seguras de poseer las mejores intenciones, ansiosas por apoyar a “les desviades” y obtener a cambio rédito inmediato, punta de góndola en derechos humanos y millones de megusteos. Antes y después, las decenas de fiestas, proyectos artísticos, emprendimientos, cooperativas y asociaciones que aglutinan a la diversidad caen desfinanciadas y llegan hasta la autoprecarización. El compromiso no funciona y la bandera se destiñe. Un anestésico a toda prueba.

La investigadora española Brigitte Vasallo le dedica la última parte de su libro El desafío poliamoroso a la expresión “amor a la patria”. Ni amor ni patria, dice. Ni banderas para las patrias porque eso es vivir diversamente. Las corrientes mutantes de personas forzadas a huir de sus casas por sabotear el rosa y el celeste son flujos transnacionales de expulsados eternos. Si hay empresas dispuestas a refugiarlas, que el refugio luzca como tal. He ahí el carácter universal, no centrifugado, de la banderola del arco iris, concebida por el activista estadounidense Gilbert Bake no sólo como un guiño de loca a Judy Garland y su versión de “Over the rainbow” sino también para reconfigurar el espacio supraestatal, nunca patriótico, de una tierra propia. Poliamar es repudiar las fronteras. 

Hace algunos años, la filósofa transfeminista mexicana Sayak Valencia subrayó en una entrevista un rasgo primordial de la historia de los movimientos sexogenéricos del mundo: han logrado torcer la historia, conquistar derechos y cambiar el mundo sin matar a nadie. ¿Cuántas otras fuerzas de transformación social, cuántos otros grupos de poder y cuántas empresas multinacionales pueden decir lo mismo? ¿Es posible escindir la pelea por la diversidad de otros tantos crímenes en curso hoy? Moira Millán, integrante de Mujeres Indígenas por el Buen Vivir, fue clarísima al respecto en su exposición del mes pasado en el ciclo de conferencias Proyecto Ballena, en el CCK. Patria nunca, Estado colonizador tampoco, empresas extractivistas menos. La diversidad sexual no puede pensarse ya sin tensar cada uno de los resortes oxidados que fragilizan el mundo. Entre ellos, el capital que lo destruye. Invitadas como están a la fiesta trola, la misión trola es recordarles que su crimen está intacto.

“Hagamos / otros dioses / menos grandes, / menos lejanos, / más breves y primarios. / Otros sexos (…) y otras imperiosas necesidades / nuestras”. Susana Thénon. 

FT

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