Francotirador Opinión

Como Charly y como Moura, Fernando Noy también cumple 70 años

Franco Torchia

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2021 no es sólo el año en el que Charly García y Federico Moura cumplen 70: es sobre todo el año en el que el artistísimo Fernando Noy alcanza una nueva mayoría de edad poética, sabiduría perfomática y título ambulante de gloria nacional. Nacido en Río Negro también en 1951 -el 17 de noviembre- Noy es por estas horas objeto y sujeta de un homenaje multiestelar organizado por Fundación Andreani en su sede de La Boca. Más allá de ese evento, Noy siempre es el evento. Es el evento queer y la ocasión andante, el verso suelto y la memoria ardida de una ciudad de la que él es virreina y alcaldesa, escribana general y monumento ubicuo. De existir un pase portuario para navegar por las aguas verdaderamente disidentes del país, ese carnet debería acreditar el estudio a fondo de la vida y la obra del más inclasificable de nuestros inclasificables: Fernando Noy. 

En la intentona por circunscribirlo, estas líneas cometerán el mismo crimen enciclopédico en el que reincide muy a menudo el periodismo: Noy compañero del secundario de Charly; Noy travestida a los 16 en los carnavales de Castelar; Noy hippie en los 60, habitué del Instituto Di Tella y secuaz de Tanguito. Noy, el mejor amigo de la poetisa Alejandra Pizarnik; Noy en la primavera democrática, con el supremo Batato Barea, con Alejandro Urdapilleta y con Humberto Tortonese (él diría, “fan” de Batato y colega del resto). Noy en pleno surgimiento del tropicalismo brasilero en San Salvador de Bahía; Noy girando por el barrio del Abasto. Noy en radio y en Historias del under, aquel ciclo memorable de Canal á. Noy en filmes de -entre otros- María Luisa Bemberg, Jorge Polaco y Luis Ortega. Noy periodista de Clarín, La Nación y de SOY (Página/12). Fernando Noy en las arterias y al costado, con Fito Páez, con Paquito Jamandreu y con Moria, “peronista, troskista, poseído y patriota”. Y puto, Noy puto, un puto de la época en la que -como supo recodar alguna vez- “ser puto era un piedra que a mí me golpeaba mal hasta que me di cuenta que podía ser una caricia”.

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Noy multiplicado jamás será igualado. Al decir suyo, nunca imaginó “tener tanta nombradía”, ser una cita deslizante y ser siempre para-cultura. Fernando Noy es él mismo paracultural y el Parakutural, el adjetivo y el espacio mítico del under de los 80 en un mismo cuerpo. En verdad, no hay década que le haya sido ajena ni que vaya a dejarlo lejos de su marca. No hay género ni hay arte que alcance para Noy porque sale y entra de los sótanos. Él construye el sótano: lo funda, lo abre. Después lo cierra y se sienta en El Dorado, en los 90, rodeado de celebridades. Así desde Cemento hasta Casa Brandon, con la cabeza cubierta, vistiendo túnicas. Noy ama a los hombres y no lo erotizan los gays. Responde mails y no usa teléfono celular. Como ocurre con su admirado Pedro Lemebel, la función poética de su escritura no tiene testamento y no entra en un libro. Cuando en 2018 publicó esa suerte de autobiografía llamada Peregrinaciones profanas, quedó aún más claro que la intensidad de la gira mundial que implica vivir siendo quien es, sólo admite anécdotas resistentes a la precisión, colmadas de lumbre. 

Fernando Noy le otorga a Buenos Aires, a sus encuentros casuales y a su agenda artística, la posibilidad de resistir la mundanidad. Hace algunos años, en una reunión, mientras describía algo relacionado a su departamento, eligió decir “se cae la ventana”. Acto seguido, agachó la cabeza y se mostró fastidioso por tener que prestarle atención al mantenimiento. Se cae la ventana es lo único medianamente extrapoético que Noy dijo esa vez, como si nada extrapoético le estuviera concedido. Y como si él mismo no se lo permitira, o no pudiese. Por eso, el cumpleaños 70 de Noy obliga a destacar aún más su elegancia, un trabajo infatigable por complejizar las formas, enriquecer el habla y esquivar el dicho obvio. Hacer de la tosquedad urbana un recitado breve, una exclamación refractaria al piso. La Argentina tiene a Fernando Noy, a quien Marta Minujín pasaba a buscar en patines. Noy todavía pasea por el centro y mira el futuro llegar. Es nuestro centro y siempre fue nuestro futuro. 

Hay otro libro de Noy que ilustra en buena medida su alcance. Fue editado por Mansalva en 2014 y se llama Sofoco. Son siete cuentos breves, siete relatos eróticos en los que las andanzas de quien narra lo llevan a afirmar, por ejemplo, “Soy casi una mujer” y alardear de ser así de “pasiva”, así de orgullosamente penetrada y “partida al medio” por marineros y taxi boys. En “Anclas en la piel”, Noy cuenta cómo conoció a la precursora de la sindicalización de las prostitutas argentinas, la lesbiana punk Ruth Mary Kelly, puta del puerto de Buenos Aires. Del trabajo sexual a la promoción de la obra de poetas como Marosa Di Giorgio y Néstor Perlongher, muchas de las insistencias del presente tributan a Fernando Noy. A él se las debemos. 

“Ya no puedo explicarte que no puedo explicarte” dice en uno de sus poemas, “Posesiones de piedra”. En él, acaso, está la llave de su misión, porque en él también dice que habla “entre las voces que callan en lo neutro”. Fernando Noy es nuestro abandono definitivo de la neutralidad. Tan lujoso como creador y tan lujoso como presencia como su mismísima idea acerca de la muerte: “La muerte es un artículo de lujo” definió hace algunos años. “La muerte es un hotel de mil estrellas al que se fueron mis amigos a esperarme. Yo tengo reserva”. 

Antes de que como cada verano, Noy huya sofocado de la ciudad -no soporta el calor porteño- que la reina del plata se rinda a su valor, patrimonio sobrenatural de su espesura. 

¡Felices 70 mil Fernando!

 

FT

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