SOY GORDA (ESEGÉ)

Escúchame entre el ruido

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En Treinta minutos de vida, Moris canta “Escúchame entre el ruido”: Escúchame hermano entre este ruido actual, hermano te lo pido ayúdame a seguir, no esperes que te entiendan por qué lo habrían de hacer, son sólo maquinitas que no pueden fallar, las máquinas fabrican frases para vivir y todos repetimos sin nunca descubrir la libertad del hombre no era de metal, la máquina triunfó y el hombre se acabó.

¿Cuál es el ruido de esta época? ¿Hay algo de belleza en él? ¿Por qué permanece si es una amenaza? ¿Podemos rescatarnos?

Conocí a Sebastián Hacher, autor del reciente libro Cicuta para los oídos, como estudiante de la carrera Artes de la Escritura. Fue mi docente de Crónica, una materia que aprendió junto a la maestra María Moreno. Me sorprendió que tuviéramos en común el amor y el oficio del bordado. Texto: textil. Yo creía hasta entonces que esa técnica primorosa y doméstica era patrimonio exclusivo de las mujeres. Qué prejuicio enorme para una feminista. Ambos somos del oeste. Él nació en Ciudadela, yo en Haedo, el conurbano.

Recuerdo que un miércoles del cuatrimeste nos avisó que la próxima semana no nos encontraríamos en el aula. Se iría de viaje para tomar encontrarse con esos otros, los animales, las mujeres, los hombres, y tomar apuntes para un libro.

En nuestras clases de loa Universidad Nacional de las Artes, me sugirió algunas herramientas valiosas para corregir y enriquecer la crónica que escribí sobre la vida como verdulera de Irma, la mujer que fue esposa del Pastor Giménez. La había ido a buscar a Santa Teresita, donde vive mi amiga Belén, que me dio el dato y aunque opuso bastante resistencia para hablar, aflojó la lengua y la emoción. Nunca publiqué esa crónica.

Hacher había bordado como una forma de intervención histórica y política. Es un hombre de la trama y la urdimbre. Tomó fotografías de la comunidad mapuche y con mucha paciencia les puso hilos de colores a la tragedia del genocidio: este pueblo originario fue forzado a abandonar su territorio para que el Perito Moreno los encerrara y exhibiera en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata.

¿Qué sonidos molestos escucharon durante el trayecto venenoso que hicieron a pie?

El escritor y bordador les restituyó a Inakayal y su gente los colores de su vida en la naturaleza patagónica. Mientras tanto, yo bordaba escenas de gordas, sometidas al terrorismo contra los cuerpos de las mujeres.

Ahora, Hacher nos ofrece una experiencia generosa de palabras y trama. Cuenta, como lo hizo con música Mauricio Birabent, una historia sobre el ruido. Cicuta para los oídos fue editado por Eterna Cadencia. Narra la salida da la ciudad para irse al campo a vivir la tranquilidad y la demora del tiempo, otro tejido sonoro. Allí sucede el encuentro antropológico donde los saberes dispares carecen se intercambian con el mismo valor para el sujeto de la urbe y el de la naturaleza. “Borda y dibuja lejos de la crudeza sonora de la ciudad”, dice Moreno en la contratapa de Cicuta.

Otra maestra de la facultad, Gloria Peirano (autora de La ruta de los hospitales y Miramar) filmó con Gustavo Fontán, su compañero, el Hospital Británico del Héctor Viel Témperley. También se trata de un acercamiento a la naturaleza, a los versos del poeta nadador. El largometraje tuvo su premier en el Festival Internacional de Marsella. Se presenta el viernes 24 en la sala Leopoldo Lugones, el Complejo Teatral de Buenos Aires.

El filme es un ensayo, un acercamiento a la vida y la obra del autor de esos versos sencillos y magníficos: Echarse atrás. Si el amor fuera un mar, una diosa nodriza, un tragaluz. Si otra vez el vacío de la foto se llenara de pájaros y El verano en que resucitemos tendrá un molino cerca con un chorro blanquísimo sepultado en la vena.

No es arbitrario que aparezcan flores y pájaros, árboles y cielo. Son el corazón místico y epifánico de Viel. El bardo, uno de los mejores del siglo veinte, estuvo internado en el hospital cuando lo operaron de la cabeza por un tumor. Caminó por el jardín y sintió la presencia de lo divino. La película muestra imágenes luminosas de los paisajes de La Pampa, que Viel visita “sacado del mundo”. Se completa con la polifonía de Alicia Genovese, Teresa Arijón y Julián López.

López, otro maestro de la carrera, acaba de sacar la novela Las iracundas, que trata sobre una vieja narradora que escribe de manera epistolar sobre su amante. En el barco, que funciona como residencia artística.

Nos conocimos cuando él vendía juguetes en una galería de Once y yo unos sweaters que casi nadie compraba. A Julián le gustaba jugar con esos objetos como ahora juega inventado fábulas. Éramos muy jóvenes, recién terminaba la Guerra de Malvinas y cantaba “Yo quería ser mayor”, que oíamos por un altoparlante. La canción “Para Victoria”, “Este es un tiempo y tu momento”, había atravesado mi adolescencia con “un cielo azul de golondrinas”. Nos aburríamos con López y conversábamos sobre qué haríamos en el futuro. Empleados de comercio no estaba en nuestros planes.

Muchos años después, con una novela a medias, me sugirió que me inscribiera en Artes de la Escritura. Fue una idea acertada. Hoy curso en el edificio de Bartolomé Mitre y Callao, donde asisten otros periodistas, veteranos de las redacciones que quieren aprender otro tipo de escritura.

Alumna es un sustantivo común: voy regularmente a la sede universitaria donde, tal como indican la práctica y la etimología, los profesores iluminan.

LH/MF