OPINIÓN

De la exención cognitiva a la exención escolar: la educación en la era del simulacro

Sergio Alberto Breccia

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Hace poco, un sindicato docente de la Ciudad de Buenos Aires (ADIA) editó un libro cuyo título anticipa varias alarmas: Pedagogías de la transformación. La IA entre saberes básicos en riesgo y tecnologías desiguales. El diagnóstico que las maestras hacen en esas páginas registra un proceso silencioso que repercute en las aulas y que excede la cuestión de si el estudiantado acude o no la tecnología para resolver sus tareas escolares. Se trata de una doble renuncia que apenas comienza a tomar nombres y que puede vaciar más aún el sentido la educación actual: la exención cognitiva y la exención escolar.

Un primer problema. A menudo se acusa a la inteligencia artificial generativa de fomentar la pereza y entumecer el pensamiento crítico de los alumnos. Es un diagnóstico errado. La exención cognitiva —esta actitud donde subrogamos nuestras operaciones intelectuales en un algoritmo mientras se asume el trabajo como propio— no es un problema de tecnología, sino el efecto de la deserción humana. La IA no quita la oportunidad del leer, cotejar, explorar y resolver problemas; nosotros mismos desertamos de la incómoda y trabajosa tarea de asumir un pensamiento reflexivo y crítico. La máquina solo abre un abanico de posibilidades funcionales: hace accesible un canal perfecto para consumar esa renuncia voluntaria. Nos otorga el privilegio alienante de no pasar por el esfuerzo de escribir, argumentar o interpretar y renunciamos a toda responsabilidad discursiva. Abdicamos en otros el rol de enunciador.

A esta primera deserción humana se añade un segundo problema, de carácter institucional y que no actúa en el vacío: la exención escolar. La inauguración de la crisis educativa no se da con los sistemas de plausibilidad algorítmica; al contrario, suturan y enmascaran una degradación preexistente. Desde décadas, sostenemos un sistema con instituciones educativas que responden a un modelo pedagógico desbordado por las urgencias de la época que prioriza las funciones de asistencia, contención y socialización por encima de la garantía de los aprendizajes básicos. Más crisis, mayores demandas socioafectivas y menores aprendizajes básicos. Aprendizajes básicos, hoy más que nunca en riesgo.

En consonancia con que los discursos y los esfuerzos urgen a que los chicos estén adentro y socialicen — rol social indispensable pero insuficiente—, la escuela terminó “eximiéndose” de su mandato fundacional. El resultado salta a la vista en cualquier aula: una desgaste insesante en la capacidad de leer de corrido y comprensivamente, dar sentido a textos mínimamente complejos o efectuar cálculos básicos autónomos.

Cuando estas dos deserciones convergen, el simulacro es teatral. Alumno y escuela se eximen mutuamente. El estudiante entrega la simulación de un texto impecable para cumplir con la formalidad; el docente y la institución procuran convalidar porque un resultado que parece acertado. La formalidad sustituye a la comprensión. Se instala así la ilusión de haber pensado, cuando en verdad el supuesto aprendizaje es fruto de una tercerización.

La respuesta frente a este escenario no puede ser de oposición tecnológica ni la aceptación ingenua. Se trata de dar una respuesta asertiva por la soberanía sobre nuestras propias enseñanzas y los propios aprendizajes. Los llamados “saberes básicos” (leer, calcular, argumentar) deben ser redimidos de su reducción técnica: no son simples “competencias” ni fórmulas adaptativas para responder a las demandas del mercado laboral; son las prácticas indispensables para que un sujeto aprenda a asumir posición frente al mundo y discuta el sentido frente al monólogo predictivo de la fantasmagoría de la IA. La desarticulación de esa simulación evoca a la “eduficción”, término acuñado en los claroscuros de los años 70, entendida como esa trampa del sistema educativo que prefiere vender un relato o simulacro de enseñanza antes que asumir el desafío crítico y lógico de una educación real.

Dar una vuelta de campana supone asumir la incomodidad cotidiana de generar fricciones en el sistema, en las aulas y las prácticas. Dichas fricciones muestran que la educación necesita recuperar la lentitud, el cuerpo y la tolerancia a la frustración que implica el lenguaje de la alfabetización escolar. En este caso podemos referir que tanto la fricción semiótica como la fricción pedagógica son las tensiones, desajustes o resistencias que ocurren en el aula cuando los códigos culturales de comunicación y las estrategias de enseñanza de los docentes chocan con los esquemas de interpretación y ritmos de aprendizaje de los alumnos. Cuando se articulan en el aula de educación básica, dejan de ser problemas para convertirse en el motor real del aprendizaje significativo.

La pregunta urgente para el sistema educativo ya no es qué artefactos o programas incorporar a las aulas. La cuestión fundamental es otra: ¿qué operaciones intelectuales se consideran irrenunciables para que una persona pueda pensar por sí misma y responder por su propia palabra? Si la escuela renuncia a esa misión fundamental, la exención cognitiva dejará de ser una simple opción tecnológica para convertirse en nuestra forma cultural de habitar el mundo.

Sergio Alberto Breccia es docente y Especialista en Educación por la Universidad de San Andrés (UdeSA).