Los caballeros las prefieren trans
Fantasía de látex
“Tengo la fantasía de estar con alguien como vos”. Es una frase que escucho seguido cuando hablo con un tipo. Aparece temprano, casi como una confesión que pretende ser halago. Pero conviene aclarar algo desde el inicio: una persona trans no tiene por qué cargar con la fantasía ajena ni convertirse en el territorio donde otros descargan lo que no se animan a desear a la luz del día.
Una cosa muy distinta es una fantasía compartida con una pareja sexual o con una trabajadora sexual. Ahí hay un acuerdo, un código, un intercambio claro. Lo que no acepto es que se nos reduzca a fetiche, a objeto raro, a experiencia exótica. Cuando me sacaban de lo humano, yo también sacaba cuentas.
Porque cuando alguien me mira solo con ojos de consumo, yo también dejo de verlo como sujeto. Ahí ya no veo un hombre: veo un billete, una cara chica, una cara de pajero que confunde deseo con derecho. Pero esa cara, muchas veces, paga las cuentas.
A mis 22 años estaba instalada en Palermo, en Coronel Díaz y Paraguay. La puerta del departamento parecía giratoria. Las páginas donde publicábamos nuestros teléfonos hacían su efecto y algún que otro cliente del bosque te pedía el número para después ir a verte. El deseo circulaba como mercancía: miradas rápidas, mensajes apurados, ansiedad de catálogo. Todo era rápido, súper mecánico. Ya teníamos calculado en cuántos minutos nos íbamos a desocupar para que la siguiente volviera a ocupar el cuarto con otro cliente más. Era una coreografía memorizada. Se chupa un rato acá, te ponés un rato así, otro rato asá, y zas: nudito al preservativo y a la bolsa.
—Próximo.
Lo inusual, lo raro, lo diferente aparecía cuando muchos llegaban con fantasías prefabricadas en la cabeza, escenas sacadas del porno, disfraces que no buscaban un encuentro sino una caricatura. La típica era el disfraz de colegiala: querían una “nenita trans” que fuera al colegio pero a la que se le asomara la fantasia por debajo de la pollera tableada. No querían una persona: querían un cuerpo atravesado por su imaginación, exagerado, disponible. Ahí entendí que, al subirnos a los tacos, pasábamos a ser un producto para consumo.
Después de escuchar tantas veces las mismas demandas, con mi amiga Belén Kapristo hicimos lo más honesto que se puede hacer cuando te miran como cosa: capitalizarlo. Fuimos a un sex shop y compramos disfraces, juguetes, accesorios. Dejamos un cajón del placard listo para esas ocasiones especiales. Si me iban a consumir con pretensiones, al menos que supieran que nada era gratis. Porque así lo habíamos establecido: fuera del servicio normal, las fantasías se pagan aparte.
El de los guantes
Una noche me llama un cliente y me pide que vaya a su departamento. Antes de cortar, pregunta si tengo disfraz de empleada doméstica. Le digo que sí. Abro aquel cajón -el de las fantasías ajenas-, meto el disfraz en la cartera y me tomo un taxi con esa mezcla de adrenalina y excitación que solo da el dinero cuando se gana con el cuerpo.
Él vivía en Avenida Libertador y General Paz, en uno de esos edificios enormes, con seguridad privada al frente. Los porteros ya saben leer escenas: hombres que no preguntan, hombres que no explican. La infidelidad tiene coreografía propia y, casi siempre, un pequeño pago extra para que nadie mire de más.
Entramos por una puerta inmensa, subimos en ascensor. Un hombre de unos cincuenta años, grandote, de ojos claros. Tenía ese cuerpo que impone presencia incluso quieto, ancho, seguro de ocupar espacio. En el living había valijas todavía sin desarmar, como si no terminara nunca de llegar ni de irse, y sobre una silla descansaba un uniforme que exigía prestigio máximo. No hacía falta preguntar nada: el poder estaba ahí, doblado con cuidado, esperando su turno.
Ese contraste -el hombre correcto, el traje que ordena y el deseo que se escapa por debajo- lo volvía todavía más excitante. Hay quienes se desnudan el cuerpo; otros, como él, se desnudan rompiendo el personaje.
En el departamento me dice: “Cambiáte acá, en la cocina”. Sobre la mesada me deja un paquete sellado de guantes de goma, amarillos, gruesos. Me pregunté a mí misma qué podía tener eso de excitante, pero las fantasías no se juzgan: se disfrutan, se actúan. Se va al dormitorio. El morbo ya está montado y yo conozco mi papel.
Cuando termino de cambiarme, sale y me encuentra apoyada contra la mesada. El body negro me ajusta el cuerpo, el delantal blanco marca contraste, las medias altas dejan justo lo necesario a la vista. Y los guantes, esos guantes de cocina que me cubrían hasta el antebrazo. Suavemente, con las manos, comienzo a tocarme los pechos. Me mira sin disimulo. El deseo se le nota antes de tocarme. Se le ve una sonrisa en el rostro y un bulto enorme en los pantalones. Hay hombres que se excitan más con la escena que con la persona.
En la cama, el contacto cambia todo. Los guantes vuelven cada roce más lento, más deliberado. El látex quema la piel y la vuelve ajena; amplifica la fricción, estira el tiempo. Lo siento crecer en peso y tensión contra mi cuerpo: respira distinto, se le corta el aire. El fetiche lo tiene completamente tomado; no para de lamer mis guantes.
El momento del preservativo lo enciende todavía más: la pausa, el cuidado, el sonido seco al abrirlo. Como puedo, con las manos torpes por los guantes, intento abrir uno; se lo pongo con la boca. Después él me coloca otro a mí. Empezamos una competencia de lamidos y succiones, de esas que te dejan sin aire. Me mira como si ese gesto fuera la confirmación de que la fantasía es real y segura.
Mis manos de látex y su pija también. Se abandona. El sexo se vuelve compacto. Me muevo arriba suyo con precisión aprendida, sosteniendo el tempo, administrando la intensidad. Le tomo la cara; su lengua se filtra entre mis dedos. Se desarma rápido, con un gemido torpe, satisfecho, liviano. Acaba contento, se retira al baño, se da una ducha como limpiándose las culpas y vuelve cambiado, listo para abrirme la puerta.
Queda conforme. Vuelve a llamarme. A veces en su casa, otras en la mía. Ya no necesita disfraz, pero los guantes se vuelven indispensables. Los compraba solo para nuestros encuentros. Nunca repetíamos. Se acumulaban en la alacena de mi cocina como manos flojas, como un archivo palpable del deseo masculino.
Después, cuando el departamento se llenaba de voces amigas, todo eso se volvía anécdota. Venían amigos y, cuando abrían el mueble, se reían: “¿Otra vez vino el de los guantes?”
Las historias
La cocina era escenario de confidencias, carcajadas, imitaciones exageradas, historias que se contaban para espantar el cansancio. Ahí el sexo dejaba de ser peso y se convertía en relato. El monoambiente que compartíamos entre cinco se transformaba en teatro, en café concert, en stand up. Llegaban amigas, maricas con bizcochitos bajo el brazo, ganas de escuchar y de sumar. Y entonces empezaban las historias.
Las de dominación eran un clásico infalible. Intentábamos descifrar lo intrigantes que nos parecían los clientes porteños. Muchos no buscaban sexo en sí, sino perder el nombre, el cuerpo cotidiano, la responsabilidad. Querían ser esclavos por un rato. Sus bolsitos prolijamente armados, sus morbos tras un cierre. Otros preferían que los transformáramos nosotras, que los vistiéramos. Para eso había un cajón especial, “el cajón de los putitos”, lleno de tangas rotas y viejas: cuanto más ordinarias y cutres, más les gustaban; pelucas despeinadas, tacos doblados. Para ellos, ponerse nuestra ropa era un pasaporte: cruzaban una frontera invisible y se entregaban felices a la humillación pactada.
Estaban los organizados, los meticulosos. Llamaban antes, explicaban todo: qué rol querían, qué nombre iban a usar, qué palabras estaban prohibidas, cuáles eran las claves para frenar. Amantes del látex, del cuero, del vinilo, devotos de las botas de charol y los tacos aguja. Llegaban tímidos, pedían pasar al baño y salían transformados, gateando, esperando órdenes con una mezcla de seguridad y alivio.
El esclavo
Una de las historias que más nos hacía reír era la del esclavo semanal. Mi amiga La Bracho aceptó tenerlo siete días completos. Vivía mudo, disfrazado de camisón y tanga; limpiaba, planchaba, cocinaba. Dormía en el piso, en una alfombra al lado de la cama. Si ella se levantaba de noche, le pasaba caminando por encima. A veces lo castigaba, otras lo dejaba encerrado en el placard mientras atendía a otros clientes. Una vez lo olvidó ahí adentro más de la cuenta y después lo contaba muerta de risa: “Casi lo mato asfixiado, pobre”. Y nosotras llorábamos de risa en la cocina, porque todo -hasta el descuido- formaba parte del juego que él había pedido.
El perrito
Después estaba el perrito. Ese era inolvidable. Llegaba, se desnudaba y quedaba en cuatro patas. No hablaba. Ladraba. Se movía por el departamento siguiendo órdenes, jugaba, se dejaba retar, pedía atención con ruidos. Su dueña lo paseaba de rodillas, lo bañaba, le daba de comer en un recipiente para mascotas. Si quería que lo castigaran, ladraba fuerte; mi amiga le daba con una correa en el culo hasta dejárselo rojo. Después, ya calmado, dormía acurrucado a los pies de la cama hasta que se cumplía la hora pactada y, como si nada, volvía a vestirse de hombre, a ponerse el anillo de casado y se iba.
Nos reíamos de lo absurdo, de lo extremo, de lo que había tocado vivir. Esos momentos íntimos, compartidos, eran una pausa necesaria frente a un mundo cargado de sábanas usadas. Y también una promesa: siempre puede aparecer algo nuevo, algo extraño, algo bizarro, algo inesperado que nos sacuda a carcajadas otra vez.
Primera experiencia
La primera experiencia que tuve con la fantasía de látex fue en San Nicolás de los Arroyos. Estaba parada en la zona roja de la avenida Savio cuando un tipo frenó y me invitó “al hotel”. Ya en la habitación, me dijo, casi con timidez: “Tengo fantasías con el látex. Tengo una máscara en el baúl. ¿Te molesta si me la pongo?”
Como adoro divertirme y, sobre todo, coleccionar anécdotas, le dije que sí. Bajó hasta el auto y volvió con un bolso deportivo chico. Ese bolso que muchos hombres esconden como si fuera un órgano vital: el archivo secreto de una vida sexual reprimida, el refugio portátil de lo que no pudieron ser, de lo que se negaron por haberse casado, por haber obedecido. Un bolso que guarda más verdad que cualquier portarretratos familiar.
Lo abrió sobre la cama y empezó a desplegar su mundo: esposas, consoladores, lubricantes, látigos. Y la máscara negra de látex, ajustada con un cierre que iba desde la cúspide de la cabeza hasta la nuca, con apenas dos orificios para los ojos y uno para la boca. Mientras acomodaba todo, me hablaba de sus morbos, de sus fantasías, con esa ansiedad infantil de quien muestra sus juguetes más preciados.
Yo estaba cansada. Había trabajado mucho y solo quería terminar e irme a casa. Así que lo hice callar de la forma más eficaz. Lo acosté en la cama, me saqué la tanga y me senté sobre su cara. Le metí uno de sus consoladores favoritos en el cuerpo, le puse las esposas y tomé el control. El látex, la presión, la falta de aire, el encierro del personaje lo encendieron por completo. La excitación fue tan intensa que todo terminó en menos de un minuto.
A veces el deseo no necesita tiempo, solo intensidad.
El miedo
Hasta ese momento todo había sido risa, anécdota, control. Pero un día vino otro cliente al departamento y, apenas llegó, me dijo que tenía morbo con las cuerdas. Su fantasía era atarme y penetrarme mientras yo estuviera inmovilizada. Le dije que sí, liviana, creyendo que sería algo torpe, una fantasía de boy scout, de campamento hot, casi ingenua. Además, se acercaba la fecha y había que pagar el maldito alquiler y las putas expensas. Eran días de decir que sí a todo.
Me acosté en la cama. Me puso boca abajo y sacó de una mochila unas cuerdas larguísimas. Me pidió que llevara los brazos hacia atrás y empezó a atarme con una precisión que no había visto antes. Unió piernas y manos, tensó, cruzó, ajustó. Nudos firmes, prolijos, definitivos. Me sentía como un pollo al espiedo, expuesta y rígida.
Cuando terminó, entendí algo tarde: no había forma de soltarme. No era improvisación. El tipo sabía exactamente lo que hacía. Por más que intenté moverme, no había margen. El control ya no estaba de mi lado. Y ahí apareció otra cosa: el miedo, la bronca conmigo misma por haber aceptado sin medir, por haber confundido juego con entrega.
Entre mis piernas atadas a mis manos no sé cómo hizo, pero logró penetrarme. No fue placentero. Para mí fue pura incomodidad; para él, evidente frustración. Mi cuerpo tenso, mi incomodidad explícita, lo descolocaron también a él. Terminó rápido.
Apenas acabó, empezó a desatarme. Me dijo que no iba a volver más, que lo había puesto mal verme así, tan incómoda. Y tenía razón. Lo estaba. Algunas fantasías, cuando se llevan demasiado lejos, dejan de excitar y muestran algo mucho más oscuro.
La careta
En este trabajo conocí y me presté a casi todo lo que se les ocurría. La excitación masculina aparece en los fetiches menos pensados y no siempre tiene que ver con coger. Vi hombres pedirme que les sostuviera la espalda mientras se doblaban sobre sí mismos y acababan en su propia cara. Otros tenían una elasticidad tan improbable que podían darse placer oral solos. Hubo quien quiso una mano entera dentro del cuerpo: preservativo hasta el antebrazo, gel y adentro. Las lluvias doradas eran un pedido frecuente.
Después entendí algo clave: muchas veces no es sexo, es un poco de actuación. Salir mentalmente de mi cuerpo para sobrellevar la realidad.
Cada fantasía es un mundo. Y mientras sea consensuado, todo vale. Sobre todo si hay plata. Porque sí, todos tenemos un precio para algo. Pero la gran actuación no es la nuestra. Es la de ellos. Hombres que en público sostienen una seriedad imposible, cargos, prestigio, discursos firmes sobre la transfobia y la homofobia y, en privado, se entregan a la sumisión más absoluta. Vidas prolijas, cargadas de prohibiciones.
Pienso en las páginas de porno travesti que miran y borran del historial. En las pajas rápidas en el baño del trabajo. En las excusas torpes e irreales que le dicen a la mujer. Pienso en esas mentiras que se caen cuando el cuerpo empieza a hablar solo: secreciones, apuros, pedidos desesperados por no usar nada. Y después, el regreso prolijo al hogar, a la cama compartida, llevando encima lo que no se ve pero se transmite.
Ahí entiendo este mundo tan careta: esa fantasía absurda de jugar a la casita.
Ellos con su vida ordenada y secreta. Nosotras con la nuestra, a la vista. Ordinarias, marginales, la vergüenza oficial de esta sociedad.
¿Y por nuestras camas qué? ¿Quiénes pasan por acá? Mejor dicho: ¿quiénes no?
La diferencia es simple: ellos actúan normalidad. Nosotras no.
Ellos borran el historial. Nosotras recordamos las historias.
La risa es nuestro látex. La capa que nos separa de sus fantasías, de sus culpas, de esa vida de tapa de revista que se les cae a pedazos cuando cierran la puerta. Reímos para no quedar atrapadas en su mentira, para no confundir trabajo con verdad.
Nosotras vivimos como cogemos: sin pedir permiso. Ellos fantasean con látex. Nosotras lo usamos para no mancharnos.
BDR/CRM