Opinión

Godard: el cine y el mundo

El director franco-suizo Jean-Luc Godard en la ceremonia de entrega del 'Grand Prix Design' del Museo de Diseño, en Zürich, Suiza, el 30 de noviembre de 2010. Godard murió por suicidio asistido el 13 de septiembre, a la edad de 91 años.

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Godard ha muerto. Decir que fue la personalidad mas importante de la Historia del Cine es casi una provocación, una mera invitación al desacuerdo. Acaso sea más acertado señalar, por fuera de cualquier escalafón o podio, los motivos que lo convierten en una figura única: un tipo de individuo completamente inconcebible antes de su aparición y a quien todas las señales parecen intuir como irrepetible. 

 La primera singularidad de JLG consiste en volatilizar desde un primer momento la tradicional frontera que, desde siempre, separaba la práctica cinematográfica de cualquier forma mas o menos ordenada del pensamiento. Surgido apenas como una extravagancia fotográfica, popularizado en barracas de feria y en tiendas de lona frente a un público aglomerado de obreros y vendedoras de tienda,  tonificado gimnásticamente bajo el sol de California entre trabajadores de rodeo y analfabetos que abandonaban por el arte de la cámara el cada vez menos rentable negocio de la cosecha de naranjas, convertido en un paroxismo capitalista bajo el guante mágico de magnates que apenas unos años antes se ganaban la vida como sastres o vendedores ambulantes y que no habían olvidado del todo el ruido metálico de los cosacos ni el olor acre de los barcos oscuros en cuya bodega, amuchados como el carbón,  habían atravesado el Mar Negro, el Cine nunca olvidó del todo sus orígenes populares, y casi como un reflejo sospechó desde siempre -y hay algo aquí que puede hacernos pensar en los gauchos siempre reticentes de Gutiérrez o de Yupanqui- de cualquier atisbo intelectual. La célebre entrevista a John Ford en la que ridiculiza a su interlocutor haciendo pasar sus preguntas elaboradas por ridículas pedanterías irrelevantes no es visto por nadie como el capricho de un director exótico: es mas bien una cifra del cine, un rasgo casi patriótico de la identidad cinematográfica que se ha caracterizado desde siempre por el desdén a una intelectualización excesiva. Eisenstein- a quien nadie vacilaría en calificar como un artista, y menos aún como un pensador, y que mereció la admiración de los más ilustrados entre sus contemporáneos- no era sin embargo considerado por esos mismos contemporáneos como un par. Era apenas-y lo mismo puede decirse de Chaplin o de Murnau- el mas grande dentro de un arte menor, y en el mejor de los casos podría decirse que elevaba su disciplina a una altura similar a la de las otras. El caso de Godard es radicalmente distinto: su desobediencia inicial es abandonar el lugar que la opaca escala cultural ha reservado a la gente de cine y pensarse a sí mismo como una figura central de su tiempo. Para usar una comparación godardiana: como si Van Eyck fuese al mismo tiempo también autor de las obras Schubert y de los escritos de Nietzche (y además, casado con la mujer más hermosa de todos los tiempos).  Efectivamente, lejos de asumir para el cine un lugar levemente pajuerano, lejos de ser un meritorio y pulcro invitado cinematografico al parnaso de las artes, resulta difícil imaginar una figura de su peso intelectual a lo largo de la segunda mitad del siglo XX en cualquier campo, con la posible excepción (levemente empujada por cierto orgullo nacional, pero en ningún caso menos desobediente) de Jorge Luis Borges. Efectivamente, si Godard concluía la que acaso sea su obra máxima -Histoire(s) du cinema- con una referencia al escritor porteño, es difícil no ver allí el reconocimiento de una afinidad que no por insólita o impensada deja de resultar factible. El impulso altivo que lleva a ambos a desplazarse como si fueran los hermanos Marx por el gran bazar de la cultura de los siglos y los países, sin otra reverencia que el dolor o la exaltación, sin condescender a supersticiones ni estridencias es acaso el mismo que les permite a ambos la ejecución de una obra expansiva, casi cósmica, que se adueña de todo y que avanza sobre todo con la misma autoridad que la noche o el sueño. Una obra cósmica: en efecto, desde la mitad de los años sesenta, la obra de JLG ha dejado de limitarse a sus películas y se ha trasladado a una forma de pensar y de articular las palabras y las imágenes. Casi podríamos decir: ha procedido como si no solo sus películas fueran obra de él, sino el cine mismo. Si Borges hace de la literatura su territorio de caza, su particular e ilimitado dominio,  Godard se ocupa de avanzar aún más allá de esas fronteras. En uno de los pasajes más famosos de las Historia(s), el referido a Hitchcock, tras enumerar los objetos que aparecen en sus films y cuya imagen persiste más allá de su lugar en la trama, rápidamente olvidado, se señala que

Por ellos

Y a través de ellos

Alfred Hitchcock

Conquistó lo que no pudieron

Ni Alejandro ni César

Ni Napoleón 

Ni Hitler:

Tomar el control del Universo.

Hitchcock o Godard, no hay diferencia. El cine es de todos. Lo hecho por uno es lo hecho por todos. No hay autores, hay Cine, y esa práctica casi mágica ha encontrado la forma de Tomar el Control del Universo: ¿Pueden encontrarse fácilmente ejemplos de tanta ambición y altanería? La segunda anomalía de Godard consiste en el hecho de que desde un primer momento su personaje alcanza su desaforada estatura intelectual no a pesar del cine sino gracias a él. Godard puede pensarse a sí mismo como el máximo intelectual y artista de su tiempo porque existe el cine: he ahí la máxima de sus conquistas territoriales. Frente a la miopía pertinaz que insiste en hacer del cine un rubro propio de las actividades de fin de semana, asignándole obligaciones análogas a las de un presentador de televisión o un payaso de circo, acaso sea Godard el primer cineasta en comprender que tras el paso de la gran revolución cinematográfica la vida de los hombres y su comprensión del mundo no habrá de ser la misma. Algo ha pasado y de ese algo hemos participado todos, y  no hay vuelta atrás.  Film- Socialismo:  una utopía en la que todos hemos participado casi sin darnos cuenta, simplemente entregándonos con mansedumbre o resistencia al resplandor de la pantalla. Godard concibe al cinematógrafo no sólo como la última de las artes y la mayor, sino como una suerte de construcción colectiva de la imaginación y la memoria de los pueblos. Hasta su aparición, nadie había advertido que el cine era al mismo tiempo una época y un país, y que ese país y esa época eran acaso lo más parecido que los hombres habían conocido a una Edad de Oro. 

Si un hombre atravesara el Paraíso en un sueño, y le dieran una flor como prueba de que había estado allí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano… ¿entonces, qué? Se pregunta Coleridge en el relato de Borges. Godard, desentendiéndose de la pregunta, apenas anuncia: Yo he sido ese hombre. Y eso quiere decir: ese paraíso es el Cine, y la rosa es cada una de sus imágenes: Los ejércitos de Alexander Nevsky y los de Scarface; los bailes de William Wyler y de Glauber Rocha; Marlene Dietrich arreglándose las medias frente al pelotón de fusilamiento y el enamaorado que se hunde bajo las aguas en Tabú. No hay películas: solo hay cine- una materia espesa como una jungla. No hay realidad: solo hay cine- la humanidad entera pensando al mismo tiempo detrás de la lente y los engranajes secretos de una máquina. Nadie ha creído con mayor euforia en el cine y en su poder. Los tontos creen que el cine debe transformar el mundo. Godard sabía que el cine era el mundo.

Los ingleses despiden a su reina, y las personas del cine a Godard. No deja de resultar risueña la coincidencia. ¿Se sugiere aquí que Godard era un rey? Mi fabulación no llega a tanto: sí en todo caso, opino  que se ha ido la última persona capaz de confundir su persona con el cine mismo, pero también de darle, por su mera existencia, sentido al cine. Generaciones de espectadores y cineastas se han burlado de él o han opinado de él con desdén y con desprecio: tengo para mí que esas bravatas no podían ser pronunciadas sin una íntima vergüenza, sin una íntima sensación de falsedad y humillación. Los films de Godard podían no disfrutarse  : Menos fácil era no intuír -aún frente al desagrado o la incomprensión- su dimensión olímpica y su abrumadora lucidez. Ambas cosas eran, para los tontos, una amenaza. El hombre que había imaginado esos film estaba ahí, en algún lado, y frente a eso no había nada que nadie pudiera hacer. Era, para los cineastas, una entidad protectora: contra el cinismo, contra el autoritarismo del dinero, contra el eterno menosprecio de los mediocres. No ha habido explorador mas audaz de las regiones del cine, y sus noticias, a menudo amargas, nunca han dejado sin embargo de ser alentadoras: Hay mucho más allá,  hay cosas que no hemos visto, hay cosas que no hemos aún revelado al mundo. La aventura aún tiene sentido: vale la pena seguir.

JLG, ruega por nosotros

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