Francotirador Opinión

Te haré creer que sos quien sos

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¿Es posible escapar del presente o tal como las tempestades imponen, al presente hay que vivirlo sí o sí? ¿Qué le queda de vivible al presente cuando después de la peste no existe tal “después”, divide y manda “el vamos viendo” y el futuro es un plan viscoso? Las sugerencias milenarias organizadas para exprimir “el aquí y el ahora” son tan frustrantes como estar empotrado en el pasado o ver la vida pasar planificando días de mañana con mañanas mejores. El presente nunca alcanza. Nunca se vive demasiado. Vivir demasiado el presente instala la sospecha de una intensidad engañosa e insuficiente. El tiempo es dolor y su imagen no es una línea ni un círculo. El tiempo es presión: presiona aquello que quedó atrás, presiona también aquello que vendrá o vendría después, empuja el instante merced a ser instante y querer ser otra cosa. Presiona la identidad.

El tiempo es un ejército del que hay que desertar y la identidad también. Cerrar los ojos y nadar lo más cerca posible del corazón del océano, como el escritor estadounidense Ram Dass en el documental Ram Dass. Going home (Netflix), media hora sobre su muerte. La muerte como única casa. Pionero junto al mítico psicólogo Timothy Leary en el uso y la experimentación con drogas psicodélicas en la década del 60 -dieron clases juntos en Harvard hasta ser despedidos en 1963 por compartir sustancias con estudiantes- Dass nació como Richard Alpert y tras su vida académica huyó a la India. Allí fue bautizado como “servidor del ser superior” (alias Ram) y falleció en Maui en 2019, insistiendo a los 88 años en su ateísmo y reconociendo no haber recibido “ni un soplo de Dios hasta no haber probado las drogas psicodélicas”.

Ni un soplo de Dios. La identidad no puede ser una religión y su búsqueda no debe prescindir de desafíos emocionales. El presente es esa búsqueda. “Nacemos con aquello con lo que intentamos lidiar y si intentas alejarlo, te atrapa”, dirá Dass. El tiempo es una negociación cotidiana con la identidad.

Víctima de una apoplejía en 1997, el protagonista del documental decide exhibirse un rato antes de su final en sesiones de meditación, almuerzos, masajes y zambullidas. Su movilidad es reducida y su jardín es su verdad, el jardín de Hanuman, el dios mono que para el hinduismo es una pieza clave en el combate contra los ejércitos endemoniados. Ram Dass celebra ya no tener que viajar en avión y trasladar a bordo su propia persona. Salir de gira por el mundo y que el mundo (del demonio) registre cada paso de su nombre propio, la firma intransferible de ciudadano inequívoco. La fábula de un sujeto total. Si hay algo -que es muchísimo- para lo que un material así sirve, es para embestir su despojo contra aquellos que han crecido sin siquiera dudar un segundo de su totémica solidez, las mayorías apabullantes para las que ser-quien-se-es les vino dado por la deidad administrativa, la estirpe familiar, el reconocimiento de las semejanzas físicas o el pulso del mercado. Sirve para los que creen ser “sí mismos” hasta reventar. Los que nunca fueron reventados por no poder ser. Que sepan que es mentira. Que sepan que no fueron.

El “irse para casa” de Ram Dass no depende de orientaciones vocacionales. Vivir no es marcar épocas de cada vida y sorprenderse de ser quien se haya sido antes versus una versión actual. No son los trabajos, los hijos, los amigos o los novios quienes determinan los capítulos de una autobiografía escrita con caligrafía perfecta. Propietarios de nada: ni del cuerpo ni del tiempo. Ni del nombre ni del libro de ese nombre. La crisis más evidente y menos enunciada hoy es la de la gloriosa ventaja que en el mundo tienen aquellas personas cuya posibilidad de ser fue arrebatada desde cero. La ventaja de saberse por fuera de la sujeción, despedazas esencialmente. Las vidas tomadas que extorsionan a las vidas propias y en el señalamiento de la ridiculez que las maquilla, corren riesgos. Aunque más vale correrlos que correrse. Mejor transformarse que estacionar el flujo y ser copia fiel de un original inexistente. Las disidencias sexo-genéricas, las personas que viven con discapacidad, las migrantes, empobrecidas y racializadas lo lamentan mucho, pero sí… sí… han cobrado fuerza para asegurarle a la humanidad que nadie es alguien.

Alguna vez Ram Dass lo sintetizó así: “Te vestís como alguien. Tu cara parece la de alguien. Todo el mundo es alguien. Te haré creer que sos quien sos si me hacés creer que soy quien creo que soy”. Se puede ser un invento. De hecho, se es un invento y eso exponen los treinta minutos de este filme cuyo subtítulo refuerza su brevedad, A film about being (Un filme sobre el ser). Treinta minutos para dejar de ser. Los procesos identitarios son montajes. Por eso, el autor cuenta que una de sus funciones favoritas es acompañar a quienes agonizan, porque le permite estar en presencia de la verdad. Cuando la muerte dejar de ser un fracaso. Cuando la muerte ya no es experimentada como un error.

¿Qué de aquella contracultura de los años sesenta asoma en estas palabras pronunciadas entrado ya el siglo XXI? Ayer y hoy, contracultura es contraidentidad. Perderse. Consumir el presente sin contraponerlo con otros tiempos verbales. No perder de vista que, “cuando no sé quien soy, me pongo a tu servicio. Y cuando sé quien soy, me transformo en vos”.

Desertar de uno mismo. Deberse a los demás. Ser en ellos.

FT/MGF