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Pura espuma
Opinión

¿Hay algo mejor que hacer?

Juan José Becerra Pura espuma rojo

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Hace unos días, supe que la ministra Silvina Batakis había hecho un vivo de Instagram. Lo supe por accidente, oyendo a una periodista glosar el suceso en una radio. Pudo haber sido el 15 de julio pasado. No estoy seguro. Tampoco estoy seguro de que fuera a la mañana o a la tarde. Si no me equivoco, la radio era la AM 1110. ¿Y si no lo era? ¿Y si lo que estaba oyendo era una frecuencia vecina? 

Esa duda se multiplicó cuando fui a la grilla de programación. ¿Escuché lo que escuché en Esta mañana, conducido por Micaela Mendelevich, que va de 8 a 10? ¿O en Cosas que pasan, de Silvina Amato, que va de 12 a 13? Y la que hablaba, ¿era una de ellas o alguna columnista, cuando no una entrevistada? Siempre que se tratara de la AM 1110, claro, porque cuando hay una duda su multiplicación es al cubo, y quién podría asegurar que, en efecto, yo no estuviera oyendo Continental, Rivadavia, Mitre, Nacional, incluso las radios que ya no existen. Así de fantasmática es la realidad, y mucho más la de las voces y los sonidos que se lleva el viento.

Quien quiera que sea la mujer que habló, le presté atención. Dijo (según traduce a su manera mi memoria) que el vivo de Instagram de Batakis estuvo pensado para que la nueva ministra se instalara en algún tipo de imagen para amortiguar su reciente entronización en la Silla Eléctrica Nacional. De todo lo que dijo la periodista sobre la gestión de Batakis, que aún estaba en aprontes, lo dijo nadando estilo perro, a punto de hundirse en una ilusión de ecuanimidad. Pero la ecuanimidad es una operación de bloqueo de las emociones que implica una conducta inhumana, y no es fácil seguirle el tranco.

Entonces, atacó por un flanco. Lo hizo resaltando que Batakis contó haber curioseado las novedades del telescopio James Webb obtenidas y publicadas el 12 de julio por la las agencias espaciales NASA, ESA y CSA. No obstante haber recibido en mayo el golpe de un micrometeorito, fue capaz de crear imágenes del universo nunca vistas a semejante escala. 

No sólo estremece la inmensidad espacial de la muestra, que entre sus cinco primeras imágenes incluyó un encuadre de miles de galaxias, un criadero de estrellas y un antes y después de una estrella agonizante, como para que vayamos imaginando, trancas, el ocaso del sol. También lo hace, y mucho más, el hecho de que en algunas de esas imágenes podemos ver el pasado. 

Es un hecho, como se ha divulgado, que a la luz de la Luna la vemos con un segundo de antigüedad, y que el calor del sol nos llega ocho minutos más tarde de haber partido de su hervidero de hornallas. Pero el James Webb fue capaz de detectar el universo (“el universo conocido” diría Juan José Saer) de hace 13 mil millones de años. Se trata de luces casi inaugurales perforando, humildemente, un océano de oscuridad sin costas. 

A la pregunta de la periodista sobre cómo Batakis podía tener tiempo para ver las cinco primeras imágenes del James Webb, que no deben llevar más de cinco minutos de éxtasis, agregaría esta: ¿cómo alguien, no importa quién ni cuáles sean sus deberes, podría no interesarse por ver, de una manera radical, nuestra verdadera dimensión en el baile de la vida? 

¿Se entenderá que no estoy hablando de Batakis ni de la periodista que le objetó la curiosidad astronómica? El tema quizás sea la exigencia de darle a la política un carácter sacerdotal, lo que implica sostener un discurso sacerdotal en el que se despliegan otras exigencias, por ejemplo, la de todos los votos de renuncia. ¿De dónde habrá salido eso? 

Si el juicio de la periodista hubiese sido sobre cómo se va acomodando Batakis en su cargo, sobre lo bien o mal que ejerce sus funciones o su poder, esta nota no existiría. Pero no se le objetó de su aparición en Instagram su desempeño público sino el uso de unos minutos de su tiempo privado para ver hoy, ahora, los resplandores cercanos al Big Bang (en el caso de que eso haya existido; no olvidemos que la última palabra de Breve historia del tiempo, de Stephen Hawking es “Dios”, de cuya existencia todavía esperamos las pruebas).

¿Por qué para el periodismo argentino casi todo es política, o sea economía? ¿Por qué se reduce la vida a solo uno de sus aspectos importantes, creando el efecto ridículo de que lo que no sea política o economía ha de ser un asunto banal? ¿Quiénes son los genios que lograron encapsulan la divulgación de todos los hechos en una monografía llamada “la actualidad”? 

El reflejo censor de la periodista a la que le parece mal que una funcionaria pública incurra en una curiosidad “alternativa” por considerar que le quita tiempo a sus funciones, que deben ser excluyentes, o sea alienantes, parece impulsado por el resorte del discurso, en el sentido de que no es tanto ella quien censura como una fuerza que la lleva como al polvo el viento. 

Ustedes dirán: ¿da para tanto este tema? Y la verdad es que, si no da para tanto, al menos da para un poco. En nombre de ese poco, de su falta de importancia, la voy a seguir “un poco” más.

La periodista tenía un discurso, nada en el interior de una lengua ajena, colectiva, moviéndose en representación de la impaciencia. Ese tipo de discurso presiona la política con exigencias conventuales, martirizantes. Está bien que a la política se le exijan respuestas porque para eso está. Pero su criterio de aplicación, si fuese universal, presionaría sobre los periodistas, los camioneros, los artistas, los lanzadores de jabalina o los repositores de supermercado para que sólo sean lo que deben ser y allí permanezcan atrapados en la bola de acero de su razón social, sin desear otra cosa que su propia ratificación a niveles de demencia. ¿Qué necesidad habría de responder a esa exigencia? ¿Y qué ganaríamos los exigentes?

Roland Barthes, teacher de la vida, llamó “idiotismo” a tener un discurso. Es un idiotismo leve, en el que “los elementos de la expresión conservan cierta independencia semántica”, pero “aun así, es una expresión fija”. Hay muchas maneras aparentemente personales, aparentemente libres, de decirle a alguien: “No mires las estrellas”. Pero, ¿hay algo mejor que hacer? 

CC

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