La imagen del sonido
Una mezcla de mujer y niña. Alguien que vestía vestidos cortísimos y a quien, en algunos de los cortometrajes que protagonizaba, se le llegaba a ver la ropa interior. Un personaje perverso, cuyos films, casi un siglo después, ganarían con facilidad el premio a la acumulación de incorrecciones políticas. Con sus grandes ojos de nena ribeteados por un abundante maquillaje de adulta, ella tarareaba, como para sí, unas pocas sílabas, “boop-boop-a-boop”. Imitaba, en su aspecto y en ese murmullo musical con voz aguda –de niña-mujer– a una estrella, Helen Kane, que acabó haciéndole juicio a sus creadores, el productor Max Fleischer y el dibujante Grim Natwick. Ella, Betty Boop, vestida de exploradora, era capturada por una tribu de antropófagos africanos, mientras la cara de otro negro, en este caso nacido en losEstados Unidos y llamado Louis Armstrong, corría tras sus posibles salvadores, Bimbo y Koko el clown, y cantaba desde el cielo, un blues: “Seré feliz cuando mueras”.
Betty Boop con Louis Armstrong, 1932
Helen Kane, la verdadera Betty Boop
La escena era terrorífica. El film era de 1932 y no fue la única vez en que ese género triste –la asociación entre la palabra blue y el color azul con la melancolía venía del romanticismo inglés– tuvo connotaciones ligadas al horror, lo diabólico o lo sobrenatural. En 1936, Robert Johnson grabó por primera vez “Cross Road Blues” (Blues del cruce de caminos) y aunque la letra nada decía al respecto todos supieron que allí, en esa encrucijada, era donde Johnson le había entregado al diablo su alma a cambio del talento. La canción se convirtió en un clásico de la cultura afro norteamericana y fue resucitada por el trío inglés Cream, como apertura del segundo disco del álbum Wheels of Fire –grabado en vivo–, en 1968. El guitarrista del grupo, Eric Clapton, volvió a tocar el tema infinidad de veces y otro trío, los canadienses Rush, revisitaron la versión de Cream en el disco Feedback, de 2004.
La película Sinners, nominada a 16 premios en la última edición de los Oscars –un récord–, ganó, finalmente, sólo cuatro, entre ellos a mejor banda sonora. Dirigida, escrita y producida por Ryan Coogler y protagonizada por Michael B. Jordan –que personifica a dos hermanos gemelos y ganó otro de los Oscars del año– es, entre muchas otras cosas, un film de terror. Transita, sin embargo, por cuanto género existe –y ese es uno de sus atractivos– aunque tiene un ancla: el blues. Los hay antiguos y nuevos; se mezclan con el gospel, con el rap y con otros géneros folklóricos del sur profundo de Norteamérica. Pero alcanzan para situar el mundo en el Mississippi de 1932 –el mismo año en que Armstrong aterrorizaba a Betty Boop– y, sobre todo, al blues como uno de los ingredientes fundamentales de la relación entre los seres humanos y el mal absoluto –una relación que ha sido abundantemente explorada por Stephen King–.
La música de Sinners incluye aquello que fue compuesto especialmente por Ludwig Göransson y lo que fue interpretado por artistas extraordinarios como Rhiannon Giddens y Justin Robinson (fundadores del grupo Carolina Chocolate Drops), una larga lista de grandes guitarristas, entre ellos Buddy Guy, Eric Gales y Christone “Kingfish” Ingram, más un ícono del Rhythm & Blues como Raphael Saadiq, la cantante Brittany Howard, de los Alabama Shakes, el autor y cantantebritánico James Blake, Jerry Cantrell, de Alice in Chains, y Lars Ulrich de Metallica.
Otra de las músicas originales nominadas al Oscar fue la que Jonny Greenwood creó para One Battle After Another, el film de Paul Thomas Anderson que ganó los premios a mejor película, mejor director y mejor actor secundario entre otros. La adaptación de la novela Vineland, de Thomas Pynchon, que los tiempos de Trump volvieron costumbrista, establece con la obra de Greenwood una clase de relación totalmente distinta que la habitual no sólo en Hollywood sino en casi toda la historia del cine. La música no ambienta –salvo en contadas ocasiones– sino que dibuja otra voz narrativa, uniendo escenas o fragmentándolas. El uso de una guitarra desafinada, del ostinato del piano o de las cuerdas y un tránsito fluido entre lo tonal y lo atonal –algo frecuente, no obstante, en los trabajos para el cine de quien fue socio fundador de Radiohead y del trío Smile– remite, eventualmente, a Muriel, de Alain Resnais, un film ejemplar –y por momentos incomodísimo– que puede verse en Mubi y en que la música, creada por el compositor Hans Wener Henze, corre con el mismo riesgo estético que el guion y la imagen.
Estrenada en 1963, Muriel, una película en que la música no puede no ser notada, fue festejada ampliamente por la revista Cahiers du Cinema, que ya había anticipado el estreno con dos artículos en el número de agosto de ese año –la relación entre esa publicación y la nueva ola del cine francés puede disfrutarse en la exquisita Nouvelle Vague, dirigida por Richard Linklater–. La extensa crítica asegura que no se trata sólo del film más bello de Resnais sino del único. “Los otros, si se quiere –dice–, son sólo bocetos, borradores, apuntes, anuncios”. Allí se hace un pormenorizado análisis de los aspectos simbólicos, de la relación del director y sus personajes con la memoria y con lo no dicho, del peso de la guerra de Argelia, de las imágenes y de las actuaciones. Como suele suceder, la música no se menciona ni una sola vez.
DF/MF
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