Opinión A 50 años del Golpe
Infancias en dictadura: la experiencia silenciada que no entra en los juicios
Hace algunos años que estudio las producciones culturales de quienes fuimos niños, niñas y adolescentes durante el terrorismo de Estado en Argentina. En la literatura, en el cine, en la fotografía, las artes plásticas y escénicas, en todas las disciplinas, encuentro la persistencia de los antiguos problemas, nunca resueltos, en torno al agujero negro de la desaparición, pero también una renovación del repertorio de temas y figuras que, por medio de los procedimientos estéticos más diversos, desbordan los discursos institucionalizados.
No es una hipótesis mía original que la literatura o el arte en general pueden nombrar aquello que otras narrativas no, especialmente cuando esa misma posibilidad de representar fue atacada de forma deliberada: vista desde el lado de acá, de los que quedamos buscando, la desaparición es, primero, un atentado a la percepción, la imposiblidad desesperante de representarse qué está ocurriendo con las víctimas, dónde y cómo están. No es una hipótesis mía original, decía, que ante esto que Gabriel Gatti calificó de “catástrofe del sentido”, los lenguajes del arte sean aquellos que intentan un acercamiento más honesto a lo irreparable. Posan su luz sobre aquello que fue quedando por fuera del campo visual en cuatro décadas de construcción de memoria democrática, aquello que no llegó a constituirse en demanda ni mucho menos en agenda. Esquirlas de lo que estalló que sin embargo no fueron a parar tan lejos, solo hacía falta que algo o alguien las iluminase para ver que estaban ahí, que siempre estuvieron ahí.
Hablo, ahora, de las infancias.
Me gusta decir infancias porque es una forma de nombrar no solo a las niñas y niños que fuimos, sino también a ese período que atrevasamos bajo el terror estatal. Todo estalló por los aires, todo se rompió sin remedio: lo que fuimos y esa etapa de la vida. Sobrevivimos, pero perdimos demasiado en el camino: a nuestros padres, hermanos y otros familiares, la casa, el auto, las mascotas, el jardín y la escuela, los amigos, los juguetes, la ropa, el país, la familia extendida, la lactancia, el apego, los nombres, la palabra, la paz, el dinero, la salud. Todo. Tuvimos otras cosas, otras manos que nos cuidaron, otros hogares; pero antes perdimos todo lo que alguna vez tuvimos, incluso más de una vez.
Pero si les digo “infancias víctimas de la dictadura”, ustedes piensan en los bebés nacidos en los campos de concentración y luego robados.
Y si les digo “hijos de desaparecidos”, ustedes piensan en militantes, artistas o funcionarios.
“Ignoramos casi todo acerca de la mayoría silenciada de huérfanos producidos por el genocidio”, escribimos hace una década con Águeda Goyochea y Sebastian Grynberg, como balance (negativo) provisorio de la experiencia del Colectivo de hijos (Cdh). No podemos decir que hayamos avanzado mucho. Porque nuestro peregrinar ante los estrados judiciales no se tradujo en un mayor conocimiento ni en el establecimiento de una verdad histórica. Porque lo que tenemos para contar muchas veces no es tipificable, no se puede traducir a categorías penales, pero muchas otras veces sí y tampoco importa.
Dos libros recién publicados ponen palabras en ese desierto de lo inenarrado. Son diferentes y a la vez, parecidos. Infancias sobrevivientes reúne artículos que reflexionan sobre el lugar histórico de estas infancias y sus reclamos actuales. Materia de memoria compila relatos inéditos de escritoras y escritores que antes de escribir fuimos nosotros mismos infancias afectadas por la dictadura, “infancias arrasadas”, como nos denomina el auxiliar fiscal mendocino Daniel Rodríguez Infante en el otro libro, y no me molesta, me parece un paso necesario mirar de frente lo arrasado en nuestras infancias, aunque yo haya podido construir bastante sobre el paisaje arrasado de mi niñez, aunque de esa tierra arrasada haya surgido tanta belleza como la que sorprende a cada página de este segundo libro.
Miro los dos libros juntos sobre mi escritorio y me parece que charlan entre ellos. Por ejemplo, en Infancias sobrevivientes, María Eugenia Mendizábal, Cecilia Goldberg y Magdalena Oesterheld identifican como categoría para analizar lo sucedido a niñas y niños víctimas de la patota del “Olimpo”: “nació y/o vivió en libertad vigilada”. En “Papel araña”, su cuento para Materia de memoria, Paula Bombara narra la historia de unas niñas hijas de desaparecidos que, luego de creer que lo habían perdido todo, como si la famosa boa constrictor El Principito se hubiera tragado todo el mundo conocido, se reencuentran con su mamá liberada, “flaca, opaca, abatida”.
“La otra novedad sucedió a la mañana siguiente. Desayunaban cuando escucharon que alguien giraba el picaporte primero y tocaba el timbre después. La boa creció como medio metro en un instante. ¿Y si pasa de nuevo? ¿Y sssiii…? ¿Y sssssssssiiiiiii? Las nenas corrieron al cuarto. La mamá abrió y era una voz de hombre que ellas no conocían. Habló con la mamá y con la abuela. Cuando se fue, la mamá las buscó y se abrazaron. Después, las soltó y abrazó a la abuela. Una de las nenas pregunto: ¿Quién es? Nadie, un tipo que nos va a vigilar. ¿Qué es ‘vigilar’? Va a mirar qué hacemos. Creen que nos vamos a ir del país. ¿Nos vamos a ir del país? No, pero ellos creen que sí, así que este tipo va a pasar de vez en cuando, a ver si estamos. No nos podemos mudar. ¿Nos vamos a mudar? Con la abuela lo estábamos pensando, pero ya no. No podemos”.
Estas historias vienen siendo relatadas por los hijos e hijas que sostenemos en los últimos años los juicios por delitos de lesa humanidad. Sin proponérnoslo, sin ningún pasaje explícito de antorcha alguna, hemos heredado de la generación de nuestros padres, los sobrevivientes y los ausentes, el mandato de dar testimonio. Somos convocados para contar lo que pudimos reconstruir del destino de nuestros muertos y en el medio (o más bien al final, siempre al final), tratamos de decir algo sobre nosotros mismos, ante la tolerancia o indiferencia de los representantes del Poder Judicial.
El testimonio vicario es lo que se espera de nosotros, que traigamos la palabra de esos auténticos testigos que no pueden declarar porque ya no están. Aquello que nos afectó y afecta todavía a nosotros mismos, aquello que necesitamos nombrar (el desarraigo, el desapego forzoso, lo siniestro de los reencuentros acontecidos o imaginados, nuestros síntomas y nuestras pesadillas), todo eso no se ajusta al objeto procesal de la causa, desborda la lógica de la prueba en la que se asientan los juicios penales.
Los dos libros conversan y como viejos amigos, uno empieza las frases y el otro las termina. En “La caja de Sofía”, Josefina Giglio imagina cómo tiene que ser un testimonio capaz de conmover a un juez joven y frívolo que está padeciendo un día de resaca en el trabajo y que solo quiere que todas esas hijas de desaparecidos que desfilan ante él se callen de una buena vez.
“… por último Sofía saca un par de sandalitas azules gastadas, gastadísimas, en cuya suela la abuela Renata escribió con letra de abuela 2 de marzo 1978 y se las muestra al tribunal, a los fiscales y a los defensores, se las muestra al público, dice: Estos son los zapatitos que yo tenía puestos esa noche, miren, imaginen mi tamaño, estas son las sandalias con las que me encontró mi abuela y las guardó todos esos años…”
“… entonces el juez Fanti se estira un poco más sobre la mesa lustrada que lo separa del resto de los mortales y ve las sandalitas azules, con la hebilla al costado que le debe haber costado a la madre ponerle y sacarle cada vez, ve la suela de crepe gastada y el cuero fino ya gastadísimo y se imagina esos piecitos caminando con esas sandalitas por las calles de su Mar del Plata, una ciudad tan linda para caminar, y piensa en sus hijas piensa en las mellizas piensa en sus niñas arrancadas de su lado, perdidas en una ciudad ajena sin su madre ni su padre…”
Necesitamos, entonces, volver a avivar la chispa de la creación artística para que estas palabras puedan por fin ser escuchadas. No debiera hacer falta, debiéramos poder llegar con nuestro dolor a cuestas y depositarlo de cualquier manera en las lustradas mesas del Poder Judicial, pero al parecer la época otra vez nos exige. Las víctimas no descansamos nunca.
En Infancias sobrevivientes, escribe Ángela Urondo Raboy: “No es fácil hablar de infancias en dictadura sin atragantarse. Hay imágenes que hacen cerrar los ojos de espanto y permanecen escondidas detrás de los párpados; se quedan como piedras atascadas en la mente y no se van. Hay un terror a recordar”, escribe, y lo repite, hay un terror a recordar, hay un terror a recordar.
Tenemos terror de recordar lo que vivimos en la niñez, pero hay ahí un terror que debemos recordar, que hay que nombrar, narrar, inscribir en las narrativas de la memoria colectiva, no de cualquier manera, de una transmisible que tenemos que inventar porque nadie lo va a hacer por nosotros. Habrá que contar, por ejemplo, el entierro de un desmembrado gato de peluche, como lo hace Félix Bruzzone en “Municiones”, para hablar de la imposibilidad del duelo por los desaparecidos, o detenerse en detalles como “se llevaron a mi papá sin los anteojos”, como escribe Raquel Robles en “Triciclos”, y ahí está todo, todo lo que los hijos conocen y aman a los padres, toda la angustia y el dolor ante su destino incierto.
En el epílogo de Infancias sobrevivientes, María Toninetti, compiladora del libro, describe un proyecto inconcluso del Cdh: “un pozo: un hueco al ras del piso que interrumpiera el paso con unos bancos dispuestos alrededor que invitaran a sentarse a mirar lo inenarrable, el silencio, la ausencia, el desamparo”. Estos dos libros ensayan diferentes maneras de contemplar de frente ese vacío y de ponerle palabras.
Infancias sobrevivientes, de María Toninetti y Adriana Taboada (comp.). Buenos Aires, La Minga, 2025 https://www.cooplaminga.com/product-page/infancias-sobrevivientes
Materia de memoria, de Victoria Torres (comp.). Buenos Aires, Emecé, 2026 https://www.planetadelibros.com.ar/libro-materia-de-memoria/445651
MEP/CRM