Los cuadernos de otoño

Para qué llevar libretas de apuntes

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Dos recuerdos: en el primero, hay un chico apoyado contra la pared de mi escuela primaria. Es de mañana y la luz del sol le pega contra un armazón de metal que tiene puesto en la cabeza del cual sobresalen dos orejas de burro. Mis padres o alguien, no sé, me habían dicho que si no estudiabas te ponían esa orejas para que todos sepan que eras un burro. La imagen es tan clara en mi memoria que me cuesta reconocer que no pasó en realidad. ¿Lo habré soñado, o lo vi en una ilustración y en mis recuerdos lo seleccioné como verdadero? ¿Lo habré visto en dibujitos animados? ¿Es un recuerdo implantado?  

El otro: estamos en el dormitorio de mis padres con mis hermanos y mis tías, todos expectantes porque está por alunizar el Apolo XI. Cuando lo hace y Neil Armstrong salta por la luna, todos aplaudimos. Después salimos al patio de casa para ver la luna en el cielo, brillosa. Cuando pasan los años mi mamá me dice que para la época de la llegada a la luna, nosotros no teníamos televisor y que jamás nos juntamos a ver ese espectáculo. 

Pienso que si hubiese tenido una libreta y hubiera podido anotar esos momentos, no tendría dudas de su veracidad. Por eso, ya de más grande, llevé libretas durante un montón de tiempo: libretas Norte, grises, de 90 páginas, libretas de tapa dura, libretas celestes, Onix, espiraladas, número 70. Libreta gris meridiano N70. 80 hojas. Tiene anotada en su comienzo una frase de Henry Miller, de Trópico de Cáncer. En la página siguiente dice: “Esta libreta es regalo de Lali”. Libreta gris. Meridiano. N50. 80 hojas. Empieza en febrero del 94. Al comienzo hay frases de Jenny Fields, la mamá de Garp, son frases transcriptas por Lali y hay también una hoja seca. Otra libreta negra. Exito. 100 hojas, tiene pegada una calcomanía: “Newly digitally remastered from the original master tapes”, sacada de un CD de Frank Zappa cuyo título es You are what you is. 

Las compraba, me las regalaban mis amigos, mis novias, a algunas hasta las encontraba en la calle. Encontré una hermosa, de tapa verde, de hojas flexibles, del tamaño de una mano abierta, que ya estaba empezada por una letra de médico, jeroglíficos, y que yo continué hasta terminarla en el verano del 94. Tengo otra de tapa dura, con el lomo verde, que parece un libro antiguo, del tamaño de una petaca. Era un poco eso porque la llevaba siempre en el bolsillo de mi sobretodo en un invierno que pasé en París. Y así como alguien saca una petaca para meterse un trago, yo la sacaba para anotar algo que se me había ocurrido, algo que había escuchado, o que había visto. Siempre era la urgencia por no dejar pasar nada que pudiera servirme para escribir. Más adelante pensé que si algo valía la pena en verdad, uno no lo iba a olvidar, no era necesario anotarlo. Pero ahora estoy mirando esta libreta y muchas de las cosas que están anotadas me son completamente misteriosas. Dice en la primera página: “1997/ Febrero. París. Venecia. London. Berlín. Iowa. NY. 1999”. Así que la libreta empezó en París y atravesó largos viajes que hice. Hay una anotación al pasar en el medio de la libreta: “Ayer no pudieron sacar la foto del edificio porque Germán dejó la luz prendida”. ¿Qué es esto? Y después me acuerdo: durante la beca en el programa de escritura de Iowa, todos los años se sacaba una foto al inmenso edificio –una fachada continua de 14 pisos y varias ventanas de ancho- donde daban las ventanas de los becarios. Para eso, nos llegaba un instructivo de quién tenía que dejar la luz prendida y quién no, para que por la noche se leyera iluminada la palabra IOWA en medio de la oscuridad del bosque donde estábamos. Pero Germán Carrasco, el genial poeta chileno, se las tomó del lugar y quedó varado vaya a saber dónde, y dejó la luz de su ventana prendida y se leía IOWA con acento en la última A. Como nadie pudo entrar a su cuarto para apagar la luz ni pudieron dar con él (después me contó que se quedó viendo a un cuervo que estaba parado en la entrada de un edificio del downtown) tuvieron que desistir y hacerla otro día. Yo lo anoté. 

En una libreta que me regalaron unos ilustradores dice en la primera página: “Tholon Kunst diseño”. Esta libreta tiene la particularidad que cuando la empiezo soy un padre de familia feliz que vive en una casa y cuando la estoy por terminar vivo con un tenista retirado, depresivo, en su amplio departamento. Los dos, por lo que anoto, estamos pasándola mal y tomamos tranquilizantes. En esta libreta anoté un poema que me recitó mi hija Anita, que debería tener seis años en ese entonces: “Todos lo soles tienen rayos/las flores ahora nacen/la luna bella como la belleza/ la oscuridad lo hace reir/ corococó/ qué sorpresa!/ el superhéroe aparece”. 

Hay otra libreta misteriosa. Comprada en Chile. Es de mi primer viaje ahí. Fui con una novia y llevamos para una pareja un regalo –una caja que nunca abrimos ni sabíamos qué era- que les mandaba Juan Gelman. Anoté: “La mujer dice que se curó un cáncer de útero haciéndose baños de vapor constantes. El hombre dice que vieron caer el tumor en la palangana”. Dos páginas más adelante, junto con una dirección de la terminal de buses, anoté: “Anoche ruido en la planta baja de la casa, movían cosas”. Pasamos sólo dos días en esa casa. El día que llegamos, por la tarde, la idea era dejarles el paquete de Juan e irnos directo para la terminal de buses y viajar a Horcón, que era nuestro plan. Pero la pareja nos dijo que nos podíamos quedar a dormir y salir al otro día. Cosa que hicimos. Dormimos en un altillo que tenía en el techo un ventanal roto por donde entraba el rocío. Me costó dormirme y durante la noche escuché los ruidos que anoté en la libreta de apuntes chilena. Al otro día desayunamos, nos despedimos y nunca –a pesar de la infinidad de veces que volví a Chile- volví a ver a la pareja. Ambos eran poetas y muy agradables. Cuando llegamos a la terminal de buses, en los diarios decían que se habían fugado más de 30 guerrilleros del Frente Patriótico Manuel Rodríguez que estaban presos en un penal de máxima seguridad. Veinte años más tarde, hablando con un exguerrillero en la selva de Costa Rica me dijo que, probablemente, yo había estado en la casa que era un punto de escape después de fugar de prisión. Ni bien escaparon fueron a determinadas casas y de ahí consiguieron salir del país que estaba todavía bajo la dictadura de Pinochet. Me nombró a la pareja y me dijo que ellos eran enlaces. Le pregunté por qué, si sabían que iba a haber una fuga, nos dejaron quedarnos a dormir. Me dijo que probablemente la fuga se adelantó y que tuvieron que improvisar. Releo ahora mi apunte en la libreta: “Anoche ruido en la planta baja de la casa, movían cosas”.

FC