Opinión

De mujeres con hombres

Si una mujer ama a un hombre como si fuese la hora de la verdad (y su palabra es santa) es porque este es un sustituto de la madre, escribe Luciano Lutereau

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Muchas veces decimos “los varones tal cosa” y alguien dice “pero las mujeres también” y viceversa. Y es verdad, hay cuestiones del amor y del deseo que dejaron de ser privativas de varones y mujeres.

Sin embargo, me animo a decir que hay algo que solo escuché de mujeres; no digo de todas, sino de algunas, claro, pero me refiero a que nunca un varón me contó algo semejante. Hablo de la situación en que una mujer enganchada con un hombre (tampoco lo escuché de mujeres enganchadas con mujeres, pero aquí mi experiencia no es amplia), por efecto de desamor o porque está decepcionada y enojada, pero es consciente de las muchas veces que ya perdonó y teme volver a hacerlo, entonces va y se acuesta (o tiene algo) con un impresentable que no la lastima, pero sí le da el suficiente asco como para poder separarse del primero. 

Es como si en ese momento funcionara la idea pre-consciente –que algunas de estas mujeres logran expresar– de “Mirá a lo que me veo sometida por vos” o “Mirá lo bajo que caí”, porque ese impresentable es también un sostén identificatorio. Con esa identificación es que, en verdad, logran separarse –esa identificación es como un trasvasamiento y por eso al impresentable no lo odian, sino que les da más bien lástima.

Lástima y asco, y así es que entienden que ese asco es por sí mismas, por haberse reducido a ese desecho, que es el que les presta la fuerza para decir ya no más –porque de otro modo no le podrían decir que no a un hombre.

Este artificio –mezcla de acting y de duelo– es algo que solo escuché en mujeres y es el que me recuerda el título Soy una tonta por quererte, de Camila Sosa Villada. “Tonta” es un eufemismo del desecho que mencioné.

Ahora bien, la pregunta es qué clase de lazo es el que obstaculiza ese “no” al deseo de un hombre y creo que detrás de ese hombre suele estar la madre. El artificio es un reproche desesperado al amor materno.

Un amigo mío suele decir: las mujeres que más aman a los hombres, son las que nunca dejaron de amar a su madre. Porque entre las que aman al padre, la más simple de todas –la histeria– tiene el “no” a flor de piel. A veces bajo la forma de un novio o marido medio bobo y buenazo que la protege del deseo. “Por más que nos pille el estúpido de tu marido, quiero bailar un slow with you tonight”, dice una canción de Luis Eduardo Aute. Qué linda imagen, la del deseo como no más que un lento. 

Me acuerdo de una amiga que hace unos años sufría por un tipo que no la trataba bien y ella no lo podía dejar, mientras que otro la invitaba a salir permanentemente, con las excusas más ridículas, tan torpe como insistente, al punto de que ella lo apodó “el indigno”. Hasta que un día vino y me dijo: “Me acosté con el indigno” y describió su acto con gran belleza: “Una revancha inútil”.

Me gusta el personaje del indigno, ese que está ahí al acecho, que solo necesita tiempo y puede decir: “Algún día serás mía”; esa bestia paciente que solo tiene que estar en el lugar adecuado a la hora justa.

Dije antes que detrás del amor por un hombre puede estar la madre. No es raro que bajo el velo de una pareja haya una recuperación de las figuras parentales. Voy a explicar esta idea a partir de una referencia lacaniana, también para ampliar un poco más el vínculo de mujeres con varones. De mujeres con hombres es un excelente libro de cuentos de Richard Ford que expone a la perfección el modo en que la literatura y sus situaciones ficcionales se aproximan a lo que un psicoanalista escucha en la consulta. 

En 1971, Jacques Lacan dijo que una mujer puede ser “la hora de la verdad” para un hombre. Cite la frase en su conjunto:

“Para el hombre, esta relación la mujer es precisamente la hora de la verdad. Si hablé de hora de la verdad, es porque es esa a la que toda formación del hombre está hecha para responder, manteniendo contra viento y marea el estatuto de su semblante. Ciertamente es más fácil para el hombre enfrentar cualquier enemigo en el plano de la rivalidad que enfrentar a la mujer, por cuanto ella es el soporte de esta verdad.”

No me voy a detener en la épica de la frase de Lacan, me quedaré con la referencia a la “hora de la verdad”. Esto ocurre cuando, para el hombre, la mujer implica un encuentro con lo que en psicoanálisis llamamos “castración”. Que ella implique un encuentro con la castración no quiere decir que ella lo castre; son dos cosas diferentes. Que la castración se ponga en juego en el encuentro con alguien no hace a este alguien el agente de una castración.

Porque si ella lo castrara, más que una mujer sería un sustituto paterno y si esa castración se erotizara seguramente él sería impotente… hasta que ella lo insulte un poco, como les ocurre a esos hombres que solo se excitan con una mujer que los maltrata otro poco –pero cuyo erotismo a veces no se distingue de la respuesta agresiva.

Por otro lado, que ella sea “la hora de la verdad” quiere decir que no es la verdad, son dos cosas distintas. Porque si ella fuera la verdad, sería un sustituto materno, como le ocurre a las mujeres que no pueden dejar de interpretar todo lo que hace su pareja y les explican sus motivaciones –como hacen las madres con los niños. No ser la madre de un hombre no quiere decir ser menos tierna o desairar sus demandas –para eso alcanza el fantasma histérico– sino renunciar a ser la intérprete del deseo de un hombre, lo cual para algunas mujeres es algo muy angustiante. No ser la madre no asegura tampoco ser una mujer, pero es un principio.

El desencuentro respecto de “la hora de la verdad” suele ir acompañado, para ciertos varones de vergüenza y para algunas mujeres de un sabor amargo que se parece a la privación. Las mujeres, en general, esperan más de la hora de la verdad.

Asimismo, un hombre puede ser la hora de la verdad para una mujer, pero esto no lo viriliza a él y, mucho menos, la feminiza a ella. Un hombre puede ser el lugar en que una mujer puede ir a buscar todo lo que (ella) tiene, pero prefiere atribuirle a él como causa. Esta es una causa perdida.

Las mujeres sufren mucho por desamor y por la pérdida de amor, pero solo Dios sabe del esfuerzo que hacen para no dejar de amar a un hombre al que aman, pero con un amor amenazado por el deseo y así es que se privan de muchas cosas solo por miedo a dejar de amarlo.

Si una mujer ama a un hombre como si fuese la hora de la verdad (y su palabra es santa) es porque este es un sustituto de la madre. Si una mujer ama a un hombre con un amor al que siente que no puede fallar es porque es un sustituto del padre.

Es cierto que esto solo vale para varones y mujeres heterosexuales y solo en algunos casos, pero las demás variedades y las particularidades de las relaciones homosexuales se las dejo a otros que entiendan más y mejor.

LL

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