ENSAYO GENERAL
No hace falta “abrazar” la maternidad: diario de la licencia
11) Me negué a comprar ropa de embarazada porque gastar en algo que me iba a durar meses me parecía indignante, y porque tampoco me parecía muy canchera. Compré solamente tres pantalones con elástico, dos polleras y un vestido y me arreglé con eso, más mis remeras de siempre calzadas un poco más arriba. Me gustó lo que me puse, pero recomiendo no engañarse con la idea de que si no comprás ropa de embarazada sí la vas a usar después: queda estirada en lugares rarísimos.
12) Antes de que lo diga nadie más, lo diré yo: mi rechazo a la ropa de embarazada fue parte de un rechazo más amplio a las cosas de embarazada y de mami en general. Trabajé hasta en el sanatorio y volví a hacerlo por etapas ni bien pude organizar los cuidados de la bebé, entrené con autorización de la obstetra hasta el último día y volví a hacerlo ni bien volvieron a darme permiso, salí siempre que me sentía con ganas de hacerlo y modifiqué mis hábitos, en general, lo menos posible, tanto durante el embarazo como durante el puerperio y ahora que tengo una bebé de tres meses. Fue y es mi forma de ser feliz como madre, mujer y ser humano. Leo y escucho mucho sobre abrazar el embarazo y la maternidad. Yo no creo que haya que abrazar las cosas para que sucedan. Tenés una hija, sos madre. Mientras te ocupes de que la criatura esté sana, feliz y alimentada, ¿quién es quién para decirte si estás “entusiasmándote” o no con tu nueva vida? Aferrarse a las cosas de tu existencia previa que te gustaban y defenderlas todo lo que puedas dentro de los límites de lo razonable es una forma tan buena de ser madre como cualquier otra. No hay nada inherentemente “mejor”, en términos éticos o de crianza, en ser “fan” de la maternidad y su parafernalia.
13) Siempre te dicen que no recibas visitas en el sanatorio porque vas a querer estar tranquila, y yo tenía pensado eso, pero la verdad: depende. Como tuve un parto fácil y una recuperación rápida aproveché para recibir visitas en el sanatorio porque francamente me aburría, y en el fondo fue más fácil recibir gente en un lugar donde no tenía que ocuparme de ninguna otra cosa y estar más “en la intimidad” en la vuelta a casa.
14) Hay mucha neurosis con el tema de la actividad física. El imperativo de volver a estar flaca rapidísimo convive con la idea de que si te “apurás” en eso sos idiota o descuidada; mismo durante el embarazo, te critican si entrenás y si no entrenás. Diré lo que creo: si no tenés ningún impedimento médico, moverse siempre es mejor, embarazada o no, puérpera o no, mami o no. A mí me hizo muy bien, no solo para la autoestima (y no hablo de estar flaca: hablo de tener el tono muscular para sentarte derecha y sentirte una persona en vez de una piltrafa) sino objetivamente para el dolor de espalda, la digestión, el sueño, la salud mental y la fuerza que necesitás para mantener viva a una criatura. Yo también prefiero mirar tele antes que trotar, pero creo que vale la pena no caer en la trampa de pensar que descuidando tu salud te estás “dando permisos” o algo así. Mejor darse el permiso de tener la casa detonada, de no ir a ese cumpleaños del cuñado que te aburre soberanamente o comer lo que sea que te den ganas, pero ir a entrenar.
15) No hay ningún mérito en tener un parto vaginal, lo digo como persona que tuvo uno y que escuchó mil relatos de “no pude” o “no llegué” o “no aguanté”. Fue una cuestión de suerte. No hice nada para garantizarlo, no se me jugaba nada en hacerlo; tuve solamente la fortuna de que sucediera, y de que eso me permitiera estar caminando y haciéndome un café a las tres horas de parir. Ningún mérito, ningún asunto moral, ninguna cosa de madraza. Ni una palabra de amor a ninguna loca que te quiera convencer de lo contrario.
16) En mi breve experiencia con la división de tareas de cuidado, creo que vale más la pena ser prácticos que precisos. Doy un ejemplo: en mi casa establecimos más o menos desde el principio que combinaríamos teta y fórmula para equilibrar responsabilidades y para que fuera más fácil también dejar a la bebé no solo con su papá, sino también con sus abuelas, con una niñera o alguna amiga (sí, todas mujeres salvo el papá). Antes de que naciera Estrelicia yo pensaba, sobre todo para las noches, en hacer un par de tomas de teta y otras de mamadera para que no tuviera que levantarme siempre yo. A varias amigas mías les funcionó esa dinámica, pero la verdad es que nosotros lo hicimos una noche y nunca más: levantarse a armar una mamadera implicaba más tiempo, Estrelicia se sobregiraba llorando y terminaba siendo más difícil lograr que se volviera a dormir, y encima si ella lloraba, de todos modos, no es que yo durmiera, de modo que nadie ganaba nada. De noche, finalmente, le doy teta siempre; mi novio se levanta un minutito a hacerle provechito o acomodarla en la cuna, y luego se despierta con ella a la mañana para que yo tenga una o dos horas más de sueño. Nos resultó mejor eso que lo de dividir despertadas, y hubiera sido peor para todos si nos hubiéramos obstinado en esa exactitud.
17) Está muy bien tener viandas o comida en el freezer (es un buen regalo grupal, de hecho: que a la puérpera la espere en su casa un freezer lleno de milanesas y empanadas, con una heladera llena de hojas verdes, tomates y cualquier otra guarnición que se pueda resolver en minutos), pero en las primeras semanas hasta que contraté asistencia paga y le fuimos encontrando el ritmo y la rutina al asunto me costaba hasta el concepto de “sentarme” a comer, aunque me muriera de hambre; sobre todo a la madrugada, en los horarios raros que impone la “libre demanda” del recién nacido. Por eso, además de la heladera llena de comida, creo que hay que tener un par de snacks que se puedan agarrar sin ninguna preparación ni ceremonia: galletitas, queso, maní, pasas de uva.
18) No sé qué tan universal es esta experiencia: mi bebé durmió muchísimo de día y de noche los primeros días. Muchísimo muchísimo nivel que yo no entendía qué era tan complicado de tener un bebé. Después se despabilan, e incluso una bebé fácil como la mía tiene días o noches de estar insoportable. No hay que dejarse engañar por esas primeras semanas. En relación con esto:
19) Es importante no perder de vista lo impredecible de todo a la hora de intentar organizarse. Si vas a tener que trabajar desde tu casa, por ejemplo, como es mi caso, no podés confiar en que “bebé igual duerme así que no necesito a nadie”, porque quizás mañana bebé no duerme. Si efectivamente tenés que entregar algo o estar en una llamada vas a necesitar sí o sí que haya una persona que pueda atender a bebé ese rato. No importa si al final bebé duerme todo el día o toda la noche: es por las dudas, porque justamente nunca se sabe. En relación a esto:
20) Estuve pensando mucho en el tema del trabajo, la maternidad y la caída de la natalidad de la que se habla tanto en esta época. No pienso hacer ninguna aseveración demasiado firme sobre un tema tan complejo y con tan poco espacio, solo reflexionar en voz alta algo sobre esto a partir de mi propia experiencia. En principio se supone (y supongo que está estudiado) que el trabajo, la vocación y las ganas de una mujer de dedicarle tiempo a su carrera profesional son enemigas de la maternidad: te llevan a postergarla o incluso evitarla. Lo entiendo, pero en mi caso, y en los de mucha gente que me rodea, creo que tener una pasión y poder ejercerla te serena: te saca mucho de cierta ansiedad por aquello de lo que te perdés, sobre todo, quizás, la ansiedad por la juventud y la libertad que supuestamente dejarías de disfrutar. Las mujeres de mi generación y la que viene después a las que las crisis de empleo local y global no las dejan soñar con una profesión no van a ir corriendo a tener hijos: por el contrario, van a aferrarse al consumo, a internet, a todas esas cosas chiquitas que todavía podemos pagar para olvidarnos de lo incierto del futuro. Que quede claro: creo que las vidas sin hijos son tan plenas como las vidas con, lo creo cada vez más desde que tengo una hija, y no creo que el Estado tenga que hacer más difícil llevar una vida sin hijos o coaccionar a la gente para tenerlos por ningún mecanismo. Lo que pienso es que, más allá de lo que digan los conservadores, alentar a las mujeres a desarrollarse profesionalmente y ayudarlas (mediante políticas públicas concretas, que vayan incluso más allá de las licencias) a ver ese desarrollo como parte posible y feliz de una vida con hijos puede ser una política más pronatalista de lo que parece a primera vista. Vuelvo a mi experiencia: desde que tuve una bebé, trabajar es una manera de seguir conectada con el mundo adulto, con una validación que no sentiría de otra manera. Incluso las semanas en que no logro organizarme para ir al cine o a comer a lo de una amiga, trabajar me salva de la claustrofobia. No sé si será así para todas, pero tampoco creo que sea así solo para mí
TT/MG