El nudo de la pobreza
En el libro Pobreza, Made in USA, el sociólogo y ganador del premio Pulitzer Matthew Desmond recuerda que la pobreza no es una línea que se cruza, sino una montaña de obstáculos, un nudo de problemas que se acumulan. No se trata solo de falta de ingresos: es dolor físico, inestabilidad e incertidumbre. La pobreza es una espera interminable y el temor constante de que todo pueda empeorar. Es basura sin recoger, calle inundada. Es falta de libertad, a veces vergüenza y, otras, una herida profunda en la identidad. Como escribe Desmond, “la pobreza suele ser escasez material sumada a dolor crónico, sumada a encarcelamiento, sumada a depresión, sumada a adicción. La pobreza no es una línea: es un nudo apretado de males sociales”.
Sabemos bien que la pobreza está asociada a muchos de los grandes problemas que preocupan a cualquier sociedad: la salud, la educación, la vivienda, la violencia. Esa constatación fue, en parte, lo que nos llevó a escribir ¿Cómo hacen los pobres para sobrevivir? Durante tres años de investigación en el conurbano bonaerense analizamos las estrategias de supervivencia de los sectores más necesitados. Documentamos cómo combinaban trabajos informales y muy precarios –lo que denominamos “explotación precaria”–con intercambios recíprocos, ayudas estatales, comedores comunitarios, redes políticas de las que dependían, el cirujeo y, en algunos casos, actividades ilegalizadas como la venta de drogas o el robo de cables.
Nuestros hallazgos confirmaban y ampliaban un conjunto ya robusto de estudios sobre la persistencia y profundidad de la pobreza en Argentina. Pero también mostraban algo más: el esfuerzo cotidiano, silencioso y complejo de quienes viven atrapados en esa trama de privaciones materiales y simbólicas para sostener una vida con la mayor dignidad posible.
Este mes volvimos a conversar con varias de las personas entrevistadas. Las carencias siguen ahí; muchas, incluso, se han intensificado. En los estratos más bajos del espacio social, la aritmética de la pobreza –si un 5, un 10 o un 15% de la población cruzó la línea oficial y dejó de ser pobre– importa poco. Lo que importa es el día a día: las cartucheras y lápices del nuevo curso escolar reciclados del año anterior; las alitas de pollo que desaparecen del guiso mientras los fideos se multiplican; las deudas que tardan más en pagarse; los prestamistas “endemoniados y a los que no les importa nada” a la hora de cobrar sus deudas; la hija que se sienta con la madre a tomar mate para saltarse la cena; el segundo hijo que no puede jugar al fútbol porque la familia no puede comprar el buzo ni los botines.
Algunas cosas no han cambiado. Siguen, como cuando realizamos nuestra investigación, soñando con que algún día volverán a comer milanesas.
Y tampoco ha cambiado la vergüenza que siente una madre cuando le dice a su hija que no tiene para comprarle unos chizitos en la plaza y esta le contesta, “pero mamá, ¿para qué trabajás todo el día?” La pobreza no es sólo falta de dinero, es esa vergüenza, es la añoranza por no haber podido ir al cine en 10 años, es aspirar tan sólo a que algún día “no tenga que pensar todos los días en la plata, en cómo hacer para comer”, es “la pudrición que se queda en los muebles” después de cada recurrente inundación, es no poder acceder a un tratamiento para la adicción del hijo, es el miedo a ser asaltado al volver del trabajo, es el paquete de fideos que reparte el estado y que se deshacen al hervirlos, es la SUBE en rojo, es la torta frita que engaña al estómago a la hora de la cena, es el ahorrar para la vianda que se lleva al penal cuando se visita a un familiar.
En pleno debate sobre cómo combatir la pobreza y las desigualdades más arraigadas, conviene recordar una verdad incómoda: ni el mercado ni el Estado, por sí solos, pueden deshacer ese nudo que lleva décadas estrangulando a buena parte de la población. Confiar en que un paquete de políticas públicas, por ambicioso y bien diseñado que sea, resolverá el problema de forma duradera es tan ingenuo como suponer que el libre mercado, sin contrapesos ni regulación, tendrá la voluntad o la capacidad de hacerlo. La historia no avala ni una postura ni la otra.
Lo que sí ha demostrado la experiencia es que las democracias que cuentan con movimientos sociales activos —sindicatos fuertes, organizaciones cívicas vibrantes y ciudadanía movilizada— son las que han logrado avanzar con mayor eficacia en la reducción de la pobreza y en la desarticulación de esos persistentes entramados de exclusión. Es en esa alianza entre instituciones democráticas y fuerzas sociales donde se encuentran las soluciones más sólidas y duraderas.
Javier Auyero es profesor de sociología en la Universidad de Texas, Austin, e Investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco. Escribió junto a Sofía Servián “Cómo hacen los pobres para sobrevivir”, de Siglo XXI Editores.
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