365 días presa: el futuro de Cristina, un año después de la condena que la encerró en San José 1111
- ¿Cómo estás, Cristina?
- Presa, ¿cómo querés que esté?
El tono irritado, irónico, de Cristina Fernández de Kirchner al otro lado del teléfono convence a Sergio Massa de no volver a iniciar nunca más una conversación con esa pregunta. Un error que varios dirigentes peronistas ya corrigieron. Le preguntan en qué anda, en cambio, y la actualizan sobre las últimas novedades: la votación de los pliegos judiciales, la interpelación a Manuel Adorni o la intervención en el PJ de Salta. Los más cercanos, además, le cuentan alguna historia familiar. Tampoco pueden hablar mucho porque desconfían de quien pueda estar escuchando al otro lado del teléfono. Pero la mantienen al tanto, se hacen presentes. A un año de su detención, la posibilidad de ver a la expresidenta en persona, para la mayoría, está vedada.
Todos los días, a toda hora, hay un policía de la Federal apostado en la entrada de San José 1111 vigilando quién entra y sale del edificio. La expresidenta vive allí desde que Fernando Sabag Montiel y Brenda Uliarte intentaron asesinarla, en 2022, en el barrio Recoleta. También desde entonces tiene una custodia personal que, desde un auto, vigila la puerta. Por la calle Humberto 1° suelen pasar autos que tocan bocina y gritan, desde la ventana, “Vamos Cristina”. En algunas ocasiones especiales, cuando grupos más numerosos de militantes se aglutinan en la entrada, la expresidenta sale de su balcón en el segundo piso y saluda.
Ya no puede hacerlo mucho porque el Tribunal Oral Federal 2 restringió los movimientos de CFK al mínimo desde que, en noviembre, se reunió con nueve economistas jóvenes por el Día del Militante. Ahora solo puede reunirse con tres personas por día, dos días a la semana y durante no más de dos horas. Tiene que tomar vitamina D porque solo le permiten utilizar la terraza del edificio para tomar sol por un breve período de tiempo. Y no puede salir a la calle, a menos que sea por un tema médico o judicial, y siempre con la tobillera electrónica puesta. Esté adentro o afuera de su casa.
La foto con los economistas fue un antes y un después en la vida de Cristina. Antes, pese a las limitaciones, mantenía reuniones, se fotografiaba con mandatarios y expresidentes –Lula Da Silva o Ernesto Samper– y enviaba audios que, como si fuera una película de ciencia ficción retro, se pasaban en plazas y actos militantes. Publicaba posteos contra el Presidente en sus redes sociales que arrancaban, siempre, con la frase “Che Milei”. Eso cambió a partir de noviembre, cuando empezó a opinar menos y a dejar un vacío. La última carta que publicó fue un balance de la derrota electoral en octubre, en la que le recriminó Axel Kicillof haber desdoblado las elecciones.
San José 1111 se convirtió en un hito, una referencia a donde peregrinar, pero no en Puerta de Hierro. Su liderazgo se debilitó y empezó a perder hasta las batallas más sensibles, como cuando la mitad del bloque peronista del Senado votó el pliego de Carlos “Coco” Mahiques –a quien el kirchnerismo identifica como un engranaje crucial en la máquina judicial que persiguió, condenó y proscribió a Cristina– para que pudiera ser juez cinco años más. Quienes conocen a la expresidenta advierten que la noticia fue difícil de digerir.
El declive de la conducción de CFK tiene, sin embargo, una contracara: es la dirigenta que más mide en la oposición, empatando en intención de voto a Kicillof en la mayoría de las encuestas. El núcleo de votantes kirchneristas, identifican en su entorno, no migra automáticamente a Kicillof, sino que es suyo. Para quienes piden por su libertad, la bandera “Cristina libre” no es solo una estrategia de acumulación política en la interna, sino una estrategia electoral: sin Cristina fortalecida, advierten, no hay 2027 para el peronismo.
“Ningún peronista será presidente si la mayoría no prefiere a Cristina que a Milei. Hoy pedir su libertad puede no parecer una prioridad pero el robustecimiento del vínculo afectivo entre Cristina y el electorado es un requisito imprescindible”, tuiteó el consultor Juan Courel, el día del aniversario del fallo de la Corte Suprema que condenó a Cristina a seis años de prisión. El posteo se propagó como pólvora en las filas cristinistas.
El sucesor
“La única manera de liberar a Cristina es si ganamos las elecciones”, sostiene una dirigenta peronista que dialoga casi todos los días con CFK. Es una premisa básica en la que coinciden todas las terminales del peronismo, incluso el kicillofismo y los gobernadores del Norte que vienen queriendo jubilarla hace años. La discusión es sobre la estrategia.
El kicillofismo –y parte del kirchnerismo– sostiene que el gobernador bonaerense es quien mejor mide en el peronismo y hay que ir a una PASO que lo legitime internamente. Los gobernadores sostienen que Kicillof pierde un ballotage contra Milei y analizan alternativas de centro (algunos, incluso, coquetean con Patricia Bullrich). Sergio Massa mira encuestas y está a la espera de que el dedo de Cristina lo bendiga como el elegido. Pero Cristina, mientras tanto, dilata una decisión.
No tiene candidato propio. En el cristinismo se ríen cuando se le pregunta por el sanjuanino Sergio Uñac, quien se lanzó a la carrera presidencial asegurando tener el respaldo de CFK. “A mí me puede gustar Axel, ¿pero tiene el coraje para lo que viene? Necesitamos un candidato que tenga coraje además de venir bien porque quien asuma va a tener que enfrentarse a la Justicia y al Círculo Rojo”, señala una dirigente del círculo chico de la expresidenta.
No todos opinan lo mismo. “Cristina, la única manera de que salgas es si hay uno nuestro en Casa Rosada. Te la tienen jurada, te van a dar 15 años más”, le insistió, hace un par de meses, un dirigente norteño que la fue a visitar a su casa. Era un pedido para que aflojara en su interna con Kicillof, pero la expresidenta no quiso saber nada. Ella espera que sea el gobernador bonaerense quien levante el teléfono y la llame, pero Kicillof se resiste: sabe que, detrás de las recriminaciones por su falta de empatía o firmeza respecto a su situación judicial, se esconde un intento por limar su candidatura.
Pero CFK no lo ve así. Para ella hay dos motivos por los cuales la Corte Suprema se apuró en sacar el fallo que la condenó a seis años de prisión y la inhabilitó para ocupar para siempre cargos públicos. Uno es la muerte del Papa Francisco, quien siempre tuvo un ojo puesto en lo que pasaba con el movimiento de sus causas en la Argentina. Y la otra fue la decisión de Kicillof de no respaldarla como candidata a la presidencia del PJ: la ex presidenta está convencida de que, si hubiese sido respaldada por todo el arco peronista, la Justicia hubiera dudado en meter presa a la principal líder de la oposición.
“Cuando tenés fortaleza política la Justicia toma decisiones diferentes a las que puede tomar si te ve vulnerable. Pero no. Él pensó que era una decisión contra él, como siempre”, despotrica un dirigente de La Cámpora que lo conoce hace 20 años, y remata: “Axel es un mimado, siempre lo fue, y tiene un problema psicológico que le hace pensar que todo es siempre contra él”.
Es el mito fundante del quiebre con el gobernador. Para CFK al menos. Para su hijo biológico, Máximo Kirchner, la pelea viene de mucho antes. Lo mismo para su ex hijo político, que acusa a Máximo de haberlo limado y boicoteado durante años hasta el punto de que, en un momento, la responsable comenzó a ser también Cristina.
CFK, sin embargo, espera. Sabe que después de Vialidad vendrán otras causas –la de Hotesur o la de los Cuadernos– y que el objetivo de Comodoro Py es tenerla presa para siempre. Quienes la conocen advierten que la situación cambió desde que endurecieron las condiciones de la prisión domiciliaria y que, a diferencia de hace unos años, se empieza a hablar de la posibilidad de un indulto. No solo de apelar a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), sino también al indulto. Por más que sea un reconocimiento de la culpabilidad, algo que ella siempre rechazó. “Tiene que estar libre”, insisten cerca suyo.
Pero para lograrlo, el cristinismo necesita ganar las elecciones. Y, por más que en La Cámpora están furiosos con Kicillof, a nadie se le escapa que será imposible ganarlas sin que ambos líderes se sienten a conversar. “¿Se junta con (Juan Pablo) Valdés y no se puede juntar con Cristina? ¿Todo porque tiene miedo que lo reten?”, se enfurece un dirigente cercano a Fernández de Kirchner, aludiendo al encuentro que Kicillof mantuvo con el gobernador correntino la semana pasada.
CFK es más cauta en expresar su ira. Se muestra irritada cuando le piden por Kicillof, pero cada vez sucede menos: las restricciones del régimen de visitas obligan a sus visitantes a acortar los temas de conversación. Algunas, incluso, aprovechan para distraerla con frivolidades y novedades de sus vidas. El departamento está repleto con los dibujos de su nieta, la hija de Florencia, y a CFK le gusta, a veces y solo con algunas personas, hablar de ella.
Y así, desde San José 1111, en reuniones de 59 minutos, dos veces por semana, CFK espera.
MCM/MG
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