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El scroll como modo de vida: cómo la cultura de la dopamina destruyó la paciencia democrática

José "Pepe" Mugica y Julián Kanarek

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Saltear los primeros segundos de cualquier serie, cualquier episodio, cualquier historia que todavía no arrancó. Julián Kanarek, consultor político nacido en Bruselas en 1984 y radicado en Uruguay, decidió que ese gesto microscópico era en realidad una descripción de época. Y escribió un libro para demostrarlo.

Omitir Intro. Pantallas, dopamina y aceleración democrática, publicado por Debate es su segunda incursión editorial después de Trascender el reactivo (2021), que fue premiado como el mejor libro político del año por The Napolitan Victory Awards. Kanarek es CEO de Ciudadana, una empresa especializada en comunicación corporativa, política y gubernamental, y lleva décadas trabajando para presidentes, partidos y gobiernos en América Latina, Estados Unidos y África. En este ensayo que cruza neurociencia, algoritmos y política global explica por qué ya no aguantamos lo que elegimos nosotros mismos: La misma lógica que nos hace saltear introducciones en Netflix nos está volviendo incapaces de tolerar los tiempos de cualquier gobierno.

“Hacia 2022 yo venía notando algo en mi trabajo: de las últimas elecciones en América Latina, casi todas las ganaban las oposiciones. Entonces me pregunté qué estaba pasando que no había oficialismos que repitieran”. La hipótesis lo acompañó dos años. Pero el disparo final fue una noche de noviembre de 2024, en Washington. “El día que Donald Trump le ganó a Kamala Harris yo estaba ahí. Esa noche entendí lo que no entendía: tres oficialismos perdiendo de manera consecutiva por primera vez en 150 años, en el país que exporta su modelo de democracia al mundo. Ahí dije: tengo que ponerme a escribir”.

El problema central que encontró al final de esa investigación cabe en una sola frase. “No estamos tolerando lo que elegimos nosotros mismos.” Para llegar a esa conclusión, Kanarek tuvo que hacer un desvío por la neurociencia. Y para eso se apoyó en Jonathan Haidt y su investigación sobre la generación ansiosa, en Nicholas Carr sobre la superficialidad con la que procesamos información y en Anna Lembke sobre la dopamina y las adicciones. “Lo que yo hice fue completar ese cuadro con la pieza que faltaba: qué le está haciendo todo esto a la política.”

El libro traza, entonces, una evolución que va de la cultura tradicional lenta a la cultura moderna rápida y finalmente a la cultura de la dopamina. O el scroll como modo de vida.

“Estamos expuestos a algo así como entre 7.000 y 8.000 estímulos comunicacionales diarios. Esa hiperestimulación nos vuelve más superficiales en el procesamiento de la información, más ansiosos, más intolerantes. El cerebro quemado de tanto scrollear. El deterioro del estado mental por el consumo excesivo de contenido trivial online”, señala para describir el Brainrot, un concepto que Oxford eligió como palabra del año en 2024.

¿Y qué pasa cuando ese cerebro sobreestimulado llega a la urna? “Nos vinculamos con la política de una manera emocional, siempre fue así. Lo que cambió es qué emoción predomina. Y no es la esperanza ni la empatía. La emoción más preponderante en las campañas hoy es el odio, el irrespeto, el desafío al poder. Votamos mucho más en contraposición a algo que a favor de otra cosa. Sé lo que no quiero. Hay toda una parte de las campañas que sucede por abajo, en TikTok, en WhatsApp, en comunidades que se comportan de manera tribal y no dialogan entre sí. Así aparecen presidentes que nadie vio venir”, señala. Y la conexión con el algoritmo es directa: “Está comprobado que los contenidos negativos concentran mucho más interacción que los positivos. Cuando criticás algo tenés muchas más posibilidades de atraer atención que cuando proponés y por eso los oficialismos están en un problema”.

Kanarek construye su argumento con casos que van más allá de América Latina. Y el que más le llama la atención es Chile. “Después del estallido social, el sistema político entero se pone de acuerdo en redactar una nueva Constitución. La escribe primero la izquierda con independientes: la ciudadanía dice que no. La escriben después la derecha y la ultraderecha, la antítesis exacta: la ciudadanía dice que no de nuevo. Más de veinte años ganándole siempre a quien gobierna. Chile nos muestra que estamos forjando una habilidad para decirle que no a todo lo que se simbolice como poder.” En tanto, que el caso que más lo perturbó viene de Europa. “El canciller alemán Friedrich Merz gana las elecciones, y como Alemania es una democracia parlamentaria tiene que negociar los acuerdos para ser ratificado. En ese período —que para las democracias europeas es un tiempo natural— su partido pasó de primera a segunda fuerza en intención de voto. Se gastó la luna de miel antes de asumir. Cuando los tiempos normales del diseño institucional ya son demasiado lentos para la ansiedad de la ciudadanía, tenés un problema estructural”.

No todo el libro es diagnóstico sombrío. Kanarek también busca señales en el otro sentido. Y la más poderosa que encontró fue, curiosamente, la de un hombre que nunca tuvo redes sociales. El “Pepe” Mujica. Un tipo que no tenía redes y cuyos contenidos están en toda la red. “Yo escribí cuando falleció que era el hombre de antaño que domó al algoritmo. ¿Por qué funcionaba? Porque la autenticidad construye una validación que predispone a escuchar. Eso me da una pista: las redes pueden oxigenar la democracia cuando circula por ellas algo verdadero.”

Pero si hay un tema que realmente ocupa la cabeza de Kanarek ahora mismo, no es lo que ya describió sino lo que viene. “El libro describe consecuencias que tardamos quince años en poder medir: las investigaciones de psicología conductual que cito se hicieron entre 2020 y 2025 sobre cosas que pasaron entre 2005 y 2015. Recién ahora nos estamos enterando de lo que nos hizo la adopción masiva de las redes. Con la IA no vamos a poder decir que no sabíamos”. Su preocupación central es lo que llama el gap. “Nos estamos acostumbrando a que una IA nos dé una respuesta aparentemente perfecta, adaptada a lo que ya sabemos, aduladora, en tres segundos y sin fricción. ¿Cuál va a ser nuestro umbral de tolerancia dentro de dos años? ¿Cómo vamos a elegir gobiernos —que son lentos, burocráticos, imperfectos por diseño— si nos habituamos a esa inmediatez sin costuras?”. La pregunta que cierra el argumento es casi filosófica. “La democracia es, en esencia, aprender a convivir con la respuesta imperfecta. Cada uno de nosotros tiene que hacerse una pregunta totalmente sincera sobre el uso que hace de la tecnología, porque siempre funciona muy bien creer que la responsabilidad está afuera”.

El libro de Kanarek no es un manual para desconectarse ni un elogio del pasado analógico. Es algo más difícil: un espejo. Y como todo buen espejo, incomoda exactamente en la medida justa. No promete soluciones sencillas porque sabe que no las hay. Lo que sí ofrece es algo más escaso en estos tiempos: un argumento que pide ser leído hasta el final. Sin saltear la introducción.

Omitir Intro. Pantallas, dopamina y aceleración democrática. Julián Kanarek. Editorial Debate, 216 páginas.

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