Opinión

Los orígenes balcánicos del conflicto entre Occidente y Rusia

Un militar ucraniano, en una trinchera en la ciudad de Donetsk. Ucrania, en el centro de una confrontación histórica entre Rusia y Occidente,

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Desde febrero pasado, cuando Moscú lanzó una invasión sobre el territorio de Ucrania dando inicio a una larga guerra que se prolonga hasta hoy con decenas de miles de víctimas y perspectivas inciertas, el debate público a nivel global ha discutido una y otra vez sobre Rusia, sobre sus políticas imperialistas en Europa del Este y en Asia central y sobre sus relaciones al menos conflictivas con los países occidentales. Algunas voces se han alzado también para denunciar la legitimación de una cierta rusofobia, dominante en ciertos espacios occidentales e instrumentalizada en este contexto con fines geopolíticos para justificar las sanciones impuestas contra Moscú. Quizás en virtud de la relativa estabilidad de los Balcanes en la actualidad, la voz de los balcanistas está ausente de estas discusiones. Y sin embargo podría considerarse que esta ausencia es lamentable, al menos por el hecho de que las raíces contemporáneas del conflicto entre Rusia y Occidente se encuentran precisamente en los Balcanes.

Frecuentemente se contextualizan las relaciones tempestuosas entre Rusia y los países occidentales recurriendo a la narrativa de la Guerra Fría, el largo conflicto que dividió al mundo durante casi cuatro décadas luego de la Segunda Guerra Mundial entre un polo comunista liderado por la Unión Soviética y un polo capitalista y liberal liderado por los Estados Unidos. Sin embargo, la intensidad de este enfrentamiento ideológico que organizó el mundo de la posguerra tiene el efecto de cubrir el hecho de que la geopolítica de ese conflicto en muchos sentidos estaba montada sobre dinámicas anteriores en Europa y en el mundo, en particular como consecuencia de la reconfiguración del continente europeo en el contexto de la lenta decadencia del imperio otomano durante el siglo XIX.

Hacia fines del siglo XVII, tras cuatro siglos de expansión económica y territorial notable, el imperio otomano comenzó a descubrir sus límites frente a la consolidación de una alianza entre las potencias de la Europa cristiana. A partir del Tratado de Karlowitz de 1699, el imperio de Constantinopla vio sus posesiones europeas reducirse frente a la fuerza de un imperio austríaco bien asentado en Europa central. Aún más importante, a partir de esos años la Rusia imperial conducida por Pedro el Grande comenzaría a presentarse como un modelo de modernización y una fuente de inspiración para las numerosas poblaciones cristianas del imperio otomano: griegos, búlgaros y serbios entre otros, unidos con Moscú bajo el manto de la ortodoxia pero separados por las fronteras imperiales, empezarían a identificarse como sujetos virtuales del Zar. La influencia rusa en el sudeste europeo no haría sino aumentar a lo largo de las décadas posteriores, con Rusia alentando la revuelta de los cristianos de los Balcanes y lanzando numerosas guerras contra el imperio otomano con el objetivo de expandir su influencia en el sudeste europeo.

La amenaza de Constantinopla, así como más tarde la de la Francia napoleónica, fue suficiente en más de una ocasión para consolidar una alianza entre Rusia y las potencias del occidente europeo. El punto de quiebre de estas alianzas, sin embargo, ocurrió cuando tuvieron lugar en 1821 los levantamientos que dieron inicio a la guerra de independencia griega. Los griegos del imperio de Constantinopla, ubicados en la alta jerarquía de la ortodoxia, pero a la vez conectados con los países occidentales a través de su rol estratégico en el comercio, la navegación y la diplomacia, consiguieron hacerse del apoyo de Europa en su enfrentamiento contra las tropas del Sultán. En un clima de creciente filohelenismo, con las burguesías europeas cada vez más inclinadas a reconocer en los soldados del Peloponeso a los descendientes de los antiguos griegos, un consenso continental se formó en favor de la lucha independentista, en particular tras conocerse las consecuencias nefastas de la represión turca sobre poblaciones civiles sometidas a la masacre y la hambruna. Una de las primeras intervenciones humanitarias de la historia tendría lugar entonces bajo el auspicio de Londres y Moscú: en la batalla de Navarino de 1827, las potencias occidentales y Rusia se aunarían en defensa de los griegos destruyendo las flotas del sultán.

La independencia griega, ocurrida algunos años después de los levantamientos independentistas en Serbia, marcaba el principio del fin de las posesiones balcánicas de los otomanos. Sin embargo, la decadencia de Constantinopla constituía el punto de partida de un conflicto nuevo: la carrera entre Rusia y las potencias occidentales para tomar control del sudeste europeo, en especial con el objetivo de asegurarse el dominio de los estrechos y las rutas comerciales de la región. A lo largo de las décadas siguientes, Moscú y Londres y Viena se convertirían en competidores directos por el control de los Balcanes y del Mediterráneo oriental, no sólo intentando expandir su poder económico sino procurando asegurar su influencia sobre los nuevos Estados nacionales creados en los viejos dominios otomanos. Así, a lo largo del resto del siglo XIX y hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial, el sudeste de Europa se convertiría en el tablero de ajedrez de las potencias europeas en competencia abierta por el control de los territorios perdidos del sultán.

Décadas más tarde, los Balcanes y el Mediterráneo oriental serían una vez más el sitio primero en la emergencia de un conflicto global que enfrentaría directamente a las potencias occidentales y Moscú. En 1947, tras varios meses de tensiones dentro del bloque de los aliados, el presidente estadounidense Truman declaró su intención de pasar a la ofensiva en sus relaciones con Moscú al anunciar un plan de apoyo a las autoridades griegas en su combate contra las guerrillas comunistas. Este giro en materia de política exterior implicaba, en los hechos, tomar la posta de la política colonial del imperio británico en la región en un contexto en el que Londres no disponía ya de fuerza suficiente para sostener los intereses políticos y económicos que había sabido asegurar hasta entonces. El sudeste europeo se convertía así en la cuna de la Guerra Fría, un conflicto que dejó marcas persistentes en las relaciones entre Rusia y el mundo occidental.

La guerra actual en Ucrania no solo ha dejado decenas de miles de muertos y millones de desplazados, sino que ha sometido a la nación ucraniana, una de las más maltratadas de Europa y tradicionalmente sometida a la pesada mano de Moscú, a una serie de injusticias y vejaciones que merecen la reacción y el apoyo de todas las fuerzas democráticas del mundo. La historia larga del conflicto entre Rusia y Occidente, sin embargo, nos obliga también a mantener un sentido de la sospecha ante cada una de las intervenciones que se realicen en favor de Ucrania, pues el combate de las potencias occidentales con Moscú precede, y con muchos años de antelación, a las aspiraciones democráticas de los ucranianos.

CC

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