Opinión

Pablito

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¿De qué hablar primero ante la partida de Pablo Milanés? ¿Sobre música o política? ¿La política en la música o el empeño consecuente desde los inicios de darle una voz, no cualquiera, a tradiciones que luego se amalgamarían con otras maneras de entender lo cubano? El canto de Pablito, como lo llamaban, acompañó el optimismo desbordante de una generación crecida en la isla después de 1959 y con los años, el tiempo que pasa y deja sus erosiones, expresó el enorme desencanto de aquello alguna vez constituido como revolución y luego, apenas su caricatura gerencial 

Decimos Milanes y sale, casi por acto reflejo, “Amanda”, “Años”, “Yo no te pido”, “Yo pisaré las calles nuevamente”, “El breve espacio en que no estás” o “Canción para la unidad latinoamericana”, que llegó a estos pagos a fines de los setenta a través de Milton Nascimento y Chico Buarque. Pero en un principio, y siempre, al fin de cuentas, estuvo José Martí. Musicalizó los versos del hombre más inmenso de Cuba. Rescribió la “Guantanamera” atribuida a Joséito Fernández y entonces ya esbozó su potencial. Disco singular, aquel. Al escuchar hoy, este día, “Banquete de tiranos” (“Hay una raza vil de hombres tenaces/ De sí propios inflados, y hechos todos”), no puedo dejar de pensar en las derivas del autor y una colectividad. 

Intento sacar a Milanés de la contingencia dolorosa. Pensar, por ejemplo, en su paso por el filin, esa canción que ha abrevado del bolero y otras formas de la canción popular. Desde ahí es que su nombre se pliega al Grupo de Experimentación Sonora (GES), un colectivo dirigido por Leo Brouwer, un eximio guitarrista y compositor que ya había realizado la banda sonora de Memorias del subdesarrollo. El GES funcionó bajo la protección de Alfredo Guevara, la autoridad del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC). Su vieja amistad con Fidel Castro lo inmunizó relativamente frente a olas mayores de intolerancia. Es obra del GES “Cuba va”, una canción de fuerte impronta roquera que Pablo compartió con Noel Nicola y Silvio Rodríguez. El amor se invoca ahí como un ejercicio sacrificial. “Por amor se está hasta matando/ para por amor seguir trabajando”, canta un Milanés que, pocos años antes, había atravesado situaciones por mucho tiempo impronunciables.

A medida que Pablo pudo tomar distancia de su condición de cantor de Estado, forjada a partir del éxito latinoamericano de Nueva Trova, se permitió recordar su paso por la Unidad Militar de Ayuda a la Producción (UMAP). Allí fueron “internados” religiosos, homosexuales, “elvispresianos” y diversas muestras de disidencia menor pero siempre molestas. Abel Sierra Madero acaba de dar a luz El cuerpo nunca olvida. Trabajo forzado, hombre nuevo y memoria en Cuba (1959-1980). El ensayo que publicó Rialta Ediciones en México es estremecedor. “Al igual que sucedió en Europa con la difusión y circulación de las narrativas sobre el gulag soviético, muchos en el mundo no dieron crédito a las historias que se filtraban y difundían sobre los campos de trabajo forzado en Cuba”.  Y ahí, Pablo en un documental dirigido por Juan Pin Vilar relató su experiencia personal. “Me sentía revolucionario. Y cuando me engañaron de aquella manera, me mandaron un telegrama donde me decían que había sido elegido para el servicio militar, y fui elegido para un campo de concentración. Para un muchacho de 23 años eso fue brutal”. La música y la lectura furtiva (“estaba rodeado de guardias con bayonetas”) lo salvaron del resentimiento. 

GES mediante, Pablo fue, junto con Silvio y Nicola, el rostro de la Nueva Trova cuyas canciones fueron cantadas dentro y fuera de la isla como la prueba material de que aquello que la nominaba (ser “nueva”) era una consecuencia de las trasformaciones estructurales. Silvio y Pablo llegaron a Buenos Aires por primera vez en abril de 1984, es decir, cinco meses después de la asunción de Raúl Alfonsín. Sus 14 presentaciones en Obras ante un público extático funcionaron como una curiosa insularidad en esa Argentina de la transición. Miles de personas cantaron a destajo las canciones que habían pasado de mano en mano durante la dictadura, vivaron a Castro, juraron lealtad a la mayor de las Antillas, aplaudieron a la llamada revolución nicaragüense y se entonaron emocionalmente con la lejana lucha armada en El Salvador. El impacto de esos conciertos fue tan grande que el propio Comandante en Jefe los recibió al retornar a La Habana como si fueran algo más que embajadores. Encarnaciones musicales de un ideario. De esos años son algunas de las canciones más empáticas de Milanés con el castrismo. Recuerdo especialmente “Cuando te encontré”, una suerte de épica de teodicea de la revolución (“cuando te encontré, nada conocía su función”) que concluía con una rescritura de la consigna Patria o Muerte: “Y se encontrarán los del machete aguerrido/ Con el último héroe que hasta hoy se ha perdido/ Todos gritarán: será mejor hundirnos en el mar/ Que antes traicionar la gloria que se ha vivido”. La televisión cubana pasaba una versión que él cantaba con Rodríguez y concluía con un fragmento de un discurso de Fidel en una asamblea de la ONU. En esa parábola, de la UMAP a “Cuando te encontré” se traza algo más que una transición para Milanés. Un arcano que la ensayística seguramente cultural algún día abordará.

Pero, a partir de los noventa, comienza un lento pero firme camino de desapego, como si fuera al reencuentro de quien había sido. Primero creó una Fundación con su nombre que supuso un inédito (y oneroso) gesto de independencia tolerada por el Estado. Más tarde, la diferencia explícita. “¿Qué casa te albergará?/ ¿En qué esquina haz de pararte?/ ¿Qué barrio recorrerás para hallarte?/ ¿Qué vecino te hablará?/ ¿Qué compadre irá a buscarte?/ ¿Qué amigo compartirás?”, había cantado en “Yo me quedo”, un grito de afirmación frente al deseo de migrar. “¿Qué verde ha de deslumbrarte?”, preguntaba, y no solo parecía estar hablando de la fronda cubana. Sin embargo, Pablo también partió a su modo y pudo entender desde el otro lugar el drama de los que se fueron por desapego, imposibilidad o hastío (solo este año, Cuba ha tenido el mayor éxodo de su historia, casi 230.000 personas, el 2% del total de sus habitantes). 

Su asociación con Silvio (quien este martes publicó en su sitio un enigmático poema titulado Pablo, escrito en 1969, los años del GES: “Te conocí rasgando el pecho de la muerte un día”) había devenido una antigualla en los tiempos de crisis irreversible (irrumpiría primero la salsa chabacana y luego el regatón como nuevas expresiones predominantes). Al otro trovero nunca le cayeron muy bien las opiniones sin filtros del autor de “La vida no vale nada” y unas 400 canciones reunidas en 60 discos. Hace años que Pablito no tenía filtros para hablar del derrumbe post castrista. Ha expresado su solidaridad con los participantes del estallido social del 11 de julio de 2021 así como los que fueron sometidos a juicios exprés. Su penosa enfermedad había avanzado cuando decidió, en junio pasado, volver a cantar en La Habana. Las autoridades temieron que el concierto se transformara en un acto inédito de protesta contra la burocracia cívico-militar. Por cada oyente alborozado hubo un chivato. Semanas atrás, Milanés adhirió al “Manifiesto de la sociedad civil cubana” que firmaron numerosos intelectuales y repudiaron otros tanto. “Sus planteamientos reúnen los presupuestos de lo que pudiera ser un Frente sin partidos, sin tendencias, sin viejas y nuevas rencillas, que solo llevan a la desunión y a la incoherencia de logros futuros que solamente se alcanzarán con la unidad de todos los cubanos”. El cantautor llamó a leer el texto “con profundidad”. El país, dijo, debe “dar paso a nuevas voces y nuevas maneras de pensar, que reclaman nuevas leyes, nuevas libertades, nuevas participaciones activas dentro de la actual sociedad, que nos llevaría a un diálogo de paz y de un futuro alcanzable, dadas las pésimas condiciones en que se encuentra, sin una aparente salida, este pueblo”. 

Según ese Manifiesto, “la alarmante situación del país ha sido el fruto de una gobernabilidad fundamentada, por una parte, en una centralización empresarial del Estado, fuente de ineficiencia y corrupción de unos estamentos burocráticos que han arrastrado a la población por más de seis décadas a una situación calamitosa, pese a todas las reformas implementadas en diferentes épocas que, como la palabra indica, son solo cambios de forma, cuando lo requerido es un modelo económico sustentable que no dependa, para subsistir, de periódicas subvenciones de aliados externos, y por otra, la coerción sistemática de derechos esenciales como el de libre expresión oral y escrita, así como la creatividad artística, el de libre asociación pacífica, el de libre movimiento, en particular el derecho de poder salir de su propio país y regresar a él”.

A pesar de esos diferendos profundos, Granma, el órgano oficial del Partido Comunista, no pudo desentenderse del deceso. “Falleció el reconocido trovador”, tituló. La información incluyó palabras del presidente Miguel Díaz Canel, vertidas en Twitter: “Desaparece físicamente uno de nuestros más grandes músicos”. Para el también primer secretario del PCC, el bayamés ha sido una “voz inseparable de la banda sonora de nuestra generación”. Claro que la noticia del fallecimiento no podía competir en Granma con la presencia de Díaz Canel en Moscú, donde inauguró con Vladimir Putin una estatua de Fidel Castro en el distrito de Sókol.

AG