Opinión

Los padres no existen

Los padres no existen

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Una frase popular dice que “Los reyes no existen, son los padres”. Sin embargo, ¿qué reprime esta afirmación? Que los padres tampoco existen.

Al consultorio de un psicoanalista llegan diversas personas, a veces enloquecidas con la idea de que tienen padres. Es realmente un disparate. 

¿Por qué se convencen de algo semejante? Porque a partir de esta creencia es que pueden pensar que son de un modo u otro, que les pasó tal o cual cosa, porque tienen los padres que tienen. Dicho de otra manera, los padres son una excelente excusa.

Gracias a que creemos que tenemos padres es que explicamos muchas particularidades de nuestra vida, porque hacemos de su existencia un recurso determinista. Por suerte, en la escucha psicoanalítica cuando alguien nos habla de sus padres, antes que dar sentadas las diferentes cuestiones que narra, nos preguntamos qué reprime esa narración.

Por ejemplo, alguien dice que su padre nunca lo quiso y lo trató mal, pero lo que no cuenta es que quizá ese maltrato es una representación de la complicidad del niño con su madre, al servicio del desprecio de la figura paterna. O alguien cuenta que nunca vio entre sus padres ninguna señal de afecto, pero ¿si este relato fuera para eludir saber algo del erotismo que quien habla demuestra por su sola presencia (venido al mundo al cabo de un coito, seguramente no solo uno)? 

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Esto no quiere decir que los psicoanalistas no creamos en lo que dicen nuestros pacientes. Al contrario, creemos mucho más que ellos en que dicen algo cuando dicen lo que dicen, aunque a veces no lo saben. O se las arreglan bien para no saberlo.

No tenemos padres. Somos hijos de deseos singulares. De ese hombre, esa mujer y quizá de alguien más. Esta es una forma de decir que las funciones parentales no son abstracciones ni ideales. Las encarnan personas concretas y aquí cabe una aclaración: el deseo de hijo tampoco existe. 

Alguien puede desear un embarazo. Alguien puede querer tener un hijo. Pero no hay deseo de hijo. Me explicaré mejor porque esto puede parecer difícil de entender. 

El deseo es una función sexual que une los cuerpos eróticamente. En todo caso un hijo puede ser el resultado de un deseo entre dos y lo importante es esto último: el deseo del que proviene un hijo es entre dos. Claro que esto no quiere decir que dos personas se pongan de acuerdo para tener un hijo; aquí no valen las decisiones conscientes. 

Me refiero a que el deseo sexual es lo que une un cuerpo con otro cuerpo y un hijo puede ser muchas cosas: desde un temor a una sorpresa, o bien el objeto en que el deseo se posa una vez que se realizó; pero un hijo no es un deseo. 

Esta idea repugna a los neuróticos, que cada tanto se olvidan de que sus padres no existen y les preguntan: “¿Vos me quisiste tener?” o “¿Fui yo un hijo deseado?”, en busca de una presencia previa al acto sexual que los engendró. Los neuróticos quisieran estar ahí antes de haber sido concebidos. De ahí nace su pasión por no querer perderse nada.

Aquí alguien puede decirme que no siempre un hijo se concibe en una pareja, que la ciencia hoy tiene sus propios medios. Yo responderé que el deseo sexual que une un cuerpo con otro cuerpo bien puede estar en la fantasía. Aún recuerdo a la mujer que me contó que, en la primera entrevista que tuvo con un médico especialista en fertilización, tuve el pensamiento repentino: “Qué hombre pintón” y no se refería precisamente a su pareja. 

Los neuróticos quisieran estar ahí antes de haber sido concebidos. De ahí nace su pasión por no querer perderse nada.

Los hijos no se buscan, llegan. Que no haya deseo de hijo también quiere decir que un hijo no es la causa del deseo que lo trajo al mundo. Y aquí cabe otra distinción, con el parto nace un niño, pero ¿en qué medida se convierte en hijo?

Un niño será un hijo si hay un deseo que lo precede y excede, al que con los años se dedicará a investigar. Recuerdo todavía al pequeño que un día dijo, antes de irse a la cama: “Este oso se lo regaló mi papá a mi mamá cuando ella se casó”. 

El inconsciente es irrespetuoso con el castellano: el niño no dijo “cuando se casaron”, entonces la pregunta es con quién se casó la madre cuando “ella se casó”. Hermosa forma en la que también la figura del padre reprime la presencia del marido. Hermoso también el modo en que el niño expresa metafóricamente la llegada del niño como un don.

El inconsciente cabe en una frase, para quien quiera oír. Entonces, un hijo será tal si no solo es cuidado y sus necesidades son satisfechas. Será un hijo si es capaz de tener alguna inquietud respecto del deseo que lo trajo al mundo.

Ser hijo es estar fuera de una escena en la que ocurre algo y que se espía. Ser hijo es una posición de espectador. Por eso la masturbación es una práctica de hijo, que mira una escena en la que se juega un deseo (en la fantasía o en una pantalla). Por eso quien es impotente en la cama, no lo es para tocarse. Por eso para ir a la cama es preciso dejar de ser hijo, al menos por un ratito. Por más que se insista con el colecho, a la cama no se va como hijo.

De la misma manera, un síntoma típico de la posición de hijo son los celos. ¿Qué otra cosa es un celoso sino un espía profesional, alguien que quiere saber qué pasa en otra escena? El celoso es alguien que padece por la suposición de un deseo que lo precede y excede, del que solo puede ser espectador.

Además puede ocurrir que un hijo se neurotice. ¿Qué quiere decir ser neurótico? Es un modo de no querer saber del deseo sexual que nos trajo al mundo. El neurótico quisiera ser la causa de ese deseo. Así es que no se imagina que nada pueda hacer más feliz a su madre que visitarla. Un neurótico nunca se imagina interrumpiendo a aquel de quien se cree la causa de su deseo.

Recuerdo que hace un tiempo estaba en un programa de TV en el que se debatía sobre infidelidad y alguien dijo: “Mi madre nunca le fue infiel a mi papá, en cambio él…”. ¡He ahí un hijo! Neurótico, además. ¿Qué reprime su afirmación? Primero, no tendría sentido decir algo que cualquier psicoanalista sabe: las mujeres son tan infieles como los varones; el punto en la frase es otro: con la acusación indirecta de infidelidad al padre, encubre que la madre pudo haberle sido infiel con el hijo mismo. Así se declara inocente o, mejor dicho, confiesa la culpa por el acto parricida: con la fantasía del padre infiel, vela que lo sabe cornudo.

Los neuróticos quieren ser la causa del deseo del otro. Esta es su tontera de hijos. Así es que construyen esa creencia de que los padres existen y, encima, les atribuyen todo tipo de aspectos que consolidan una narración familiar.

¿Qué produce el análisis? Mejor dicho, ¿cómo se reconoce a un analizado? Quien sea está analizado si es capaz de haber atravesado las versiones deterministas del otro, es decir, si es capaz de dejar de explicarse a partir del otro (con el esquema lineal de la causa y el efecto) y, en particular, a partir del momento en que puede decir “No sé” ante ciertos detalles de la historia familiar. 

Quien sea está analizado si es capaz de haber atravesado las versiones deterministas del otro, es decir, si es capaz de dejar de explicarse a partir del otro (con el esquema lineal de la causa y el efecto)

Por ejemplo, puede ser que con los años alguien pueda situar que ese padre infiel al que le atribuyó todo tipo de fechorías, en la medida en que regresaba a casa, estaba unido con esa mujer que le reprochaba sus deslices por algo más que la costumbre. Tal vez esa escena implicara algo entre ellos, tal vez la otra cara de los reproches maternos al padre fueran la antesala de reconciliaciones fogosas. Cada quien se las arregla como puede para ir a la cama. 

Poco sabemos de nuestros padres, a lo mejor podemos dejar de mirar y creer que vemos, porque con el tiempo de análisis las versiones macizas de los padres ceden a las contradicciones y ese padre de tal o cual forma homogénea se vuelve un hombre unido a su pareja de una manera extraña, indeterminable, más o menos sintomática. 

El día en que nos damos cuenta de esto no dejamos de ser hijos, quizá sí de sufrir de neurosis y, además, habremos dejado de ser hijos desde una posición infantil. 

También dejamos de ser hijos desde una posición infantil el día en que advertimos que, con nuestros hermanos, somos hijos de las mismas personas, no de los mismos padres –ya que cada uno se armó su propia versión para velar ese deseo que lo trajo al mundo, que no fue el mismo para cada hijo.

El día en que descubrimos que los padres no existen, es que podemos empezar a amarlos sin esperar que nos amen.

Estamos analizados el día en que descubrimos que no sabemos un montón de cosas y no sufrimos por eso. Entonces es el comienzo de nuestra vida.

LL

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