SOY GORDA (ESEGÉ)
Si la muerte pisa mi huerto
Leyendo el libro Morir en Occidente, desde la Edad Media hasta nuestros días, de Phillipe Ariés, rastreo el lento pero cambiante camino en que la muerte dejó de ser un hecho domesticado, de familiaridad, cercano, y pasó a convertirse en un acontecimiento prohibido, maldito y desterrado.
Las ideas dinámicas frente al final fueron armando diferentes formas de convivencia con el final de la vida. La configuración actual parece convertir a la huida de ella en la gran tentación, tanto para pensarla como para conectarse desde las emociones.
Estudiar la licenciatura en Artes de la Escritura en la (pública y gratuita) Universidad Nacional de las Artes, me regala lecturas magnéticas, como me ocurrió con el volumen de Ariés. Curso un seminario sobre las variaciones acerca del mito sobre Eva Perón, que dictan Paola Cortés Roca y Martín Kohan. Reflexionamos sobre las disputas por su cuerpo embalsamado, las tretas del poder y de los débiles para apropiarse, unos para esconderla; los otros para convertirla en bandera. Descubro en el libro de Ariés y en la clase la diacronía particular de nuestra cultura sobre las diferentes percepciones acerca de la muerte, tan diferentes de otras concepciones.
“La gente moria en la casa, a la vista de la familia, incluso de los niños. Lo que marca Ariés es que la modernidad establece una interdicción y la muerte se convierte en un fenómeno que no hay que ver, se separa de la vida cotidiana, se privatiza, el enfermo se va al hospital o a la clínica y el final se institucionaliza”, dice Cortés Roca. Sin embargo, advierte que de 1870 en adelante se sacan fotos de muertos y fotos de fantasmas, vinculadas al espiritismo, como si fueran rituales de momificación o embalsamamiento. “En lo contemporáneo, se roban las fotos de las figuras públicas muertas y se las exhibe, como si volviéramos a un momento medieval. Por otra parte, hay una mayor interdicción en retratar la muerte que la genitalidad, para la pornografía.
Para los pueblos originarios de América, la muerte no era castigo ni final, sino una etapa más del ciclo de la vida. El Mictlán era el inframundo al que iban casi todos los muertos. Diego de Rivera construyó un museo con la arquitectura y los artefactos de ese legado ajeno al infierno cristiano. Ese universo fue pensado como un viaje con distintos niveles, en el que descansabas con la compañía de un perro. El kit para ese viaje era agua para la sed, jade y amuletos de papel. El sincretismo fue anudando esa idea de la muerte cíclica con la otra más solemne y angustiante de la conquista católica.
Las creencias animistas del pueblo Toraja, en Indonesia, nubla el límite entre este mundo y uno próximo, transformando a los muertos en seres que continúan presentes en el aquí y ahora. Un funeral puede insumir meses o años, los cuerpos permanecen en los hogares y los vivos cuidan los restos.
La adolescente Malena (Carolina Setton) es uno de los personajes de la obra teatral Mamá planta, con dramaturgia y dirección de Nicolás Blandi, en el teatro El grito. La pieza comienza con la interpretación de la canción La llorona. La chica, de dulce y potente voz, perdió a su madre y convierte su dolor en una idea: su progenitora se convirtió en una planta que vive en el jardín semi abandonado de la casa. Ese recurso emocional para experimentar la muerte le provoca la ilusión de volverse ella misma una planta para lograr el reencuentro. Su plan es enterrarse para volver a crecer como su madre.
La dificultad de asumir la mortalidad está plasmada en la película de Robert Semeckis, La muerte le sienta bien (1992) protagonizada por Meryl Streep, Goldie Hawn y Bruce Willis. En la comedia satírica, las mujeres beben una poción mágica para evitar la vejez y la muerte. Es una recreación exagerada de la industria cosmética y quirúrgica que alienta a las mujeres, sobre todo, a intentar detener el paso del tiempo y la llegada de la Parca.
No concebirla en nuestro pensamiento, sin embargo, hace que su presencia sea un fantasma con mayor fuerza. El intento de asesinarla siempre es en vano, pura fantasía. La muerte es. Ocurrirá, por más empeño que pongamos en contradecir su existencia. Negarla no colabora con la posibilidad de convivir lo más amablemente posible con ella.
Obvio que no nos referimos a las muertes por masacres, genocidios, epidemias, experiencias que padecimos y conocemos bien. No hablamos de la muerte por goteo que provocan la miseria y el hambre, las desapariciones. Tampoco de los finales abruptos y violentos, como los femicidios. Hablamos de la muerte “natural”, la que llega luego de la vejez, por la decadencia natural de la vida.
Tal vez una de las pérdidas más difíciles sea la de los hijos. En su biografía, Memorias de un zapatero, Ricky Sarkany relata cómo fue la enfermedad y la muerte a los treinta y un años de una de sus cuatro hijas, Sofía, quien padeció cáncer. “El duelo puede ser luminoso”, escribió. Trascender no se trata de perpetuar un apellido, sino de dejar algo con sentido. En su última fiesta de cumpleaños, ella le dijo a su familia: la vida me dio mucho más de lo que me sacó. Y aunque los primeros tiempos fueron duros, el zapatero aprendió que el amor no muere.
Nunca fue fácil morir, pero las sociedades tradicionales acompañaban a moribundo. Hoy, salvo excepciones, se les quita el estatuto de personas. No se los escucha ni se los toca. Quienes disponen de dinero se ponen en manos de “especialistas” en prolongar la vida. Se embarcan en un hacer y hacer imparable, que sólo dan resultados epidérmicos. Lo cuerpos siguen su marcha. ¿Se vive más? Sí. ¿Mejor? La respuesta es la duda.
LH/MF