La sociedad psicoanalítica del espectáculo

El psicoanálisis no está exento de la espectacularización, ni de la farandulización, ni del cholulismo: lógicas que lo están tomando todo.

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Me doy cuenta -siempre retroactivamente- de que hay un asunto que insiste dentro de mis inquietudes: los modos en que se vulnera la intimidad que se suscita en el análisis. Vuelvo una y otra vez sobre eso a partir de ciertas cosas que leo pero, sobre todo, que veo. Porque esa intimidad, que es inédita, suele darse a ver, mostrarse, hacerse pública de las maneras más obscenas: en asados, en fiestas, en redes sociales, en congresos, en clases de la facultad, en publicaciones en medios masivos, en libros. Por supuesto que esas escenas no son todas iguales, porque no es lo mismo un asado que un congreso que una red social. Pero considero que hay algo que atraviesa cada una de esas escenas y que podría cifrarse en una pregunta: ¿quién habla ahí? ¿quién habla ahí y en nombre de quién? Está claro que el que habla de los pacientes no está hablando en tanto analista porque, como sugiere Jean Allouch: “pensado como un acto, el análisis excluye que alguien pueda nunca declarar: «Yo soy psicoanalista», ya que no se lo es por fuera del acto, mientras que en el acto, Lacan lo señaló, «el sujeto no está allí»”. Si el analista es una función, y no un ser ni una identidad, el que habla de los pacientes habla en tanto Yo, en tanto persona, en tanto profesor, en tanto comensal, en tanto infatuado, en tanto impostado; en definitiva: en tanto cholulo. Es que el psicoanálisis no está exento de la espectacularización, ni de la farandulización, ni del cholulismo: lógicas que lo están tomando todo.

Lo que me llevó a pensar nuevamente en estas cuestiones fue la salida del libro de María Eugenia Vidal que lleva un prólogo de José Abadi, su propio analista. No es que un analista no pueda escribir un prólogo al libro de un paciente, pero en este caso hay algunos aspectos particulares a considerar: el libro es autobiográfico (los materiales del libro son acaso los mismos de un análisis, Vidal no escribió un libro sobre un asunto cualquiera, sino un libro sobre ella misma);  el dato de que él es su analista ya se había hecho público antes, vale decir que la discreción ya había sido vulnerada (ya sea porque Abadi es el cholulo y da a ver que atiende a Vidal, ya sea porque la cholula es Vidal y da a ver que se atiende con Abadi). Pero, además, Abadi empieza diciendo que el libro alcanzó sus expectativas: un analista teniendo expectativas, cual padre o madre, de un paciente, lo que resulta cuanto menos inquietante. Como siempre, se trata de la enunciación.

No es infrecuente escuchar a “analistas” hablando de los pacientes en distintos lugares. No hace falta que esos pacientes sean “famosos”. Porque el cholulismo no pasa sólo por ahí, sino por la enunciación desde la que tales “analistas” se muestran a sí mismos. El cholulismo se cuela, no sólo en el hecho de hablar de los pacientes en todos lados, sino en las maneras de referirse a ellos: la fórmula “mis pacientes” podría sintetizar la fascinación que algunos “psicoanalistas” tienen por sí mismos. Esos “analistas” están menos fascinados por el paciente que por el hecho de que ese paciente los haya elegido. Hay además otro gesto caricaturesco, no menos recurrente: el de los muchos que se encargan de mostrar todo el tiempo que están “entre paciente y paciente”, que no tienen ni un minuto desocupado.

“La psicoanalista” que hace esperar al paciente escritor en la sala de espera haciéndole saber que estaba ocupada porque ella también escribe; “el psicoanalista” que cuenta en una fiesta que está atendiendo a un político importante; los rumores que corren de que un psicoanalista famoso de una escuela top de psicoanálisis está atendiendo a Cristina Fernández de Kirchner, o los rumores de que un filósofo reaccionario se está atendiendo con un psicoanalista top no menos reaccionario -según lo que pudimos leer de sus expresiones en una red social-; “el psicoanalista” que se entera “por el consultorio” de información clasificada y la cuenta en el almuerzo con sus amigos del secundario; “la psicoanalista” que se fascina con el libro de poesía que escribió una paciente y le hace llegar sus propios poemas; “el psicoanalista” que infla el pecho porque cree que es mérito suyo que un actor de larga trayectoria lo haya elegido; “la psicoanalista” que en una clase en la universidad cuenta que atiende a un empresario millonario; “los psicoanalistas” que mostraron durante años -principalmente los de la convertibilidad- que iban a analizarse a París (viajes de los que ciertamente volvían con un acento afrancesado), etc. etc. etc. 

No existe el psicoanálisis, en singular. Hay muchas escuelas y muchas orientaciones. Tampoco existe la orientación lacaniana en singular -como pretenden muchos de los que se creen dueños y guardianes de lo que Lacan dijo, sosteniendo así lecturas religiosas-. Entre esas escuelas y esas orientaciones hay posiciones muy disímiles acerca de uno de los fundamentos del psicoanálisis: la transferencia. Y no se puede pensar nada acerca de la transferencia sin ese otro operador fundamental de la posición del analista: la abstención. 

Hace poco pensé que esa abstención sólo funciona en la medida en que se sostenga también fuera del consultorio. Es la posición ética que Freud asume en su escrito Puntualizaciones sobre el amor de transferencia (1915), cuando dice “no escribo para la clientela, sino para médicos que tienen que luchar con dificultades serias”. Y esa frase, según Jorge Jinkis, “no es una fórmula negativa, es una respuesta que enuncia abstención”. Esa frase puede darnos a su vez una clave para pensar la tendencia actual a la espectacularización del psicoanálisis. Porque ese dar a ver de algunos apunta a la clientela, a conseguirla. Reconozco que siempre me incomodó esa frase de Lacan que dice “con oferta he creado demanda”. Si bien se refiere a que no hay demanda de análisis posible si no hay un analista ofreciendo un lugar, me molesta mucho que los términos sean los del mercado. Y no porque pretenda que el psicoanálisis esté fuera de él, sino porque pretendo que el discurso del psicoanálisis produzca ciertos antídotos y resistencias a esa lógica. Y el cholulismo de algunos psicoanalistas lleva al extremo ese gesto de la oferta y la demanda. Hay “analistas” que montan su propia empresa de marketing disfrazada de saber, disfrazada de “experiencia clínica”, disfrazada de “expertise”, disfrazada de “especialización”. Como si el saber de un analista fuera acumulable. Cuando Lacan pone en acto su retorno a Freud, no se priva de decir que se ha regresado, en el psicoanálisis, al principio reaccionario que recubre la dualidad del que sufre y del que cura, con la oposición del que sabe y del que ignora. Y agrega que de ahí a convertirse en managers de almas hay un paso, porque “el más corruptor de los conforts es el confort intelectual”.

Freud advierte que un paciente que habla en todas partes de su análisis lo termina haciendo inocuo. Podríamos hacer extensiva esa cuestión a los psicoanalistas: también hacen inocuo un análisis por hablar en todas partes de los pacientes. 

Me gusta mucho cuando Allouch dice que la transferencia comienza cuando un paciente se desentiende del psicoanalista. Y desentenderse del psicoanalista no es sino dejar de contarle cosas a alguien para empezar a decir algo, a poner en juego un decir. Podríamos agregar que para que se produzca ese espacio entre dos que es la transferencia, hace falta también que el psicoanalista se desentienda del paciente en ese mismo sentido. Y entonces ahí sí, parafraseando a Michel Foucault, ya no importa quién habla, ya no importa quién dijo qué. Habremos pasado entonces del alguien al algo; habremos podido inaugurar esa intimidad inédita que resiste al espectáculo y al cholulismo.

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