Una despedida

La traición de Paul Sorvino

Sorvino murió ayer en Indiana a los 83 años, de causas naturales, según su representante.

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La muerte de Sorvino me cayó como canapé de cantimpalo, un gesto de su parte que nunca hubiese esperado. Supongo que éste sería momento apropiado para evocar algunas de sus destacadas actuaciones. Pienso en Goodfellas de Scorsese, en algún episodio de Law & Order o en su caracterización de Kissinger bajo la dirección de Oliver Stone. Pero la verdad sea dicha, lo que me duele es que haya palmado justo antes de narrar “The Italian Factor”, documental de mi dirección, que cuenta historias de escultores italianos que contribuyeron a definir uno de los períodos más celebrados del arte público en los Estados Unidos.

La elección de Sorvino como narrador fue una de mis decisiones más acertadas en el terreno documental. Hubo otras, pero ninguna tan apropiada. Yo necesitaba alguien que pudiera no sólo solidarizarse con las tribulaciones de la clase inmigrante, sino que pudiera entender las causas del desafío, alguien que pudiera pronunciar los nombres si una papa en el buche, alguien que entendiera lo que significó ser tano en Nueva York o en Boston a fines del siglo diecinueve, durante la crisis de los años treinta, y más tarde durante la guerra en la que sus hijos dieron la vida peleando contra el fascismo, contra quienes habían sido vecinos de sus padres, contra sus primos.

Sorvino entendía todo aquello y más. Había nacido en Brooklyn, un lugar que forma parte de la cosmogonía universal del exilio de sus antepasados. Es allí, precisamente, donde las esculturas coladas o talladas por inmigrantes pueblan parques y bulevares, plazas y edificios públicos. Esos monumentos no llevan el nombre de sus artífices sino las firmas más “aceptables” de familias patricias de Nueva Inglaterra. Pienso en John Quincy Adams Ward, Daniel Chester French, Frederick McMonnies y Augustus Saint-Gaudens. Pero estos últimos habían realizado tan sólo el diseño a escala de sus obras, tal vez en yeso, plastilina o arcilla. Su ejecución requería de experiencia, y de la tradición, que llega a Nueva York con Giuseppe Piccirilli y sus hijos, y más tarde de la mano de Del Bianco, Salvatore Novelli, Gaetano Trentainuove, Coppini, Pietro Montana y tantos otros cuyas firmas no siempre constan en sus las obras. Sorvino estaba al tanto de algunas de las razones detrás del olvido, y como si lo anterior no fuera justificación suficiente como para que fuera él quien narrase “The Italian Factor”, también pesaba el hecho de que Paul era escultor, que conocía el oficio, y que podía hablar desde el lugar de quien no sólo observa, sino que pertenece. En eso estábamos, discutiendo detalles, posibles fechas, ininteligibles provisiones a un contrato redactado por abogados y representantes, los suyos, los míos, los nuestros. De repente, el titular imperdonable: “A los 83 años muere Paul Sorvino”. Alguien de su entorno dijo que hace rato se percibía un evidente deterioro físico. Pero para ser sincero, me interesaba su voz y en ningún momento reparé en los detalles de su apariencia, y en estos momentos en los que el mundo derrocha merecidas lágrimas por un tipo extraordinario, padre de quien nunca fuera mía y un actor del carajo, sólo siento empatía por mí mismo, por mi documental truncado sobre los artesanos italianos que cambiaron la historia del arte en los Estados Unidos. Tu muerte, Paul Servino, me resulta imperdonable, me cagaste tano, y si de esta no me salva John Turturro, no me salva ni Dió.    

EMB

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