Dios y la vacuna ganada

Eduardo Montes-Bradley muestra su carnet vacunatorio luego de recibir la dosis anti Covid-19.

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Charlottesville, Va. – Llevo un año con los mismos dos billetes en el bolsillo, uno de cinco dólares con la cara de Lincoln, otro con la de Washington. En el reverso puede leerse “In God We Trust”. 

Los que no tienen confianza en Dios son cada vez más. De hecho, el ateísmo es la religión de mayor crecimiento en las últimas dos décadas. Sin embargo, aún resulta perjudicial su admisión, al menos en lo que concierne a la clase política. Los ateos no cosechan votos, y en las elecciones de esta democracia el peso de lo divino es concreto. Tarde o temprano todo político habrá de ratificar algún tipo de fe en lo supernatural para obtener el apoyo que le permita sobrevivir. Es curioso, pero en ese aspecto los Estados Unidos se asemeja a las teocracias en Irán, Yemen o Mauritania. 

Robert King from Eduardo Montes-Bradley on Vimeo.

En el pueblo en el que vivo, y en otros pueblos del sur confederado, las calles están desiertas los domingos, no así las playas de estacionamiento en las iglesias. Dr. Martin L. King había señalado que aquellos días, a las once de la mañana, era la hora más segregada. Las iglesias negras fueron el primer dominio Afroamericano, la primera institución negra en este país en el que negros y blancos comulgan con su grey. Si acaso Patrick Peyton hubiera estado en lo cierto al afirmar que “familia que reza unida, permanece unida”, entonces ésta, la gran familia norteamericana, la tiene bastante cruda. 

En el vestíbulo de la casa de Robert King, vecino y nativo de estas comarcas, conductor de Uber, hay una imagen de Cristo negro. Según Robert, son los hombres los que inventan a Dios a su imagen y semejanza, y no lo contrario como supone el dogma. Llevo días charlando con Robert. Quizás hubiera un documental allí donde aún no puedo encontrarlo. Inevitablemente la charla deriva en qué podría hacer -o dejar de hacer- un dios en tanto blanco o negro. Que le impidió al suyo actuar durante siglos en que sus antepasados fueron esclavizados. En estos casos la respuesta es siempre la misma, la culpa es de los hombres, el crédito se lo lleva Él. Es un juego en el que los ateos no podemos ganar ni una mano porque el mazo de naipes está servido. También hablamos del diablo porque, aunque sea difícil entender, son millones por estas y otras tierras, quienes aún creen en Belcebú. Con la vacuna sucede algo parecido.

Robert King from Eduardo Montes-Bradley on Vimeo.

Inmunidad y tonterías

Llevo más de un año observando riguroso acuartelamiento. Hubo momentos de franca paranoia en los que tanto lavé mis manos que temí fueran a desaparecer las huellas digitales. Hubo ritos para movilizarnos, para desembolsar compras del supermercado desinfectando hasta los pensamientos. Por entonces la Muerte acechaba. Estimo que muchas de estas reacciones pudieron haber estado alimentadas por la larga noche trumpista, la incertidumbre y el pesimismo.  El triunfo de la fórmula Biden-Harris representó una bocanada de aire fresco. 

A partir del cambio de gobierno se puso en marcha una importante campaña de vacunación. Paralelamente, amplios sectores de la masa troglodita se plantaron en franco desafío. Para ellos, adoratrices del Sol Naranja, la vacuna fue otra de las mentiras con la que los demócratas, idiotas útiles de la falange judeo-comunista liderada por Soros y sus camaradas, pretendían poner fin al derecho individual. En este sentido los republicanos me recordaban a los piqueteros de Gualeguaychú enfrentándose a la demoníaca papelera finlandesa en la orilla opuesta del río Uruguay. La estupidez es universal. 

Mientras la clase profesional, urbana e ilustrada sacaba turno para vacunarse; la clase rural, religiosa y fanatizada hacia caso omiso pavoneándose sin máscaras, con un faso en los labios y una lata de Coca-Diet entre los garfios. De modo que en mi pueblo no había turno hasta mediados de junio, mientras en las afueras, en centros rurales fronterizos con West Virginia y Tenessee, sobraban dosis. Y así fue como un buen día me aventuré en territorio enemigo para someterme al pinchazo salvador. 

Con un poco de suerte en dos semanas se termina el confinamiento y regreso al ruedo, vuelvo a circular en las carreteras, por las venas abiertas de esta nación que todavía cree en dios. Tal vez incluso, el próximo 9 de julio, me encuentre soplando velitas en algún motel de morondanga, dándole las gracias al troglodita que no quiso vacunarse porque a las vacunas, como se sabe las carga el diablo y las descargan los socialistas.

 

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