La otra cara de la ropa barata: “Estamos pagando la basura de otros países”
“Si sigue entrando ropa usada, es posible que Argentina se convierta en el nuevo basural textil del mundo”, alertó Priscila Mukari, de la Fundación Pro Tejer que, junto a Change.org –una corporación de beneficio público– impulsaron esta semana una petición para pedir a la Secretaría de Industria y Comercio que prohíba la importación y retome los criterios ambientales y sanitarios en la política comercial.
La importación de ropa usada creció de forma explosiva en Argentina durante el último año y pasó de ser un fenómeno marginal a representar cerca del 12% de las importaciones de indumentaria que ingresan al país. Según datos relevados por la Fundación Pro Tejer, en 2025 ingresaron alrededor de 4,6 millones de kilos de ropa usada, mientras que en 2024 el volumen había sido de apenas 24.000 kilos.
“El salto fue enorme”, explicó Makari, economista de la fundación. El incremento exponencial no se explica únicamente por la habilitación de las importaciones –que rige desde 2022–, sino, sobre todo, por la fuerte caída del poder adquisitivo, que empuja a cada vez más consumidores a buscar alternativas más baratas. Sin embargo, muy pocos saben que la mayoría de esas prendas provienen directamente de la basura.
Un circuito global de descarte
El crecimiento de estas importaciones se vincula con el modelo internacional del ultra fast fashion, un sistema de producción acelerada que fabrica grandes volúmenes de ropa a bajo costo y de corta vida útil. La mayoría de esas prendas se producen en Asia, se venden en mercados desarrollados y, tras poco tiempo de uso, ingresan en circuitos de descarte masivo.
“Los países que consumen fast fashion generan excedentes que no saben cómo gestionar. Gran parte de esa ropa es de fibras sintéticas o poliéster, materiales difíciles de reciclar. Entonces terminan exportándola hacia otros territorios”, explicó Makari.
Durante años Chile permitió el ingreso de esos cargamentos, lo que derivó en la acumulación de millones de prendas en el desierto de Atacama, considerado hoy el mayor basural textil de América Latina.
Según estimaciones del sector, entre el 81% y el 84% de la ropa usada que llega a Argentina ingresa por la aduana de Jujuy y proviene principalmente de Chile, en muchos casos tras haber permanecido años en ese circuito de descarte.
Fardos de ropa y un mercado informal
Las prendas llegan al país en fardos de entre 20 y 70 kilos. Una vez abiertos, solo una parte logra comercializarse. “Una proporción importante directamente se descarta porque la ropa está rota, manchada o deteriorada”, explicó Makari. “Muchas prendas estuvieron expuestas durante años al sol, a la arena o a la humedad”.
Lo que se encuentra en mejor estado suele terminar en ferias o circuitos informales de venta, a través de una cadena de intermediación que todavía no está completamente identificada.
Un importador mayorista que comercializa este tipo de mercadería explicó que los fardos se venden desde 100 hasta 500 dólares, según la calidad. Sin embargo, reconoció que crecen las quejas de compradores: “Muchos clientes dicen que están trayendo basura al país”.
Riesgos sanitarios y químicos
Además de las dudas sobre la calidad de las prendas, especialistas del sector químico advierten sobre posibles riesgos para la salud. “No existe información clara sobre los productos químicos utilizados en esas prendas”, explicó Carlos del Santo, integrante de la Cámara Argentina de Representantes de Colorantes.
Según indicó, entre las sustancias que pueden encontrarse en textiles importados figuran formaldehídos, ftalatos o metales pesados, compuestos que en algunos casos pueden provocar irritaciones o reacciones cutáneas. “Aunque las prendas presenten certificados de desinfección, esos químicos no se eliminan con un lavado, porque muchas veces están incorporados en la fibra o en los estampados”, señaló.
Hasta ahora no existen registros sistemáticos de afecciones vinculadas a estas prendas, en parte porque el fenómeno es reciente y difícil de rastrear.
Un problema ambiental en expansión
El impacto ambiental también forma parte del debate. Gran parte de las prendas descartadas están hechas de fibras sintéticas, que pueden tardar décadas en degradarse. Si se acumulan en basurales, contaminan suelo y agua. Si se incineran, liberan gases tóxicos.
El caso del desierto de Atacama funciona como antecedente regional. Allí se acumulan montañas de ropa descartada provenientes del comercio global, en un proceso que llevó incluso a la intervención de la justicia chilena.
El Primer Tribunal Ambiental de Antofagasta ordenó al Estado chileno elaborar un plan de reparación ambiental de diez años para retirar los residuos textiles y restaurar los suelos afectados.
Organizaciones científicas como la Scientific Plastic Pollution Alliance of Chile (SPLACH) advirtieron que la quema de prendas sintéticas combinada con plásticos genera compuestos químicos altamente contaminantes.
Impacto en la industria y en la economía circular
El aumento de estas importaciones también genera preocupación en la industria textil local. Las cámaras empresariales señalan que las prendas usadas llegan al país a precios extremadamente bajos –alrededor de 1,2 dólares por kilo–, muy por debajo del costo de producción de la indumentaria nueva.
Para los fabricantes locales, esto configura una competencia desleal, ya que la industria argentina debe cumplir normas laborales y ambientales más estrictas.
Pero el impacto también alcanza a emprendimientos vinculados con la moda circular. “Como marca circular real, esto nos está destrozando”, explicó María, dueña del emprendimiento María Moda Circular. “Durante cinco años construimos un negocio familiar basado en reutilizar ropa local. Hoy estamos pensando cuánto tiempo más podremos resistir sosteniendo nuestros valores o si vamos a tener que sumarnos a algo que no nos representa”.
“Todas las semanas nos llegan propuestas de importadores y ya hemos recorrido varios puntos. Hay galpones llenos de estos fardos en todo el país. No hay mercado para la cantidad de ropa que entró”, indicó.
Según relató, gran parte de las prendas presentan estampas deterioradas, telas sintéticas o manchas, lo que dificulta su reutilización. “Estamos pagando a otros países lo que es su basura”, afirmó.
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