Si pudieran esclavizarnos, ¿lo harían?

Alejandro Jasinski

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A 50 años del golpe de 1976, la reforma laboral en debate abre un tercer ciclo de disciplinamiento obrero. De las masacres en democracia al terrorismo de Estado, de la dictadura a la flexibilización, la precarización y el posfascismo: ¿y si pudieran?

Escena 1: Un joven libertario que trabaja en un estudio que administra su padre difunde un video por Tik-Tok, en el que dice: “¡No hay nada más sano para una empresa que echar a un empleado! Si vos laburás para el orto, te echo. Y sabés cómo se ponen los otros nueve… aumentan la producción porque están cagados de miedo. Laburan de 7 a 21.”

Escena 2: Otro joven libertario, influencer, graba una cámara oculta en un shopping. Habla al teléfono, mientras baja una escalera mecánica. Grita a la nuca de un trabajador de plataforma de delivery: “Amigo, como estas boludo, me ofrecieron un trabajo de repartidor, pero eso es para pobres, a mí no me va”. 

Escena 3: Un magnate blanco y rubio, de tipo brabucón, ordena a las fuerzas armadas de su país, en una operación de alto riesgo militar, secuestrar al presidente de otro país, porque quiere su petróleo, así dice. Puede hacerlo porque es el presidente de la que sigue siendo la gran potencia económica y militar del mundo. Luego, amenaza a Europa con tomar Groenlandia. 

Este es el comienzo de un guión ficcional, que imagina un mundo distópico, sobrecargado de crueldad y brutalidad organizada. Lo pensé así para no intentar explicar la realidad. Pero luego me di cuenta que perdí el criterio: No había ficción. Todo ocurrió en enero de 2026. 

Pero me esfuerzo. Pienso que la historia sigue con una fuerza de seguridad con capacidad global de operación, que en cada país persigue y deporta migrantes y dispara sobre manifestantes que protestan. Trabajan con los datos que las empresas de redes sociales les comparten. Como son una gran corporación de la violencia, se dedican, además, a incendiar bosques y a desplazar a familias agricultoras e indígenas. Les envenenan los ríos, para forzarlos a irse. 

En su sitio web, esta compañía se presenta como una corporación de soluciones logísticas para conexiones de outsourcing (tercerización). Recientemente, ha incluido en su plataforma electrónica de usos comerciales y financieros la oferta de esclavos. Cuestan 10 mil dólares cada uno, servicio puerta a puerta, y aseguran que, según un informe reciente de la Organización Internacional del Trabajo, pueden dejar una ganancia promedio de 15 mil dólares anuales. El informe se puede descargar gratis de la web y la compra puede hacerse financiada.

Han recibido numerosas denuncias por abusos. En una conferencia de prensa brindada de manera conjunta por sus abogados, community managers y funcionarios del gobierno local, alegan que, si hay un delito, ellos no son parte. Son simplemente intermediarios. Agregan que, de todas formas, la crueldad no está penada y que la mención a la esclavitud es alegórica. En realidad, venden los derechos de uso, ceden los contratos de locación de servicios que han consentido de palabra los trabajadores. 

Cuando un periodista interrumpe, para preguntar por 21 trabajadores santiagueños que fueron rescatados de una finca de olivos de La Rioja donde se encontraban esclavizados, otro reportero lo increpa: ¿qué sos, Estado-melancólico vos? Los abogados, en cambio, responden: Es un problema de los contratistas, las aceitunas son muy ricas y se exportan, la ley laboral se cumple, con todas sus últimas reformas, mientras siga existiendo, seguimos trabajando en eso… eso de que siga existiendo, porque necesitamos todavía mayor libertad y previsibilidad. 

Otro periodista les pregunta, a los gritos, si no les da vergüenza regresar a los tiempos del esclavismo, ellos responden: la esclavitud legal no se terminó alguna vez por razones morales. Lo que importa –agregan- es que cada uno se sienta libre de comprar y vender lo que les dé la gana, así se termina el curro del sindicato y los derechos para pocos.

Hasta aquí llega una parte de la ficción. Otra se desarrolla en un barrio color tierra, con casas armadas con containers vendidos por una empresa perteneciente al Ministro de Economía, conocido por hacer negocios con criptomonedas. En algunas fracciones del barrio viven venezolanos. En otras, argentinos. También está la cuadra de los nativos de otro tiempo. No hay espacios para cultivar huertos. Tampoco para armar una canchita. Los containers están todos muy encimados. La mayoría se dedica a rolear el celular y apostar, mientras esperan que alguna app les exija algún mandado. Hay otra cuadra, la última en formarse, que recibió el nombre de “república libre de los orcos”. 

El barrio tiene una plaza central, un cuadrado de cemento de cien metros por lado. En una de las esquinas, un viejo se pasa el día y la noche con un cartel colgado del cuello, que dice: “Memoria, hijos de puta”. Cada hora, agarra una bicicleta desvencijada que tiene y, megáfono en mano, recorre las callejuelas y grita: primer ciclo, 100 años atrás, plena democracia, nos cagaron a tiros, nos tiraron en fosas comunes y enterraron los derechos ganados, segundo ciclo, hace 50 años, dictadura, nos fueron a buscar a las fábricas y nos desaparecieron junto con los derechos ganados, y ahora, pelotudos, ustedes los votan, acá tienen su libertad. Termina y vuelve en loop.

A este viejo, se le acerca siempre un pibe curioso, pero callado. Sólo lo escucha. Pero un día, en voz muy baja, le pregunta: ¿todo eso es verdad?, mi primo dice que eran comunistas que fusilaban a los gay y vivían del Estado porque no querían laburar. El viejo busca en su bolsillo y saca dos píldoras, una azul y una roja. Cuando el pibe se pone a tiro para agarrar una, el viejo se las manda a la boca. ¿Qué creés?, le pregunta, si pudieran esclavizarnos, ¿lo harían? 

En ese momento, una grúa móvil hace temblar el barrio. Mucha gente se acerca para ver qué pasa. Con gran destreza, un operario con bata dorada gira las manivelas en la cabina. Parece una vedette. Al instante, el brazo maquínico deposita en medio de la plaza un cartel gigante: Barrio Libertad, Buenos Aires, MAGA-Seccional Argentina. El pibe busca al viejo, que le devuelve una mirada brusca, pero compasiva. El pesado de la memoria abre la boca y escupe las pastillas sobre su mano. Se las exhibe otra vez al pibe y le dice: el color no es el problema, ¿capisce?

Hasta acá llegué. No me imagino cómo seguiría la ficción, pero creo que abajo del título pondría algo similar a la frase con la que comienza cada capítulo de la serie Fargo: Esta es una historia. No podemos distinguir si es verdadera o falsa. Algunos esclavos ocurrieron exactamente como se describen. Otros podrían ocurrir hoy mismo o mañana, y no nos dimos cuenta. Los colores de las víctimas son tan reales como las historias del viejo memoria. 

*El autor es doctor en historia y periodista.

MC