La historia de los diez años de marchas por San Cayetano de Liniers a Plaza de Mayo
Corría el 2016, gobernaba Mauricio Macri, cuando en reuniones de organizaciones sociales y misioneros del papa Francisco comenzó a discutirse la búsqueda de una fecha para expresar su “religiosidad popular”. Alguien propuso el 7 de agosto: ir desde San Cayetano hasta Plaza de Mayo a reclamar lo que más tarde sería el salario social complementario. No fue una decisión sencilla. Durante tres meses, dirigentes de distintas tradiciones discutieron si una jornada religiosa podía convocar también a evangélicos y a agnósticos. Incluso sectores más identificados con la izquierda dudaban de mezclar la figura del santo del pan y el trabajo con una agenda de reivindicación popular. Encima, ese año el 7 de agosto caía domingo, un día difícil para movilizar. Pero decidieron hacerlo igual.
El domingo 7 de agosto de 2016, tres organizaciones —la CCC, Barrios de Pie y la entonces Confederación de Trabajadores de la Economía Popular— confluyeron en una primera peregrinación por San Cayetano que unió Liniers con Plaza de Mayo. Había reminicencias a la marcha de Saúl Ubaldini de 1981 bajo la consigna “paz, pan y trabajo” y que fue reprimida por la dictadura. “Entendíamos que teníamos que ser parte de ese hilo histórico de luchas que vienen desde los anarquistas, socialistas y comunistas de principios del siglo pasado, pasando por Huerta Grande, la CGT de los argentinos, la resistencia del movimiento obrero durante la dictadura, la muerte de Kosteki y Santillán, entre otras muertes”, dice a elDiarioAR Esteban “Gringo” Castro, entonces unos de los organizadores de la primera peregrinación. “Teníamos que proponer la continuidad de ese hilo histórico de luchas populares que siempre son cosas que se van poniendo bajo la alfombra”.
Gildo Onorato, hoy referente de la UTEP y en ese entonces secretario gremial de la CTEP, se ocupó de la logística: “Me tocó estar en la cocina”, resume, en referencia al trabajo invisible de organizar postas, sonido y seguridad. Hubo tres paradas en el recorrido —Plaza Flores, Plaza Miserere y el puente Rivadavia— antes de que las columnas, con la imagen de San Cayetano a cuestas y la bendición de los párrocos, terminaran de unificarse frente a la Casa Rosada. Calculan que llegaron a ser 80 mil personas. Fue, según Onorato, “la primera manifestación del siglo XXI de dimensiones” en unificar la religiosidad popular con la lucha social, en medio del reclamo contra el ajuste y la represión del gobierno de Macri.
Lo que siguió fue veloz. A los pocos días, toda la oposición al macrismo llamó a los movimientos a discutir la Ley de Emergencia Social en el Salón Azul del Senado. “Fue un antes y un después”, dice Castro sobre el vínculo que se abrió entonces con la política y con las organizaciones sociales. Tres meses después, el 18 de noviembre de 2016, una nueva movilización —esta vez con la CGT, las dos CTA y los movimientos populares compartiendo el escenario— reunió a más de 200 mil personas frente al Congreso. Días más tarde, la Ley de Emergencia Social se aprobó casi por unanimidad. Nacía el salario social complementario y se constituía el Consejo de la Economía Popular.
La marcha también encontró eco en la Iglesia. A instancias de Jorge Lugones, titular de la Pastoral Social, y de Oscar Ojea, entonces obispo de San Isidro y presidente de la Conferencia Episcopal, se armó la Mesa de Encuentro por el Trabajo y la Dignidad, que sentó en la misma mesa a movimientos sociales, gremios, pymes, mutuales, cooperativas y sectores de la UIA. Fue, recuerda Onorato, el correlato local de los encuentros mundiales de movimientos populares que el Papa había convocado en Roma, Bolivia y el Vaticano.
Los años siguientes no bajaron la intensidad: en 2017 se sancionó la ley de registro de barrios populares (Renabap) y, según el propio Onorato, hubo más de 286 movilizaciones nacionales durante el gobierno de Macri. En 2018, en plena discusión por la legalización del aborto, algunos dudaban de sostener la marcha a San Cayetano. La duda se disolvió en la calle: hoy, dice Onorato, se puede ver a compañeras con el pañuelo verde caminando junto a las imágenes religiosas, prueba de que los símbolos también se construyen colectivamente.
Diez años después, la escena cambió de signo. “Hoy está agotado el díalogo, no hay prácticamente conversación con el gobierno”, describe Onorato sobre el vínculo con la administración libertaria. El salario social complementario, que supo tener movilidad atada al salario mínimo, quedó congelado bajo un nuevo nombre y el propio Gobierno lo recortó desde agosto. Con el 45% de los trabajadores argentinos en condiciones de precariedad laboral, según cifras que maneja la UTEP, este viernes la peregrinación volverá a salir de Liniers hacia Plaza de Mayo, ahora acompañada por la CGT y las dos CTA. La UTEP abrirá el escenario a distintas fuerzas sociales que hablarán bajo la misma consigna de hace una década —techo, tierra y trabajo— frente a un gobierno que, coinciden sus organizadores, ya dejó de escuchar a los sectores populares.
MC
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