LECTURAS
La nueva Meca del Oeste
A principios de abril de 2024, el himno de los Estados Unidos suena dos veces en territorio argentino. Ambas veces, interpretado por la orquesta de las Fuerzas Armadas: primero en un aeródromo y luego en una base naval en Ushuaia, Tierra del Fuego. El motivo es la visita de la entonces jefa del Comando Sur de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos, Laura Richardson. La acompaña el presidente Milei, quien anuncia el plan de construir, en conjunto con EE.UU., una base naval en Tierra del Fuego. Y aprovecha la oportunidad para anunciar una “nueva doctrina de política exterior para la Argentina”.
Las “alianzas estratégicas”, explica el presidente durante la visita de la general, “no pueden estar simplemente basadas en intereses comerciales. Tienen que estar ancladas en una visión común del mundo”. Y sigue: “Argentina y Estados Unidos son naciones fundadas al calor de las mismas ideas... esto nos hace compartir un ADN cultural común. Una tradición que tiene en sus bases las ideas de la libertad, la defensa de la vida y la propiedad privada. Nuestra alianza con los Estados Unidos es una declaración de Argentina para el mundo”.
En campaña, Milei había dejado claro cómo sería la política exterior en su presidencia. Con “comunistas” como los que gobiernan China, no haría negocios, exclamó altisonante. Además, iba a anular de inmediato la adhesión al bloque de países BRICS, acordada por el gobierno anterior. Cumplió su palabra.
Además de los Estados Unidos, Milei señala a Israel como el “socio natural” de Argentina. Sus primeros viajes al exterior lo llevaron, además de al Foro Económico Mundial en Davos, a esos dos países. Milei apoya incondicionalmente al primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, y a su gobierno ultraderechista. Anunció la intención de trasladar la embajada argentina de Tel Aviv a Jerusalén, una acción que viola el derecho internacional. En 2024, cuando Argentina condenó el bloqueo de Estados Unidos contra Cuba en la Asamblea General de la ONU, siguiendo su postura histórica, y votó en contra junto con casi todos los países, menos Estados Unidos e Israel, la canciller, Diana Mondino, fue echada esa misma noche.
Las posturas y medidas en política exterior de orientación ciegamente alineada con Occidente de la gestión argentina están guiadas por la ideología y a menudo van en contra de intereses económicos y de seguridad. Ante la Global Conference del neolioberal Instituto Milken en Los Ángeles, Milei argumentó en mayo de 2024 que la supuesta superioridad de Occidente, se basaba en que allí nació el capitalismo. En su discurso, llegó a la absurda afirmación, que Argentina podría convertirse en “el nuevo Meca de Occidente”.
El cambio de rumbo que le dio Milei a la política exterior de la Argentina debe entenderse en el marco de las crecientes tensiones geopolíticas entre Estados Unidos y la República Popular China. Éstas se intensificaron con la llegada de Donald Trump a su segunda presidencia a principios de 2025. América Latina se ha convertido en uno de los escenarios centrales del conflicto por influencia y relaciones comerciales. Eso lo confirma la “Estrategia Nacional de Seguridad” de la Casa Blanca publicada a fines de 2025. El documento dice: “Tras años de negligencia, Estados Unidos volverá a reivindicar y aplicar la Doctrina Monroe para restablecer su supremacía en el hemisferio occidental.” La estrategia de seguridad está dirigida contra adversarios internacionales, a quienes se busca mantener alejados de la región. En ese sentido, la frase “todos los países deberían decidir si quieren vivir en un mundo soberano y con economías libres liderado por Estados Unidos, o en un mundo paralelo” hay que leerla como una amenaza.
Trump dejó en claro que no se trata de una amenaza vacía. En la noche del 3 de enero de 2026, fuerzas especiales estadounidenses atacaron Venezuela y, en una operación ilegal, secuestraron al presidente Nicolás Maduro y a su esposa, Cilia Flores. El objetivo fue, por un lado, demostrar poder en la región y, por otro, acceder a las vastas riquezas del país, incluidas las mayores reservas de petróleo comprobadas del mundo, además de desplazar a competidores internacionales como China y Rusia. Milei no tardó en ponerse del lado de Trump.
El historiador y experto en relaciones entre América Latina y Estados Unidos, Leandro Morgenfeld, atribuye la reformulación de la estrategia estadounidense a que “Estados Unidos entendió que no va a recuperar fácilmente su hegemonía global que ejercía a principios de la era posterior a la Guerra Fría.” Trump concluyó que “en algunas regiones del mundo, hay que negociar con otras potencias sobre las respectivas esferas de influencia”, mientras que “el reclamo de dominio exclusivo de Washington, con su política expansionista y agresiva en América Latina,” se mantiene.
Hoy, China es el principal adversario estratégico. La República Popular ha ampliado significativamente su influencia en América Latina en las últimas décadas, especialmente en inversiones directas y en el volumen de comercio. El objetivo de Washington es, por un lado, asegurar mercados para sus productos y, por otro, acceder a recursos estratégicos como cobre, litio y minerales raros. En julio de 2025, el entonces candidato a embajador en Buenos Aires, Peter Lamelas, afirmó que trabajaría para que “los recursos naturales de Argentina, su energía y minerales críticos, beneficien a ambas naciones.” Su tarea sería frenar la “influenza maligna de potencias enemigas en la región,” incluyendo a China.
La estrategia de seguridad de los EE.UU. afirma que estos recursos deberían ser explotados “junto con aliados regionales”: “Gobiernos, partidos políticos y movimientos que en gran medida coinciden con nuestros principios y nuestra estrategia”, deben de ser “premiados y alentados”. Sin duda, la administración de Milei forma parte de estos. Para asegurar su permanencia en el poder, la administración de Trump prometió ayudas por miles de millones de dólares a Milei antes de las elecciones de medio término en octubre de 2025. En una entrevista televisiva, el ministro de hacienda de EE.UU., Scott Bessent, explicó en ese momento que Washington apoyaba a Milei porque su gobierno estaba decidido a “expulsar a China de la Argentina”.
Antes de que Milei asumiera, la República Popular era el segundo socio comercial más importante de Argentina después de Brasil; en septiembre de 2025, China tomó el primer lugar. Esto se debe principalmente a la reducción de barreras comerciales bajo el gobierno ultraliberal; el déficit comercial argentino con China está subiendo. Desde un punto de vista económico, el apoyo de Trump a Milei resulta contradictorio. La relación comercial entre ambos países es sumamente asimétrica. Además, las economías de los dos países no son realmente complementarias. Ambos exportan productos similares como soja o petróleo, y por lo tanto compiten entre sí.
El apoyo de EE.UU. debe entenderse principalmente en clave política. Morgenfeld señala que “la Argentina es el único de los cinco países más grandes de América Latina en términos de PIB cuyo gobierno está completamente alineado con EE.UU.”. Dice: “Milei frena y socava los intentos de otros países latinoamericanos de coordinarse entre sí. Actúa como si operara bajo órdenes directas de Trump.” Mientras se busca debilitar a los gobiernos progresistas o al menos soberanos de la región, en América Latina se está formando un eje de países gobernados por la derecha.
Este eje se está fortaleciendo: en 2025, la derecha ganó elecciones importantes, a veces gracias a la intervención del gobierno de EE.UU. en la campaña. En Bolivia, el neoliberal Rodrigo Paz sucedió al Movimiento al Socialismo (MAS) de izquierda; en Honduras, el favorito de Trump, Nasry Asfura, ganó en medio de acusaciones de manipulación. En Chile, desde 2026, gobierna José Antonio Kast, simpatizante de Pinochet. Además, EE.UU. espera recuperar con Colombia y Brasil dos países más de la izquierda en 2026. Milei ha declarado que su objetivo es liderar un “bloque regional contra el cáncer socialista” con los gobiernos de derecha en América Latina.
El interés de Washington también es estratégico-militar. No solo exigen acceso privilegiado a recursos estratégicos, sino que también buscan desplazar a China en áreas tecnológicas, como la expansión de la red 5G. La administración en Buenos Aires está siendo presionada para abandonar colaboraciones científicas, como la estación espacial en Neuquén, en conjunto con China, o el radiotelescopio en San Juan. La construcción de una cuarta central nuclear, financiada en parte por China, ya fue detenida. Es posible que EE.UU. termine siendo accionista del sector nuclear argentino tras la privatización de Nucleoeléctrica Argentina.
“Además, es central la creciente presencia militar de EE.UU. en la región”, afirma Morgenfeld. Milei canceló las conversaciones iniciadas por el gobierno anterior con China sobre la compra de aviones de combate JF-17 y decidió comprar en Dinamarca aviones F-16, modelos más antiguos y a un precio mayor. En abril de 2024, Argentina solicitó ser socio global de la OTAN. En octubre del año siguiente, Milei autorizó por decreto la participación del ejército estadounidense en ejercicios militares en el país. Argentina resulta de gran interés por su acceso directo a la Antártida. La base militar conjunta en Ushuaia permitiría controlar el estratégico paso del Canal Beagle.