Justicia y poder Análisis sobre la figura del exjuez federal

Oyarbide, el perfecto culpable de Comodoro Py

Norberto Oyarbide era un hombre de costumbre. Solía llegar al edificio de Comodoro Py 2002 a media mañana, escoltado por gendarmes de traje y corbata. Uno de sus custodios cargaba siempre su clásico bolso Louis Vuitton. Rutina y show, para romper con la monotonía de los tribunales federales de Retiro. Un ritual que despertaba las miradas burlonas de algunos jueces, fiscales y abogados, y el pudor de otros. 

Su histórica secretaria, Anita, lo esperaba en el ingreso a su despacho, en el piso tres. En el pasillo, solían acumularse visitantes que aguardaban la llegada del juez, como en una sala de espera. Abogados, emisarios, solicitadores de favores y misericordia, y hasta un grupo de inmigrantes africanos hicieron guardia en la puerta de su juzgado para obtener algo del juez o al menos ser escuchados. Luego, partía para almorzar en el restaurante de turno, de Recoleta a Puerto Madero.

Cada vez que ingresaba al edificio, Oyarbide se encargaba de ser el centro de atención, a pesar del rechazo sotto voce que causaba en muchos de sus colegas. El desprecio nunca fue abierto. Los saludos eran cordiales y afectuosos, y las invitaciones de Oyarbide a sus cumpleaños, atendidas. 

Su entrada al edificio tenía la misma impronta que sus fallos más polémicos, desde el sobreseimiento exprés a los Kirchner por supuesto enriquecimiento ilícito hasta la conveniente avanzada contra Mauricio Macri en el caso de las escuchas ilegales. 

Para un sector de Comodoro Py fue el peor ejemplo y para otro, la vergüenza más conveniente, la encarnación de todos los males de la Justicia concentrados en un único y evidente hombre: la connivencia con el poder político; la presunta corrupción judicial; la opulencia injustificable; decenas de pedidos de juicio político saldados por la política; la ruptura entre el Poder Judicial y la sociedad. 

Oyarbide siempre negó haber cometido delitos y fallos arbitrarios. En 2016, el gobierno de Macri le dio la opción de retirarse, conservar sus custodios y su jubilación privilegiada, y evitar el juicio político y la destitución. El juez aceptó la oferta y se salvó. Lo más cerca que había estado de perder su cargo había sido el 11 de septiembre de 2001. Mientras el mundo entero observaba caer las Torres Gemelas en Nueva York, el Partido Justicialista (PJ) lo absolvió del único juicio político que prosperó en su contra.

ED