Mileismo sin Milei

La planta de los votos, los llamados de gobernadores peronistas y la pelea con Karina: Patricia Bullrich arma su plan

Yo creo que la próxima presidenta va a ser mujer y de centro derecha. Sabés de quién hablo. Los gobernadores están hablando todos con ella. Y nosotros hicimos buenas migas”, desliza, críptico, un hombre de mucha confianza del gobernador de Catamarca, el peronista Raúl Jalil. Y agrega, como para que no queden dudas: “Patricia es una máquina de trabajar. Es una mujer a la que le interesa construir poder. Y nosotros desde Néstor que no tenemos a alguien que le interese construir poder”. 

Raúl Jalil no es el único gobernador peronista que se reunió con Patricia Bullrich en el último mes. La senadora libertaria, que comenzó un proceso autonomista que ni ella sabe cómo terminará, mantiene un vínculo aceitado con varios mandatarios. Los gobernadores del Norte conversan todos con ella. El neuquino Rolando Figueroa ya le ofreció ayudarla a hacer campaña el año que viene si se decidiera a lanzarse como candidata a presidenta. Los gobernadores se le acercan, le manifiestan su preocupación sobre el rumbo del gobierno de Javier Milei, la tantean.

Algunos le ofrecen estructura. Se muestran dispuestos: un coro de jefes provinciales agotados por la asfixia financiera, la caída de la recaudación, los recortes en la obra pública y, en general, el carácter impredecible de Milei. Perciben el deterioro social y advierten que Milei, en estas condiciones, no puede reelegir. Pero se muestran escépticos frente a una fórmula peronista neokirchnerista con Axel Kicillof a la cabeza. “Axel es un gran dirigente pero que si se enfrenta a Milei es el único que puede perder un ballotage. Porque es un kirchnerista puro, y nada que huela a pasado puede ganar. Es otra época”, analiza un dirigente peronista del interior, veterano de muchas elecciones. 

Los gobernadores buscan su supervivencia política, y apuestan a impulsar candidatos de centro que puedan ponerle fin a la pesadilla fiscalista de Milei. Algunos fantasean con un caudillo de centro que venga a salvarlos de la hegemonía kirchnerista –un elije-tu-propia-aventura entre Sergio Uñac, Sergio Massa y Gerardo Zamora–, otros apuestan a candidatos de derecha que sean más amigables con el sistema político que Milei. Ahí aparece Bullrich, quien supo hacer “buenas migas” con los senadores y gobernadores peronistas al minuto uno que desembarcó en el Senado. 

Es el discurso del círculo rojo. Los gobernadores tienen, como los empresarios, sus propias terminologías para hablar de “sostenibilidad política”. El establishment económico también comenzó a sondear a Bullrich, que conserva su capital político pese al derrumbe de la imagen del Gobierno. Le hacen saber que ella era su Plan A en 2023 y que puede volver a serlo. Un empresario, incluso, llamó por teléfono a un integrante de su equipo y le dijo: “Acá tenés los 30 (millones) para empezar la campaña”. 

Regar la planta

Bullrich los escucha, se deja convencer y después cambia de opinión. No quiere apurarse, todavía cree que Milei puede reelegir y, cuando le preguntan, ella asegura que ese es su único objetivo. “El círculo rojo ve que esto tambalea y la va a buscar. Pero ella sabe que es temprano, no se va a matar antes de tiempo”, advierte uno de los colaboradores más estrechos de la ex ministra de Seguridad. 

Hay tres escenarios posibles. Uno, el oficial, es la Jefatura de Gobierno porteño. No es ningún secreto que Karina Milei quiere barrer al PRO de la Ciudad de Buenos Aires y que, tras la caída en desgracia de Manuel Adorni, Bullrich es su mejor opción. Es la opción lógica: nadie mide más que la ex ministra en la Ciudad, y su candidatura firmaría el acta de defunción del macrismo en CABA (y muy probablemente en el país). 

Bullrich ya se mueve como candidata a jefa de Gobierno. Tiene un reducido equipo de comunicación que la ayuda a producir videos y contenido en sus redes sociales. Chicanea a Jorge Macri comparando la red de subtes con la de Chile y se saca fotos recorriendo Lugano con Pilar Ramírez, mano derecha de Karina en la Ciudad. Pero es un cargo que no termina de convencer a nadie. Ni a Bullrich ni a la hermana presidencial. 

Karina desconfía y sospecha que Bullrich, el día que asuma como jefa de Gobierno y empiece a construir poder territorial en CABA, dejará de ser una pieza del armado libertario. Una desconfianza válida si se tiene en cuenta el prontuario político de la ex ministra de Milei, Macri y De la Rúa. Bullrich tampoco lo esconde: un cargo en la Ciudad solo le resultaría atractivo si funciona como paso para construir una candidatura nacional. No le interesa encargarse de la gestión diaria municipal, por más que cuente con el segundo presupuesto más grande del país. 

Se le suma, además, que Karina no desconoce que el mensaje contra Adorni para que presente la declaración jurada fue un tiro por elevación a ella. Fue una muestra de autonomía frente a un Gobierno que no admite librepensadores y que mide el valor de cada dirigente en base a la lealtad férrea al Presidente. En ese ecosistema, el desafío de Bullrich detonó una crisis inédita. Por su autonomía, pero también por su carácter anticipatorio: si Bullrich buscaba diferenciarse del Gobierno en el caso Adorni era porque creía que había empezado el derrumbe. 

El segundo escenario posible es la vicepresidencia, un cargo que a Bullrich seduce más y que considera que está más a la altura de su carrera política. La ex ministra tiene todo para aportar a una fórmula libertaria –agenda propia, autonomía y caudal de votos–, excepto una cosa: confianza. Si Karina no confía lo suficiente en Bullrich como para dejarle las llaves de la Ciudad, mucho menos le ofrecerá un cargo cuya razón de ser es esperar a que el presidente caiga. Mucho menos con el antecedente de Victoria Villarruel

El tercer escenario es el que Bullrich nunca nombra, pero que la rodea en una espiral cada vez más insistente. El trono prometido, que hubiera sido suyo en 2023 si no fuera porque un sector del peronismo ayudó a construir la candidatura de Milei para romperle su base electoral. La presidencia de la Nación. “Reagan tenía 69 años cuando asumió como presidente. Trump tenía 78”, señala, risueña, cuando le preguntan si tiene planeado jubilarse en algún momento. Cumple 70 años en un mes. 

A más de un año de las elecciones presidenciales, en el bullrichismo coquetean con la idea basándose en un escenario hipotético tan improbable como prematuro: que sea Milei quien dé un paso al costado y le diga a Bullrich que tome su lugar. Si la promesa de Luis Caputo de un segundo semestre venturoso se desinfla, si la economía no repunta y el malestar social continúa apalancándose en la novela patrimonial del círculo chico de los hermanos Milei, Bullrich podría aparecer como la salvadora del modelo. El mileísmo sin Milei que recalienta las fantasías del círculo rojo y, por qué no, de la propia Bullrich. Todo a cambio de garantizar protección judicial a los hermanos Milei.  

Hay varias cartas sobre la mesa, y Bullrich no se decide a elegir una. No todavía. “No soy un mueble del Congreso”, le advirtió a Karina cuando le recriminaron el video que publicó capitalizando la sanción de la reforma laboral, poco después de su aprobación en el Senado. Ella produce videos, provoca en entrevistas y participa en recorridas de campaña. Se diferencia del Gobierno cuando ve que afecta su perfil electoral, el voto “republicano”, y cuida, protege y nutre sus votos. 

“Un dirigente de La Cámpora me dijo una vez que Cristina se levantaba todos los días pensando cómo puede regar la planta de sus votos. Patricia es igual. Ella está regando sus votos”, grafica, poético, un dirigente bullrichista.

MCM/MG