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Un día despertó y ya no estaba. “Desapareció”, susurra con resignación, bañada por la luz de la mañana. “Mi olfato desapareció”. 

Los días pasan y, abrumada por miles de casos similares al suyo, Susan tira la toalla: “Pero la vida continúa. La comida se hace más picante, más salada, más dulce, más amarga. Te acostumbras. La mayor pérdida son todos los recuerdos que ya no son disparados por un olor. El olfato y la memoria están conectados en el cerebro. La canela podría haberte recordado al delantal de tu abuela. Sin olfato, un océano de imágenes pasadas desaparece”.

El testimonio de esta joven epidemióloga suena como el de varias personas cuyos cuerpos han sido íntimamente alterados por el coronavirus desde comienzos del año pasado. La única diferencia es que la nariz de Susan (en realidad, la actriz Eva Green) se apagó en 2011. Ocurrió en una escena de la película Perfect Sense. 

Mientras que Contagion -dirigida por Steven Soderbergh y curiosamente estrenada también hace 10 años- relata el avance imparable de una enfermedad infecciosa por el mundo con sorprendente similitud a nuestra actualidad pandémica, el film de David Mackenzie y protagonizado también por el actor Ewan McGregor aborda los estragos causados por un virus en nuestros sentidos y el tsunami emocional que invade luego del apagón sensorial.

Vistas a la distancia, estas películas parecen más un documental. Porque si hay algo que demostró la pandemia es que nuestra realidad terminó superando a la ficción. Despreciado durante siglos por filósofos, ignorado por científicos y usualmente menospreciado en el Panteón de los sentidos, el olfato fue reivindicado en este año de pandemia. Miles de personas tuvieron que perderlo para por fin valorarlo. La anosmia, es decir, la pérdida repentina de la capacidad de oler, expuso cuán importante es esta facultad en nuestra vida: cuando se apagan las narices, en cierto modo se apaga también el mundo. 

Se estima que alrededor del 77 % de las personas con covid pierden el sentido del olfato y el gusto. La mayoría lo recupera en dos o cuatro semanas. Pero no todos. A un número importante de personas -se cree un 10 %- les aguarda otra sorpresa. Una más, una incómoda secuela. En una prueba más de su poder destructivo, el coronavirus no solo roba los sentidos; también los deforma. 

Un mundo con olor a humo

A los historiadores futuros de la pandemia de Covid-19 con seguridad les llamará la atención cómo fue mutando la percepción social de esta enfermedad: de una neumonía en un rincón ignoto del mundo pasó a ser considerada por unos una simple gripe de solo dos semanas a una infección de lo más misteriosa que aun no comprendemos del todo. 

A comienzos de 2020 se conocían tres síntomas: fiebre, tos y dificultad para respirar. Pero a medida que aumentaban los casos, la lista no paró de crecer. Además de los que perdían el olfato, hubo quienes tenían náuseas o diarrea, arritmias o incluso ataques cardíacos. Muchos sufrían dolores de cabeza persistentes, coágulos de sangre, sarpullido y accidentes cerebrovasculares. Otros, sorprendentemente, no presentaban ningún síntoma.

En algunos casos, los síntomas no se iban. Persistían, más bien, durante meses. Así fue cómo se comenzó a hablar, primero por lo bajo y luego con mayor fuerza, de “long covid” o “covid prolongado”: personas que reportan sufrir una constelación síntomas durante largo tiempo, como  dificultad para respirar, palpitaciones del corazón, dolor de pecho, fatiga, confusión mental, insomnio, dolor en las articulaciones y molestas distorsiones olfativas.

“Me despertaba y todo olía igual: a quemado”, recuerda Julián. “Como el que sentís cuando entrás a una habitación en la que hace un rato estuvo alguien fumando y se fue. O cuando se te quema una tostada y volvés a la tarde a tu casa y aún está ahí. Al principio era lo único que percibía. Después empecé a oler otras cosas gradualmente pero con ese olor a quemado de fondo. Desde que perdí el olfato hasta que lo recuperé completamente pasó un mes y medio”.

Otras personas han informado ser constantemente asaltadas por olores fétidos como olor a pescado o a cloaca. Aromas antes deliciosos del ajo y cebolla cocidos de repente se volvieron intolerables. La carne huele a podrido y el café a nafta. 

“Un día vino mi amiga a casa, tiró desodorante de ambiente en mi baño -contó una joven en Twitter- y yo pensé que había algo prendiéndose fuego porque olía humo”.

Esta rara anomalía olfativa tiene varios nombre: “troposmia”, “disosmia” o “parosmia”, que debe distinguirse de otra curiosa distorsión llamada “fantosmia”, una alucinación olfativa que se da cuando se percibe un determinado olor sin ningún estímulo oloroso.

“Debido a que muy pocas personas antes de la pandemia de covid han reportado algo parecido a la parosmia, este trastorno olfativo no ha sido muy estudiado”, indica la investigadora Jane Parker de la Universidad de Reading en el Reino Unido. “Por eso no tenemos muchos datos históricos”.

La incomodidad de una buena noticia

El primer caso de parosmia reportado en la literatura médica es de 1966. “Enfermedades infecciosas, especialmente la gripe, pueden ser seguidas por largas parosmias”, escribió por entonces el médico danés Kaj Zilstorff, quien examinó a mujeres de entre 35 y 55 años, que nunca antes habían tenido molestias olfativas.

“Intentamos tratar a estas mujeres con varios métodos incluidas hormonas, vitaminas, sedantes y antiepilépticos -detalló-, pero descubrimos que solo el bloqueo de la región olfativa con cocaína mejoraba rápidamente y la parosmia cedía”.

En la actualidad, este tratamiento con cocaína ya no es muy aceptado. Los médicos suelen recetar antihistamínicos, corticosteroides administrados por vía nasal, Zinc, vitamina A y aerosol nasal de citrato de sodio. O recomiendan el llamado “entrenamiento olfativo”, es decir, oler diferentes aromas, como aceites esenciales -y olores agradables como eucalipto, limón y rosa- unas tres veces al día durante 10 a 15 segundos.

Lo sorprendente es que pese a la incomodidad, en realidad, esta distorsión olfativa es una buena señal: indica que el olfato se está recuperando. “Sugiere que las células nerviosas están haciendo nuevas conexiones y que estamos obteniendo una regeneración de ese tejido olfativo y volviendo a la normalidad”, indica Justin Turner, director médico del Centro de Olor y Sabor del Centro Médico de la Universidad de Vanderbilt.

La parosmia, así vista, es la etapa final de la destrucción interna causada por el virus. Se piensa que, una vez en el organismo, el coronavirus mata las neuronas olfativas que se utilizan para oler y que transportan señales desde los receptores en la nariz a las terminales del bulbo olfatorio en el cerebro. De ahí la anosmia o el silenciamiento olfativo. Pero a medida que estas células nerviosas se recuperan, vuelven a crecer y a conectarse con el cerebro. Aunque en ciertos casos, no lo hacen del todo bien. 

“En lugar de cablearse para que un limón huela a limón, las neuronas se desvían un poco y no se conectan de manera correcta”, dice la genetista Danielle Reed del Monell Chemical Senses Center en Filadelfia, Estados Unidos. “Entonces el cerebro está confundido acerca de cómo interpretar esa información”.

El otorrinolaringólogo Donald Leopold, de la Universidad de Vermont, compara la parosmia con tocar un piano con pocas teclas. “Imaginemos que normalmente, un olor, digamos a rosa, toca seis teclas o neuronas. Si contraes el coronavirus y mata algunas de esas células nerviosas, digamos que solo te quedan tres de esas neuronas, eso ya no te permite oler una rosa correctamente”.

Esto se entiende al saber que la percepción de un olor no es producido por un tipo de molécula. Los aromas por lo general son cócteles, blends de hasta cientos de compuestos volátiles. El olor a café, por ejemplo, es el resultado de hasta mil compuestos químicos distintos. Aunque no lo veamos, contiene azufre que huele bien en combinación con todas las demás moléculas que le dan al café su aroma tan agradable, pero no tanto cuando se lo huele solo. Entre ellos figura también el metanotiol, un compuesto orgánico responsable del mal aliento y el mal olor de las flatulencias.

La hipótesis es que las personas con parosmia solo perciben algunos de los compuestos volátiles que contiene una sustancia y que huelen mal de forma aislada. 

Ante esta situación temporal, la organización inglesa AbScent recomienda consumir alimentos a temperatura ambiente o fríos; evitar frituras, las carnes asadas, las cebollas, el ajo, los huevos, el café y el chocolate y probar alimentos suaves como arroz, fideos, pan sin tostar, verduras al vapor y yogur natural.

El tiempo que puede tardar la recuperación difiere de persona a persona. La mayoría de las personas vuelve a oler bien en dos a cuatro semanas, pero un porcentaje menor convive con esta disfunción olfativa durante varios meses. Tiempo suficiente para valorar quizás por primera vez en sus vidas un sentido tan ignorado, capaz de hacernos viajar sin movernos y de despertar memorias hace tiempo olvidadas.

FK

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Publicado el
27 de marzo de 2021 - 23:59 h