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Un caso que conmueve al pais

Graciela, la mamá de Fernando: “Todos los días lo sigo esperando, dicen que no volverá”

Graciela Sosa y Silvino Báez, padres de Fernando Báez Sosa.

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Le llamaron negro. Y no era así, él era mi principe. ¿Con qué derecho le arrebataron la vida a Fernando? Quisiera retroceder en el tiempo para recuperar a mi hijo. ¿Sabés lo doloroso que es ir al cementerio, tocar la foto de Fer y hablarle y que no responda... Querer sacarle de ahí. Él era mi todo. ¿Cómo puede un ser humano discriminar a un chico de su misma edad? Todos los días lo sigo esperando, dicen que no volverá”. Es apenas un tramo de la declaración como testigo de Graciela Sosa, la madre de Fernando, el chico muerto a golpes hace casi tres años a la salida de un boliche, en Villa Gesell. Su relato, desgarrador, fue escuchado por los ocho imputados que estaban sentados a sus espaldas y rodeados de policías.

Bastó una pregunta, sencilla, hecha por el abogado que la representa, Fernando Burlando: “Graciela, ¿cómo era su familia?”. Y Graciela Sosa, la madre de Fernando empezó por el principio: que llegó desde Paraguay en 1995, que allá estaba enferma y que le habían dicho que en la Argentina la medicina era buena y que después conoció a Silvino y se casaron y llegó Fernando. “Todavía recuerdo cuando nació. 'Señora, mireló fijamente para que nunca olvide su rostro', me dijo la enfermera. Media 55 centímetros, 5 kilos 750 pesó. Era una ángel. Él trajo la alegría a nuestra vida era todo felicidad. A los dos años lo tuve que mandar a una escuela porque yo trabajaba cama adentro y Silvino vivía en la provincia. Nos veíamos cada fin de semana”.

Él era mi todo. ¿Cómo puede un ser humano discriminar de la misma manera a un chico de su misma edad?

Graciela Sosa. Madre de Fernando Báez Sosa.

Después de casi cinco horas de iniciado formalmente el juicio, Graciela es la primera de una lista de 177 testigos en declarar ante el TOC N°1. Los ocho rugbiers, imputados por el delito de homicidio agravado, permanecieron sentados, con el barbijo puesto -aunque no es obligatorio- y en silencio. Graciela Sosa contó como era su vida de antes, cuando Fernando vivía. Habló del sacrificio: “Llegó la oportunidad de que a Fernando le dieran una beca y él quiso. Yo lo apoyé mucho con Silvino. Tenía que capacitarse, no tenía vacaciones. Porque tenía que ir aparte de la primaria, los martes los jueves y los sábados. Lo sacrifiqué tanto, pero él quería ingresar al Colegio Marianista. Cuando se recibió fue el día más feliz de mi vida”.

Fernando se había “ganado” esas vacaciones. Había terminado el CBC para anotarse en la carrera de Abogacía. La última materia la rindió sin dormir. A la vuelta anunció a su madre que tenía una noticia buena y una mala. Graciela le pidió que empezara por la buena. “'Mami, pude ingresar', me dijo. Salté de la silla, lo abracé de la alegría. Y lo malo era que de regreso en el colectivo se quedó dormido y le robaron el celular. Yo le dije: 'No importa, mi amor, yo te voy a comprar otro”. Había algunos familiares de los acusados en la sala. El padre de Máximo Thomsen y el de Lucas Pertossi inclinaron sus cuerpos y hundieron las cabezas entre los brazos mientras Graciela hablaba.

La madre de Fernando relató la madrugada en la que le avisaron que Fernando había sido trasladado en una ambulancia. Dijo que ella se había preparado para ir a trabajar. Los fines de semana cuidaba a una mujer, dinero que ahorraba para los estudios de su hijo. “Le dije a Silvino que se prepare, que nos íbamos a Villa Gesell, que fernando había tenido un accidente. No podía llamar a los amigos de Fernando porque no tenía crédito en el celular, así que bajé al Farmacity y pude cargar pero no me atendían. Nadie me daba respuesta. Al poco tiempo, volvieron a llamarme. Era el comisario. Le pasé el teléfono a Silvino. Silvino decía 'sí, sí', sí'. Y cuando colgó me dijo: 'Fernando está muerto'. No lo podía creer. Era el fin para mí. Había perdido a mi único hijo, siento tanto no haber podido defenderlo era que me daba alegría todos los días”.

Cuando el Tribunal habilitó a los dos representantes del Ministerio Público Fiscal a que hiciera preguntas, Graciela se descompensó. Había llorado durante toda la declaración, pidió un vaso de agua y luego avisó que se sentía mal. Los jueces dictaron un cuarto intermedio, y los rugbiers fueron esposados y luego retirados de la sala. Antes Graciela llegó a decir: “Mi hijo era un chico feliz no tenía enemigos, era solidario. No entiendo no comprendo y nunca aceptaré cómo un chico de la edad de Fer le haya hecho esto. Lo atacaron por la espalda, lo tiraron en el piso, le reventaron esa cabeza, ese cuerpito tan lindo que yo tuve nueve meses en la panza”.

VDM/

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