Años de decepciones alejan a los jóvenes de la política climática, no del activismo

Raúl Rejón / Marta Borraz

Glasgow / Madrid —

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“Es importante que nuestra voz sea escuchada porque el futuro es nuestro”. Así resumía este jueves Diana Pineda, una joven activista climática mexicana, su sentir en la Cumbre del Clima de Glasgow. Pineda ha participado en un foro de juventud latinoamericana y del Caribe que intenta demostrar que no han caído en la inacción y pueden pasar de la protesta a la propuesta para atajar la crisis climática.

La actitud de Pineda y sus compañeros trata de romper una sensación creciente de que la desafección o la desesperanza se ha instalado en la lucha contra el cambio climático. Sobre todo en las generaciones más jóvenes, que salieron en multitud a mostrar su desencanto a rebufo de la huelga iniciada por Greta Thunberg en 2018. La COP25, la celebrada en Madrid, fue la Cumbre del Clima de los jóvenes en un año marcado por manifestaciones multitudinarias y una movilización sin precedentes hasta la llegada de la pandemia.

Hoy, el movimiento juvenil por el clima sigue sacando músculo, pero el escepticismo y la desafección han calado en su discurso ante el cinismo climático en el que puede caer la COP que se celebra en Glasgow si las promesas no se concretan en políticas ambiciosas. “No es que haya desafección con el movimiento climático, sino que hay una pérdida de fe en los espacios institucionales al ir encadenando decepciones”, explica Irene Rubiera, que inició su activismo en Fridays for Future: “Era lo lógico en 2019 tras todo el movimiento iniciado con Greta”. Ahora, con 22 años, actúa como observadora legal para Ecologistas en Acción. “Hay que facilitar la rotación en una organización como Fridays”, cuenta. Al mismo tiempo, describe que “tenemos mucha ecoansiedad y es comprensible que se pierda esa fe, porque llevamos 26 COP sin muchas soluciones”.

Este año, un grupo internacional de psicólogos ha retratado cómo afecta esta decepción a la salud mental de los jóvenes europeos: de 10.000 encuestados, el 77% afirmaban que “tenían miedo del futuro”, el 68% se encontraban “tristes”, el 63% ansiosos y hasta un 37% sentían “dudas sobre si tener hijos o hijas”.

Irene Vivas Lalinde, delegada de la Federación de Jóvenes Verdes Europeos en Glasgow, cuenta que “en la mayoría hay mucha decepción de no poder realmente influenciar en los procesos, de que no se nos deje entrar en los espacios de negociación, de incluir la palabra joven, pero que sea todo bastante superficial. Muchos activistas se han sentido intimidados o han tenido ansiedad en la zona azul [la oficial]”. Y añade que, por otro lado, “hay enfado porque la COP parece una feria del mueble, con mucho greenwashing (término que alude a las prácticas de marketing verde destinadas a crear una imagen ilusoria de responsabilidad ecológica), y las reivindicaciones caen en saco roto”.

La politóloga y asesora ejecutiva de la organización de ecología y desarrollo ECODES, Cristina Monge, explica que el movimiento joven “está en una fase diferente” porque el inicio “es un momento de estallido y de explosión” que “es difícil de mantener durante tanto tiempo”. La figura de Greta Thunberg, convertida en un auténtico icono, “generó un impacto enorme”, pero “ya no tiene el efecto sorpresa o novedad”. Y a ello se suma la llegada de la pandemia, un elemento clave, a su juicio, para explicar la dinámica actual, porque ha contribuido a la “desmovilización general de los movimientos”.

Irene Rubiera confirma que “el activismo climático ha ido cambiando y la pandemia de COVID-19 ha tenido su influencia”. Una buena parte de ese impulso y de los movimientos que incluso estaba previsto ir realizando se vieron parados de golpe, como la misma cumbre climática de 2020, que se pospuso un año. Eso también ha elevado las expectativas sobre lo que pueda pasar en Glasgow, al tiempo que acarrea el peligro de una mayor decepción. “Yo siempre pienso que va a salir algo positivo, pero luego me voy enfadada”, confiesa la observadora.

“Esta COP es ya un fracaso”, se atrevió a decir Thunberg en la manifestación que convocaron los jóvenes en la ciudad escocesa el pasado viernes, en la que se escucharon críticas a las “palabras vacías” y mensajes sobre “el festival de la hipocresía” en el que, a su juicio, se ha convertido la reunión. “Estamos ante una nueva COP, pero ¿cuántas más tendremos que celebrar para que los líderes se den cuenta de que su inacción está destruyendo el planeta?”, se preguntaba la activista ugandesa Vanessa Nakate.

“En realidad yo creo que no se comprende lo terrorífico que es tener 20 años ahora”, afirma Rubiera. Se refiere a que “cuando ocurren cosas como Filomena pienso: '¡Ostras! Cuando tenga 50 años esto va a ser así todo el rato'. Nosotros ya hemos crecido estudiando el cambio climático en los libros de texto y yo voy a estar aquí al llegar ese escenario. Yo voy a tener que gestionarlo. Es un panorama que, primero, te genera confusión y luego es bastante aterrador”.

Para Emilio Santiago Muíño, antropólogo climático del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), esto no significa que el movimiento haya perdido fuelle. “En este contexto en el que la pandemia aún no ha terminado, creo que la lectura es positiva y que no podemos considerar que haya perdido fuerza”, asegura. En lo que sí coincide el investigador es en que puede estar dándose “cierto sentimiento de decepción o desengaño que está llevando a que quizás prime el escepticismo en los discursos públicos”.

“Está más que justificada”

En su opinión, la decepción “está más que justificada” porque frente a las evidencias científicas que alertan de consecuencias cada vez más catastróficas y efectos ya irreversibles, “la inacción climática es escandalosa”. Monge, por su parte, señala que las expectativas son altas “y también es necesario evaluar con perspectiva lo que se ha avanzado”, pero “es lógico que se pida más ambición y velocidad” y hacerlo “forma parte de la propia función de la movilización social y de los jóvenes”, cree la especialista.

Vivas Lalinde cuenta que ha “trabajado mucho el tema de la ansiedad mediante la meditación y self awareness, pero percibo que hay bastante en muchos y muchas activistas... Es complicado, porque cuanto más sabes es peor”. A pesar de todo esto, “creo que nunca dejaré de estar comprometida. Otra cosa es que las herramientas que use pueden cambiar. Es difícil decir 'hasta aquí he llegado' cuando sé que es probable que cuando tenga 54 años el mundo se caliente 3°C... Es difícil escapar de los hechos”.

Muíño nombra, además, otro factor que puede contribuir a la desafección juvenil. “Todas las cumbres presentan un patrón más o menos recurrente que se caracteriza por mucha retórica sobre medidas que no son insignificantes, pero quedan lejos de lo que se necesita según lo que dicta la ciencia. Quizás el movimiento joven había puesto en este tipo de eventos expectativas que no se corresponden luego con lo que se acuerda, y puede que eso sea un jarro de agua fría y se traduzca en un discurso más frustrado”, piensa el investigador.

La delegada de Jóvenes Verdes afirma que “el activismo esta ahí y seguirá creciendo en números e intensidad ante la pasividad de la comunidad internacional. Lo que está claro es que la urgencia que sienten muchos jóvenes no la sienten aquí”. También que “a pesar del enfado y la decepción, sí que veo a gente joven pensando en presentarse a elecciones en sus respectivos países, gente que, aunque saben que mucho del bla bla bla se centra en estos espacios, creen que pueden cambiar las cosas desde ahí”.

Rubiera, Vivas, Thunberg... todas coinciden en la distancia que separa su manera de ver la crisis climática –que incide de manera directa y segura en su porvenir– y la de los que están estos días al mando en Glasgow. Pero también coinciden en que “además somos la parte del mundo privilegiada” en comparación con los países empobrecidos. Como remacha la ecologista: “Nosotras jugamos en modo fácil”.