NOVEDAD EDITORIAL

La memoria incómoda: Daniel Mundo y la literatura como forma de interrogar la dictadura

Matías Repar

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Hay libros que llegan en su momento. No porque su autor haya dudado en escribirlos, sino porque el tiempo social —esa zona difusa donde se cruzan la política, la memoria y los consensos culturales— todavía no estaba preparado para escucharlos. Entre la incomodidad, la autocrítica y la sospecha sobre los relatos cristalizados, Prometeo acaba de publicar Los relatos de la catástrofe. Crítica de la representación de la dictadura en la literatura argentina, un libro escrito hace más de una década por el filósofo y ensayista Daniel Mundo que irrumpe en un presente atravesado por nuevas disputas sobre el sentido del pasado.

El texto fue, en su origen, una tesis doctoral presentada hace más de una década. Pero su publicación quedó en suspenso. ¿Por qué recién sale ahora? “Porque creo que hasta hace unos años no había audibilidad para entender lo que dice, ni en el campo de la memoria ni en la sociedad”, señala Mundo. Y enseguida introduce la duda, que atraviesa toda su intervención: “¿Ahora la hay? La verdad, no lo sé”. La decisión de publicarlo, sin embargo, no fue sólo una cuestión de oportunidad intelectual sino también de urgencia política. Mundo sitúa un punto de quiebre claro: la irrupción de ciertos discursos que buscan disputar el sentido de la memoria reciente. “Temí que ellos se apropiaran del relato de esos hechos, y que hasta socialmente terminaran llevándose la razón, ya que nosotros, ‘nosotros’, negamos una responsabilidad que tuvimos en la gestación de lo que llamo, con mayúsculas, la Dictadura y sus consecuencias”, afirma.

Lejos de ubicarse en un lugar de reafirmación, el autor ensaya una crítica incómoda sobre los modos en que la sociedad argentina recuerda su pasado reciente. No se trata de negar lo ocurrido, sino de cuestionar cómo se lo narra. “La memoria tiende a ser dogmática, tiende a repetir los clichés y a conformarse con los prejuicios, a generar hábitos”, dice. Y completa, en una de las definiciones más contundentes de la entrevista: “por eso la tarea de los que queremos comprender y pensar los fenómenos traumáticos de nuestra historia consiste en incomodarla y evidenciar su esclerosis”. En ese gesto aparece una de las claves del libro: la memoria no como un campo de certezas consolidadas, sino como un territorio que debe ser interrogado permanentemente.

La elección de la literatura como vía de acceso a la dictadura no responde a una preferencia estética sino a una concepción del conocimiento. Para Mundo, hay dimensiones de la experiencia histórica que no pueden ser capturadas por los documentos. “Por supuesto, están los documentos, fundamentales. Pero para comprender aquello que no tiene documentos para revivirlo o testimoniarlo, que solo se basa en relatos, como es la vida cotidiana de la gente común, la literatura puede ayudar”, explica. En ese punto, su posición es clara: desconfía de los discursos que se presentan como portadores de una verdad definitiva. “Creo que hablar desde los ‘hechos’, hablar desde: ‘yo lo viví’ o desde la Verdad con mayúscula, anula el lugar del otro y de la duda, de la interrogación y de la interpretación. La literatura, en cambio, habilita este tipo de narración”.

Pero esa apertura no es tranquilizadora. Al contrario. Lo que la literatura puede decir es, muchas veces, lo que otros discursos no logran soportar: “esa verdad densa que otros discursos no soportan. O no alcanzan a representarse. Esa verdad incómoda incluso para el que la enuncia”. En un campo saturado de producciones sobre la dictadura, Mundo insiste en marcar una diferencia. Su libro no busca agregar un relato más, sino modificar el modo en que esos relatos se piensan. “El libro trata de pensar lo que ocurrió, no decir lo que ocurrió”, afirma. Y agrega, con ironía, que si dialoga con otras obras lo hace “de la misma manera en que yo dialogo con mis amigos, de modo inquisitivo y hasta molesto”.

Esa incomodidad se extiende también a su mirada sobre ciertos discursos contemporáneos, a los que acusa de apoyarse en categorías simplificadoras. “Hoy estamos atrapados en los discursos bien pensantes que se la pasan recurriendo a la figura muy problemática de la ‘buena gente’”, señala, en una crítica directa a las formas de moralización del pasado. Consultado sobre los límites éticos en la representación de la violencia, Mundo evita respuestas categóricas. “¿Límites éticos? Éticos no, lo que no significa que se pueda decir cualquier cosa o de cualquier manera”, aclara. Sin embargo, introduce un diagnóstico más profundo: no es que falten relatos sobre la dictadura, sino que muchos de los más complejos no circulan. “Esos relatos casi no se conocen ni siquiera en el mismo campo de la memoria”, advierte. La pregunta, entonces, no es sólo cómo representar el horror, sino qué relatos logran instalarse y cuáles quedan relegados.

En el centro del libro aparece una inquietud personal que desborda lo individual. Mundo intenta comprender su propia infancia durante la dictadura, atravesada por una contradicción difícil de resolver. “Yo creo que pretendía algo imposible, como comprender cómo había sido mi infancia y mi adolescencia, cómo había sido mi felicidad en esos años oprobiosos”, dice. Y amplía: “las felicidades de los que como yo no teníamos idea de lo que ocurría, y no hablo solo de niños, pienso en mis viejos también”. Esa reflexión lo lleva a pensar en términos generacionales. Una generación que no fue protagonista directa de la violencia, pero que tampoco puede pensarse al margen de ella. “Temía descubrir que no había sido feliz en mi infancia. Que no había sido posible ser feliz. Por eso a esa generación, la mía, la llamo la Generación Perdida”.

En el tramo final, la entrevista se desplaza hacia una cuestión central: la disputa por el relato. No sólo qué se dice sobre el pasado, sino quién lo dice. Mundo retoma una observación de Martín Caparrós sobre la generación del ’70 como una minoría que terminó representando una totalidad. A partir de allí, introduce una idea inquietante: la historia no tiene un único sentido, sino que depende de quién la narre. “Todavía lo estamos discutiendo, como en este momento histórico estamos discutiendo quién puede contar esa historia, porque según quién la cuente, va a haber diferentes significados”, afirma. Y en esa frase aparece, quizás, el núcleo más político del libro: la memoria no es un archivo cerrado, sino un campo en disputa permanente.

Lejos de proponer una nueva ortodoxia, Mundo se ubica en un lugar de incertidumbre. Su apuesta no es reemplazar una verdad por otra, sino erosionar la idea misma de verdad como punto de llegada. “La manera que a mí me gustaría que lo haga es destruyendo cualquier imagen fija, es decir: Verdadera con mayúscula, que nos hagamos o nos impongan. Me gustaría que nos ayudase a interrogarnos, no a confirmarnos en lo que creemos”, sostiene.

En un presente donde las posiciones tienden a endurecerse, esa elección suena, al menos, incómoda. Y tal vez por eso, necesaria. Como si, en ese gesto, se jugara algo más que una posición intelectual: una forma de intervenir en la memoria sin clausurarla.

MR/MF