La palabra del año, la mano de Dios al revés

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Uno. Diciembre es el mes de la hipérbole (demasiado calor por acá, frío cada vez más doloroso por allá). Un extremo ahí donde algo parece terminar, un tiempo que habilita exageraciones, desbordes, desmesuras. Diciembre es el mes de la compuerta que se abre, del dictamen, de ponerse un poco asertivos. Una temperatura. Incluso cuando el año todavía no terminó, los medios se disponen a elegir discos, películas, libros, series, personajes que de alguna manera representan los meses que pasaron. De un tiempo a esta parte, también los diccionarios eligen la palabra del año. El gesto no deja de ser simpático: buscar un término que aglutine eso que no se puede decir del todo pero que se olfatea, una contención ante lo irrefrenable, una mano para parar una catarata. Como ir por la ruta un día de calor y querer llegar a esos manchones que a poca distancia parecen charcos y que, a medida que nos acercamos, se evaporan, se vuelven inalcanzables, se proyectan más lejos todavía. Un intento una y otra vez por nombrar, una inercia fallida en la superficie más escurridiza posible: el lenguaje.

Dos. En estos días, tres de los diccionarios más importantes de lengua inglesa eligieron los términos que signaron, de acuerdo a distintos criterios de selección, los días de 2022. Algo curioso, algún tipo de señal, sospecho: ninguno de los tres seleccionó una palabra entera, cerrada o completa, digamos, sino que fueron por términos compuestos que engloban estados de ánimo, desazones, inquietudes que no son simples de encasillar. Palabras fugitivas, sensaciones patinosas.

El primero de ellos fue el estadounidense Merriam-Webster, uno de los más visitados online, que eligió gaslighting como término insignia de 2022 (aunque no se conocen los motivos, dicen que las búsquedas de su definición crecieron 1740% respecto del año anterior). Tal como contaron las autoridades del diccionario a la agencia de noticias AP, la definición para el gaslighting o la práctica de hacer luz de gas apunta a “la manipulación psicológica de una persona, normalmente durante un período de tiempo prolongado”. La descripción del Merriam-Webster agrega que este comportamiento “hace que la víctima cuestione la validez de sus propios pensamientos, su percepción de la realidad o sus recuerdos y, por lo general, conduce a la confusión, a la pérdida de confianza y autoestima, a la incertidumbre sobre la propia estabilidad emocional o mental y a la dependencia del agresor”.

El Diccionario de Oxford también fue por una combinación de términos. Según anunciaron en estas horas, goblin mode o modo duende fue el concepto que marcó el año que se está yendo. Hecha la red, hecha la trampa; crecido en el germinador de Twitter y Tik Tok, el modo duende se refiere a un comportamiento errático, inasible: moverse de manera autoindulgente, perezosa o descuidada, bastante lejos de las normas o las expectativas de terceros. El diccionario Collins, por su parte, sentenció que permacrisis es la palabra del año. Otra idea un poco pringosa que alude a un período prolongado de inestabilidad o inseguridad. Lo único permanente es la palabra, el resto pura inestabilidad. En español todavía no se dio a conocer nada, tal vez se anuncie en estas horas, habrá que prestar atención.

Tres. Le tomé el gustito a estos comienzos numerados, vamos a ver cuánto dura. Tardé 100 ediciones de este espacio en darme cuenta de mi pasión por el comentario breve, casi susurrado; por la apostilla, por la esquela, por el fragmento. 

Cuatro. Sí, 100 veces Mil lianas, insólito y desmesurado, como un Mundial en diciembre.

Cinco. No me animo a elegir mi palabra del año, pero intento con la de la última quincena y voy con termo. Le pasa a la gente de los diccionarios, me pasa a mí: una palabra que intenta nombrar un estado. O una sensación: la sensación térmica. Por acá el escritor Juan Sasturain esboza que tal vez vendría del mismísimo Diego Maradona la expresión cabeza de termo, que él obviamente popularizó y hoy se acortó. Me gusta la idea. Me gusta también que se pueda usar como sustantivo, como adjetivo, como verbo y estirar como un chicle: ser termo es estar enfrascados, apasionados, a veces intransigentes, por momentos desinhibidos. Vale para los días mundialistas (gritar hasta quedar sin voz por un penal de Marruecos o ir hasta la puerta de un museo cerrado: dos euforias), vale para el resto. Diciembre y su microclima; diciembre y la espesura: el año pasa, nos vamos poniendo termos.

Seis. Pocos ambientes más fanáticos, hiperbólicos y un poco termo que el del mundo del cine (y lo digo con cariño porque en otra época de mi vida frecuentaba bastante). Se entusiasman con los ránkings, se enfrascan en discusiones eternas sobre tal o cual director, ponen puntajes absurdos a todo lo que ven. Por estas horas la prestigiosa revista británica Sight & Sound reveló, como ocurre cada diez años, su famosa encuesta en la que elige, mediante el voto de cineastas, críticos, distribuidores y expertos, a las 100 mejores películas de todos los tiempos. Entre los más de 1500 votantes quedó por primera vez elegida la obra de una cineasta en la cúspide (la encuesta arrancó en 1952 y casi siempre ganaban largometrajes de Alfred Hitchcock, Orson Welles o Vittorio De Sica): Jeanne Dielman, 23, quai du Commerce, 1080 Bruxelles, de la belga Chantal Akerman

Por acá está la lista completa. Por acá, el crítico argentino Diego Lerer hizo un trabajo espectacular y reunió todas las que se pueden ver en las distintas plataformas de pago desde la Argentina.

Siete. Mi termo privado está hecho de palabras que me gustan. Las junto (a veces en mi cuenta de Twitter, a veces en libretas), las rescato, las leo en voz alta, las disfruto, las deformo, las transcribo. Dejo las últimas cien que apunté por acá y por allá (y los invito a que, si tienen ganas, me manden las suyas): fulgor - cuitas - triolet - besamanos - indolente - rascacielos - sibilino - perorata - rutilante - esquela - prolegómenos - pispear - farra - chúcaro - fumarola - cucurucho - escolazo - anodino - runfla - finta - dislate - tilingo - esperpento - catramina - galopante - casorio - tugurio - infame - furor - pendenciero - intentona - yapa - quemarropa - pertrechos - calaña - pilcha - oropeles - remilgo - medroso - serpentear - flamante - otario - bretel - percal - crucigrama - herbario - cantinela - contubernio - mímica - añicos - tilo - bruma - lingote - apostilla - doma - duna - astral - lunático - luna - efervescente - marciana - cadencia - desvelo - ñoña - inflamar - ignífuga - desfachatez - ficha - facha - chanta - chantar - escracho - porra - agapanto - bifronte - trucho - trucha - minué - tirabuzón - barbaridad - añejo - hostil - oblicua - sánguche - sordina - ramplón - secuaz - cómplice - pinar - lupanar - formol - ventiluz - prisma - islote - camalote - camarote - mameluco - mirilla - sifón - liana

Empieza una nueva edición de Mil lianas, más resbalosa que de costumbre, más exagerada, más térmica.

Cien veces gracias por estar ahí.

1. Una mirada honesta, de Roberto Persano y Santiago Nacif. “Si tus fotos no son lo suficientemente buenas, es que no estás lo suficientemente cerca”, dice el epígrafe. El documental empieza con esas palabras que alguna vez pronunció Robert Capa, uno de los fotógrafos que marcaron el pulso visual del siglo XX con las coberturas más impactantes en momentos cruciales (la Guerra Civil Española al “Día D”, la liberación de París y sus figuras rutilantes: un mundo capturado y vuelto a visitar cada vez que se repasan esos acontecimientos que hacen crujir todo). Un hombre que estuvo ahí, cámara en mano.

La Argentina también tiene a su fotógrafo de trinchera, de calle, de manifestación, de retrato que inmortaliza: el fotógrafo Eduardo Longoni, autor de numerosas imágenes emblemáticas para la historia nacional. Otro hombre que estuvo ahí, cámara en mano. De las primeras rondas de las Madres de Plaza de Mayo en la dictadura con los caballos que les tiran encima, hasta los retratos de los militares en pleno ejercicio del poder de facto. Del Juicio a las Juntas en 1985 (“la primera cobertura que hice con lágrimas en los ojos”, cuenta), hasta el documento que sirvió para demostrar que hubo desapariciones forzadas de personas durante el copamiento del cuartel militar de La Tablada, en el gobierno democrático de Raúl Alfonsín. Del abrazo entrañable de Charly García cigarrillo en mano y una Mercedes Sosa apichonada, hasta la Mano de Dios –o de Diego Maradona– y todo el Mundial ‘86, entre muchísimas otras.

El documental Una mirada honesta, de Roberto Persano y Santiago Nacif, repasa la carrera y la vida de Longoni. Y lo hace como si quisiera meterse del otro lado de las fotografías, como si se pudiera volver a pisar el lugar donde estaban esos ojos que vieron antes que nadie tantas imágenes que se volvieron íconos. La película tiene testimonios del propio Longoni y también varias escenas en las que se lo muestra en acción. El fotógrafo además habla con su madre (la primera persona a la que vio sacar fotos), con el artista plástico Eduardo Stupía (el diálogo en el que Stupía destaca que su arte viene de la mano de un “alfabeto inventado” y que lo mueve la pulsión “por leer algo que es ilegible” es precioso) y con un mecánico que lo ayudará a poner a punto un Falcon verde que acompañará una exposición con sus fotografías más destacadas sobre la violencia política en el país.

Con un planteo sencillo –por momentos muy emotivo– y una apuesta por ver al protagonista en movimiento, el documental se posa ahí, en la mirada de un hombre que recuerda y, a partir de su propio relato, indaga en la memoria colectiva. Después de un estreno en algunas salas de cine, Una mirada honesta está disponible para alquilar en la plataforma CineAR Play.

El documental Una mirada honesta, de Roberto Persano y Santiago Nacif, sobre la vida y la obra del fotógrafo Eduardo Longoni, se puede ver en la plataforma Cine.AR.

2. Magníficos rebeldes, de Andrea Wulf. Hay ideas novedosas, refutaciones, preguntas y debates con ese encanto indeleble de las primeras veces. Y también chismes, pasiones, discusiones interminables, amores cruzados, tragedias, rabietas que terminan en amistades infinitas. En Magníficos rebeldes. Los primeros románticos y la invención del yo la investigadora de origen alemán Andrea Wulf indaga en un grupo muy particular de filósofos, escritores, pensadores, poetas y polemistas que por distintas causas confluyeron a finales de 1790 alrededor de una pequeña ciudad universitaria alemana llamada Jena y terminaron cimentando las bases de lo que con el tiempo se conoció como el Romanticismo. Un movimiento transformador e irradiante hasta la actualidad, una corriente de pensamiento que puso al yo en primer plano, que lo sacudió para abrir interrogantes sobre la libertad y su vínculo con la naturaleza; sobre la poesía y su potencia corrosiva en el universo y en eso que parece de todos los días.

Planteados casi como protagonistas de una novela, los apellidos de filósofos, escritores y pensadores centrales para la literatura y la filosofía universal como Goethe, Hegel, Humboldt, Novalis y Schiller se van cruzando a lo largo de las páginas del libro con sus pensamientos, sus peleas y lo más destacado de su obra. Al mismo tiempo, y gracias a una tarea titánica de Wulf, que escribió el texto durante el confinamiento más estricto con bibliotecas cerradas alrededor del planeta, también aparecen mujeres que, pese a haber sido muy importantes en el desarrollo de este círculo de amistades y pensamiento, fueron olvidadas o relegadas a lugares minúsculos por la historia. Una de las figuras centrales del libro, de hecho, es Caroline Schlegel, de alguna manera el corazón del llamado Círculo de Jena, lectora, editora y autora de gran parte de los textos que se produjeron en aquellos años.

Wulf, que ya había demostrado una gran potencia narrativa en su imprescindible ensayo La invención de la naturaleza (Taurus, 2016), vuelve al tono que combina información y observaciones muy agudas con el desarrollo de ideas complejas de un modo muy atractivo. Sin subestimarlas y, al mismo tiempo, sin necesidad de mostrarlas alejadas o imposibles. Un libro que por momentos se lee con el vértigo de una historia de aventuras y que, por otros, ofrece un tratado riguroso alrededor de un tiempo y de unas mentes que cambiaron para siempre la forma de observar al mundo y al comportamiento humano.

El libro Magníficos rebeldes. Los primeros románticos y la invención del yo, de Andrea Wulf, salió por el sello Taurus.

3. El viento entre los pinos, de Malena Higashi. “Prepara un delicioso cuenco de té, acomoda el carbón de manera que caliente el agua; acomoda las flores como están en el campo; en verano sugiere frescura, en invierno calor; prepara todo con anticipación; hay que estar siempre preparado para una lluvia; trata a aquellos con quienes estés con consideración”. Durante semanas la escritora argentina Malena Higashi memorizó y repitió las Siete Reglas. Era su tercer viaje a Japón, la tierra de su familia. Ella, que nació en Buenos Aires, creció como una porteña más al igual que sus padres y en algún momento se sintió lejos de las tradiciones ancestrales, decidió encarar un viaje que le cambiaría la vida. Un viaje que fue un primer paso. Una forma de entender el mundo llamada chadô, el camino del té.

Sobre ese momento, sobre otros viajes familiares a Japón, sobre lo que representa la ceremonia del té, sobre el vínculo con su abuela Emiko –la mujer que le transmitió esta práctica con entusiasmo y sin presiones–, y sobre todo lo que rodea a este rito tan particular de la cultura japonesa escribió la autora en su reciente libro El viento entre los pinos. Un ensayo acerca del camino del té (Fiordo, 2022).

La particularidad de este libro es que logra, con simpleza, combinar la memoria personal con una mirada sobre lo que implican los rituales en la actualidad. Lejos del vértigo, casi a contramano, la escritora ofrece un relato minucioso que invita a observar cada detalle por minúsculo que parezca (cómo se disponen las flores que acompañan el rito, la purificación de los elementos que se utilizan, la selección de los kimonos, los cuencos y la caligrafía de algunos objetos dispuestos en el lugar donde se celebra el encuentro, por citar algunos ejemplos). Y lo hace con un tono alejado de lo asertivo, sin intenciones de dar una lección: en todo caso, lo logra a partir de hacerse ella misma algunas preguntas sobre la meditación, la introspección, la idea de compartir con otros y sobre todo la importancia de apreciar lo que nos rodea con todos los sentidos. Como una buena taza de té, la escritora convierte así su escritura en una especie de refugio, construido con palabras, con escenas de su propia vida familiar, con el costado más intangible de una herencia. Hace unas semanas entrevisté a la autora de este libro sencillo y muy hermoso. Les dejo por acá la nota que salió en elDiarioAR.

El ensayo El viento entre los pinos, de Malena Higashi, salió por Fiordo Editorial. Por aquí, una entrevista con la autora.

Banda sonora.  No hay una explicación muy coherente esta vez. O sí: haciendo un repaso de las canciones que más escuché este año, noté que muchas de ellas tenían en la letra, en el título o en sus alrededores a la Luna como motor. Así que, con temas que van desde el indie pop hasta la cumbia pegadiza, pasan por el rock argentino, por el blues y siguen, se suman varias a la banda sonora de Mil lianas. Nuestro termo musical y compartido, claro.

Ya que en esta entrega todo tiene que ver con el número 100, les dejo por acá la lista que armó Pitchfork, una referencia ineludible del periodismo musical que más me interesa –ese que es ñoño, bien escrito, desprejuiciado– con las 100 mejores canciones del año. Hay de todo un poco, pero vale la pena. Sobre todo para revisar algunas cosas nuevas de viejos conocidos o para empezar a escuchar nuevas voces (no viene mal, a veces, visitar otras veredas o meterse en otros frascos, aunque sea por un rato). 

Posdata. Aprovecho el número redondo para saludar a todas las personas que con cariño leen, comentan, me escriben y me comparten cosas a partir de lo que leen en este espacio. ¡Gracias por tanto!

¡Hasta la próxima!

AL

Mil lianas también se puede leer como newsletter. Para recibirlo por correo electrónico cada viernes pueden suscribirse por acá.

Uno. Diciembre es el mes de la hipérbole (demasiado calor por acá, frío cada vez más doloroso por allá). Un extremo ahí donde algo parece terminar, un tiempo que habilita exageraciones, desbordes, desmesuras. Diciembre es el mes de la compuerta que se abre, del dictamen, de ponerse un poco asertivos. Una temperatura. Incluso cuando el año todavía no terminó, los medios se disponen a elegir discos, películas, libros, series, personajes que de alguna manera representan los meses que pasaron. De un tiempo a esta parte, también los diccionarios eligen la palabra del año. El gesto no deja de ser simpático: buscar un término que aglutine eso que no se puede decir del todo pero que se olfatea, una contención ante lo irrefrenable, una mano para parar una catarata. Como ir por la ruta un día de calor y querer llegar a esos manchones que a poca distancia parecen charcos y que, a medida que nos acercamos, se evaporan, se vuelven inalcanzables, se proyectan más lejos todavía. Un intento una y otra vez por nombrar, una inercia fallida en la superficie más escurridiza posible: el lenguaje.

Dos. En estos días, tres de los diccionarios más importantes de lengua inglesa eligieron los términos que signaron, de acuerdo a distintos criterios de selección, los días de 2022. Algo curioso, algún tipo de señal, sospecho: ninguno de los tres seleccionó una palabra entera, cerrada o completa, digamos, sino que fueron por términos compuestos que engloban estados de ánimo, desazones, inquietudes que no son simples de encasillar. Palabras fugitivas, sensaciones patinosas.

El primero de ellos fue el estadounidense Merriam-Webster, uno de los más visitados online, que eligió gaslighting como término insignia de 2022 (aunque no se conocen los motivos, dicen que las búsquedas de su definición crecieron 1740% respecto del año anterior). Tal como contaron las autoridades del diccionario a la agencia de noticias AP, la definición para el gaslighting o la práctica de hacer luz de gas apunta a “la manipulación psicológica de una persona, normalmente durante un período de tiempo prolongado”. La descripción del Merriam-Webster agrega que este comportamiento “hace que la víctima cuestione la validez de sus propios pensamientos, su percepción de la realidad o sus recuerdos y, por lo general, conduce a la confusión, a la pérdida de confianza y autoestima, a la incertidumbre sobre la propia estabilidad emocional o mental y a la dependencia del agresor”.

El Diccionario de Oxford también fue por una combinación de términos. Según anunciaron en estas horas, goblin mode o modo duende fue el concepto que marcó el año que se está yendo. Hecha la red, hecha la trampa; crecido en el germinador de Twitter y Tik Tok, el modo duende se refiere a un comportamiento errático, inasible: moverse de manera autoindulgente, perezosa o descuidada, bastante lejos de las normas o las expectativas de terceros. El diccionario Collins, por su parte, sentenció que permacrisis es la palabra del año. Otra idea un poco pringosa que alude a un período prolongado de inestabilidad o inseguridad. Lo único permanente es la palabra, el resto pura inestabilidad. En español todavía no se dio a conocer nada, tal vez se anuncie en estas horas, habrá que prestar atención.

Tres. Le tomé el gustito a estos comienzos numerados, vamos a ver cuánto dura. Tardé 100 ediciones de este espacio en darme cuenta de mi pasión por el comentario breve, casi susurrado; por la apostilla, por la esquela, por el fragmento. 

Cuatro. Sí, 100 veces Mil lianas, insólito y desmesurado, como un Mundial en diciembre.

Cinco. No me animo a elegir mi palabra del año, pero intento con la de la última quincena y voy con termo. Le pasa a la gente de los diccionarios, me pasa a mí: una palabra que intenta nombrar un estado. O una sensación: la sensación térmica. Por acá el escritor Juan Sasturain esboza que tal vez vendría del mismísimo Diego Maradona la expresión cabeza de termo, que él obviamente popularizó y hoy se acortó. Me gusta la idea. Me gusta también que se pueda usar como sustantivo, como adjetivo, como verbo y estirar como un chicle: ser termo es estar enfrascados, apasionados, a veces intransigentes, por momentos desinhibidos. Vale para los días mundialistas (gritar hasta quedar sin voz por un penal de Marruecos o ir hasta la puerta de un museo cerrado: dos euforias), vale para el resto. Diciembre y su microclima; diciembre y la espesura: el año pasa, nos vamos poniendo termos.

Seis. Pocos ambientes más fanáticos, hiperbólicos y un poco termo que el del mundo del cine (y lo digo con cariño porque en otra época de mi vida frecuentaba bastante). Se entusiasman con los ránkings, se enfrascan en discusiones eternas sobre tal o cual director, ponen puntajes absurdos a todo lo que ven. Por estas horas la prestigiosa revista británica Sight & Sound reveló, como ocurre cada diez años, su famosa encuesta en la que elige, mediante el voto de cineastas, críticos, distribuidores y expertos, a las 100 mejores películas de todos los tiempos. Entre los más de 1500 votantes quedó por primera vez elegida la obra de una cineasta en la cúspide (la encuesta arrancó en 1952 y casi siempre ganaban largometrajes de Alfred Hitchcock, Orson Welles o Vittorio De Sica): Jeanne Dielman, 23, quai du Commerce, 1080 Bruxelles, de la belga Chantal Akerman

Por acá está la lista completa. Por acá, el crítico argentino Diego Lerer hizo un trabajo espectacular y reunió todas las que se pueden ver en las distintas plataformas de pago desde la Argentina.

Siete. Mi termo privado está hecho de palabras que me gustan. Las junto (a veces en mi cuenta de Twitter, a veces en libretas), las rescato, las leo en voz alta, las disfruto, las deformo, las transcribo. Dejo las últimas cien que apunté por acá y por allá (y los invito a que, si tienen ganas, me manden las suyas): fulgor - cuitas - triolet - besamanos - indolente - rascacielos - sibilino - perorata - rutilante - esquela - prolegómenos - pispear - farra - chúcaro - fumarola - cucurucho - escolazo - anodino - runfla - finta - dislate - tilingo - esperpento - catramina - galopante - casorio - tugurio - infame - furor - pendenciero - intentona - yapa - quemarropa - pertrechos - calaña - pilcha - oropeles - remilgo - medroso - serpentear - flamante - otario - bretel - percal - crucigrama - herbario - cantinela - contubernio - mímica - añicos - tilo - bruma - lingote - apostilla - doma - duna - astral - lunático - luna - efervescente - marciana - cadencia - desvelo - ñoña - inflamar - ignífuga - desfachatez - ficha - facha - chanta - chantar - escracho - porra - agapanto - bifronte - trucho - trucha - minué - tirabuzón - barbaridad - añejo - hostil - oblicua - sánguche - sordina - ramplón - secuaz - cómplice - pinar - lupanar - formol - ventiluz - prisma - islote - camalote - camarote - mameluco - mirilla - sifón - liana

Empieza una nueva edición de Mil lianas, más resbalosa que de costumbre, más exagerada, más térmica.

Cien veces gracias por estar ahí.

1. Una mirada honesta, de Roberto Persano y Santiago Nacif. “Si tus fotos no son lo suficientemente buenas, es que no estás lo suficientemente cerca”, dice el epígrafe. El documental empieza con esas palabras que alguna vez pronunció Robert Capa, uno de los fotógrafos que marcaron el pulso visual del siglo XX con las coberturas más impactantes en momentos cruciales (la Guerra Civil Española al “Día D”, la liberación de París y sus figuras rutilantes: un mundo capturado y vuelto a visitar cada vez que se repasan esos acontecimientos que hacen crujir todo). Un hombre que estuvo ahí, cámara en mano.

La Argentina también tiene a su fotógrafo de trinchera, de calle, de manifestación, de retrato que inmortaliza: el fotógrafo Eduardo Longoni, autor de numerosas imágenes emblemáticas para la historia nacional. Otro hombre que estuvo ahí, cámara en mano. De las primeras rondas de las Madres de Plaza de Mayo en la dictadura con los caballos que les tiran encima, hasta los retratos de los militares en pleno ejercicio del poder de facto. Del Juicio a las Juntas en 1985 (“la primera cobertura que hice con lágrimas en los ojos”, cuenta), hasta el documento que sirvió para demostrar que hubo desapariciones forzadas de personas durante el copamiento del cuartel militar de La Tablada, en el gobierno democrático de Raúl Alfonsín. Del abrazo entrañable de Charly García cigarrillo en mano y una Mercedes Sosa apichonada, hasta la Mano de Dios –o de Diego Maradona– y todo el Mundial ‘86, entre muchísimas otras.

El documental Una mirada honesta, de Roberto Persano y Santiago Nacif, repasa la carrera y la vida de Longoni. Y lo hace como si quisiera meterse del otro lado de las fotografías, como si se pudiera volver a pisar el lugar donde estaban esos ojos que vieron antes que nadie tantas imágenes que se volvieron íconos. La película tiene testimonios del propio Longoni y también varias escenas en las que se lo muestra en acción. El fotógrafo además habla con su madre (la primera persona a la que vio sacar fotos), con el artista plástico Eduardo Stupía (el diálogo en el que Stupía destaca que su arte viene de la mano de un “alfabeto inventado” y que lo mueve la pulsión “por leer algo que es ilegible” es precioso) y con un mecánico que lo ayudará a poner a punto un Falcon verde que acompañará una exposición con sus fotografías más destacadas sobre la violencia política en el país.

Con un planteo sencillo –por momentos muy emotivo– y una apuesta por ver al protagonista en movimiento, el documental se posa ahí, en la mirada de un hombre que recuerda y, a partir de su propio relato, indaga en la memoria colectiva. Después de un estreno en algunas salas de cine, Una mirada honesta está disponible para alquilar en la plataforma CineAR Play.

El documental Una mirada honesta, de Roberto Persano y Santiago Nacif, sobre la vida y la obra del fotógrafo Eduardo Longoni, se puede ver en la plataforma Cine.AR.

2. Magníficos rebeldes, de Andrea Wulf. Hay ideas novedosas, refutaciones, preguntas y debates con ese encanto indeleble de las primeras veces. Y también chismes, pasiones, discusiones interminables, amores cruzados, tragedias, rabietas que terminan en amistades infinitas. En Magníficos rebeldes. Los primeros románticos y la invención del yo la investigadora de origen alemán Andrea Wulf indaga en un grupo muy particular de filósofos, escritores, pensadores, poetas y polemistas que por distintas causas confluyeron a finales de 1790 alrededor de una pequeña ciudad universitaria alemana llamada Jena y terminaron cimentando las bases de lo que con el tiempo se conoció como el Romanticismo. Un movimiento transformador e irradiante hasta la actualidad, una corriente de pensamiento que puso al yo en primer plano, que lo sacudió para abrir interrogantes sobre la libertad y su vínculo con la naturaleza; sobre la poesía y su potencia corrosiva en el universo y en eso que parece de todos los días.

Planteados casi como protagonistas de una novela, los apellidos de filósofos, escritores y pensadores centrales para la literatura y la filosofía universal como Goethe, Hegel, Humboldt, Novalis y Schiller se van cruzando a lo largo de las páginas del libro con sus pensamientos, sus peleas y lo más destacado de su obra. Al mismo tiempo, y gracias a una tarea titánica de Wulf, que escribió el texto durante el confinamiento más estricto con bibliotecas cerradas alrededor del planeta, también aparecen mujeres que, pese a haber sido muy importantes en el desarrollo de este círculo de amistades y pensamiento, fueron olvidadas o relegadas a lugares minúsculos por la historia. Una de las figuras centrales del libro, de hecho, es Caroline Schlegel, de alguna manera el corazón del llamado Círculo de Jena, lectora, editora y autora de gran parte de los textos que se produjeron en aquellos años.

Wulf, que ya había demostrado una gran potencia narrativa en su imprescindible ensayo La invención de la naturaleza (Taurus, 2016), vuelve al tono que combina información y observaciones muy agudas con el desarrollo de ideas complejas de un modo muy atractivo. Sin subestimarlas y, al mismo tiempo, sin necesidad de mostrarlas alejadas o imposibles. Un libro que por momentos se lee con el vértigo de una historia de aventuras y que, por otros, ofrece un tratado riguroso alrededor de un tiempo y de unas mentes que cambiaron para siempre la forma de observar al mundo y al comportamiento humano.

El libro Magníficos rebeldes. Los primeros románticos y la invención del yo, de Andrea Wulf, salió por el sello Taurus.

3. El viento entre los pinos, de Malena Higashi. “Prepara un delicioso cuenco de té, acomoda el carbón de manera que caliente el agua; acomoda las flores como están en el campo; en verano sugiere frescura, en invierno calor; prepara todo con anticipación; hay que estar siempre preparado para una lluvia; trata a aquellos con quienes estés con consideración”. Durante semanas la escritora argentina Malena Higashi memorizó y repitió las Siete Reglas. Era su tercer viaje a Japón, la tierra de su familia. Ella, que nació en Buenos Aires, creció como una porteña más al igual que sus padres y en algún momento se sintió lejos de las tradiciones ancestrales, decidió encarar un viaje que le cambiaría la vida. Un viaje que fue un primer paso. Una forma de entender el mundo llamada chadô, el camino del té.

Sobre ese momento, sobre otros viajes familiares a Japón, sobre lo que representa la ceremonia del té, sobre el vínculo con su abuela Emiko –la mujer que le transmitió esta práctica con entusiasmo y sin presiones–, y sobre todo lo que rodea a este rito tan particular de la cultura japonesa escribió la autora en su reciente libro El viento entre los pinos. Un ensayo acerca del camino del té (Fiordo, 2022).

La particularidad de este libro es que logra, con simpleza, combinar la memoria personal con una mirada sobre lo que implican los rituales en la actualidad. Lejos del vértigo, casi a contramano, la escritora ofrece un relato minucioso que invita a observar cada detalle por minúsculo que parezca (cómo se disponen las flores que acompañan el rito, la purificación de los elementos que se utilizan, la selección de los kimonos, los cuencos y la caligrafía de algunos objetos dispuestos en el lugar donde se celebra el encuentro, por citar algunos ejemplos). Y lo hace con un tono alejado de lo asertivo, sin intenciones de dar una lección: en todo caso, lo logra a partir de hacerse ella misma algunas preguntas sobre la meditación, la introspección, la idea de compartir con otros y sobre todo la importancia de apreciar lo que nos rodea con todos los sentidos. Como una buena taza de té, la escritora convierte así su escritura en una especie de refugio, construido con palabras, con escenas de su propia vida familiar, con el costado más intangible de una herencia. Hace unas semanas entrevisté a la autora de este libro sencillo y muy hermoso. Les dejo por acá la nota que salió en elDiarioAR.

El ensayo El viento entre los pinos, de Malena Higashi, salió por Fiordo Editorial. Por aquí, una entrevista con la autora.

Banda sonora.  No hay una explicación muy coherente esta vez. O sí: haciendo un repaso de las canciones que más escuché este año, noté que muchas de ellas tenían en la letra, en el título o en sus alrededores a la Luna como motor. Así que, con temas que van desde el indie pop hasta la cumbia pegadiza, pasan por el rock argentino, por el blues y siguen, se suman varias a la banda sonora de Mil lianas. Nuestro termo musical y compartido, claro.

Ya que en esta entrega todo tiene que ver con el número 100, les dejo por acá la lista que armó Pitchfork, una referencia ineludible del periodismo musical que más me interesa –ese que es ñoño, bien escrito, desprejuiciado– con las 100 mejores canciones del año. Hay de todo un poco, pero vale la pena. Sobre todo para revisar algunas cosas nuevas de viejos conocidos o para empezar a escuchar nuevas voces (no viene mal, a veces, visitar otras veredas o meterse en otros frascos, aunque sea por un rato). 

Posdata. Aprovecho el número redondo para saludar a todas las personas que con cariño leen, comentan, me escriben y me comparten cosas a partir de lo que leen en este espacio. ¡Gracias por tanto!

¡Hasta la próxima!

AL

Mil lianas también se puede leer como newsletter. Para recibirlo por correo electrónico cada viernes pueden suscribirse por acá.

Uno. Diciembre es el mes de la hipérbole (demasiado calor por acá, frío cada vez más doloroso por allá). Un extremo ahí donde algo parece terminar, un tiempo que habilita exageraciones, desbordes, desmesuras. Diciembre es el mes de la compuerta que se abre, del dictamen, de ponerse un poco asertivos. Una temperatura. Incluso cuando el año todavía no terminó, los medios se disponen a elegir discos, películas, libros, series, personajes que de alguna manera representan los meses que pasaron. De un tiempo a esta parte, también los diccionarios eligen la palabra del año. El gesto no deja de ser simpático: buscar un término que aglutine eso que no se puede decir del todo pero que se olfatea, una contención ante lo irrefrenable, una mano para parar una catarata. Como ir por la ruta un día de calor y querer llegar a esos manchones que a poca distancia parecen charcos y que, a medida que nos acercamos, se evaporan, se vuelven inalcanzables, se proyectan más lejos todavía. Un intento una y otra vez por nombrar, una inercia fallida en la superficie más escurridiza posible: el lenguaje.

Dos. En estos días, tres de los diccionarios más importantes de lengua inglesa eligieron los términos que signaron, de acuerdo a distintos criterios de selección, los días de 2022. Algo curioso, algún tipo de señal, sospecho: ninguno de los tres seleccionó una palabra entera, cerrada o completa, digamos, sino que fueron por términos compuestos que engloban estados de ánimo, desazones, inquietudes que no son simples de encasillar. Palabras fugitivas, sensaciones patinosas.