Amantes atrapados en Tokio, los fetiches de Mariana Enriquez

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Uno. El comienzo de Antigo Nick, la traducción –o mejor, la relectura, la versión, la vuelta: un traspaso– que hizo la poeta canadiense Anne Carson de Antígona, de Sófocles. (Una edición preciosa y bilingüe acaba de salir por el sello chileno La Pollera y se consigue por estas tierras).

querida Antígona:

tu nombre en griego significa algo así como “contra el nacimiento” o “en

lugar de nacer“

¿qué hay ahí, en lugar de nacer?

no es que queramos entender todo

o incluso entender algo

queremos entender algo más

Dos. Escribir es un tipo muy especial de sonambulismo: atravesar semidormidos el terreno propio. Una duermevela para recorrer a tientas la casa que creemos nuestra. Encuentro por estas horas eso que escribí en un cuaderno hace muchos años y lo transcribo. Escribir es volver, anoto ahora, ir en lugar de nacer; ir por haber nacido, por algo más. ¿Qué hay ahí, en lugar de frenar?

Tres. Los regresos o ¿qué hay ahí, en lugar de repetir? (de paso: una cita de la mismísima Anne Carson, de su Autobiografía de rojo, aparece en los epígrafes de este libro que les voy a comentar a continuación, la transcribo: Reality is a sound you have to tune into). Leo con mucho gusto El otro lado. Retratos, fetichismos, confesiones (Anagrama, 2022) de Mariana Enriquez, lo voy dosificando para que no se me termine, y celebro una decisión que tomó su editora, Leila Guerriero. Es que, al compilar los textos periodísticos de la escritora, decidió apostar a la repetición, dejar uno al lado del otro los que hablan de los mismos personajes, bandas, situaciones, libros o escenas. Un ejemplo: casi al comienzo aparece un texto que Enriquez escribió sobre Bruce Springsteen en 2005 y a continuación, pegadito, otro sobre el mismo músico, pero de 2013 (ocurre algo parecido con Kurt Cobain, Sylvia Plath, distintos tipos de casas misteriosas o la obra de Alejandra Pizarnik: todos vuelven, se parecen y a la vez se complementan). Por eso, lejos de agobiar o de hacer sonar redundante eso que se lee, este mecanismo propone, en la secuencia, una condensación. Lo que entonces aparece, además del repaso de una obra jugosísima, es todo lo que insiste en una vida, en sus distintas variaciones. Eso a lo que siempre está volviendo quien escribe. Pero lejos de la idea de vivencia (literatura y anecdotario, asunto separado). Porque lo que se rescata con este gesto de la editora es una atmósfera que trasciende el tiempo: pasan los gobiernos, queda eso de lo que siempre se puede tironear, ese algo más que se intenta buscar sobre los mismos tres o cuatro asuntos siempre movedizos. 

Cuatro. Se le quemaron los papeles. Lo dice un comentarista deportivo y lo anoto porque es una de esas expresiones que me fascinan. Le pregunto a un amigo que siempre me ayuda con eso de entender algo más. Me dice que está casi seguro de que viene de Lucio V. Mansilla y los ranqueles; el hombre de los libros que ante alguna escena que le resulta inquietante siente que se le prenden fuego cada una de sus palabras. Un incendio y una fuga: sin posibilidad de ese algo más, solo queda dar vuelta la página chamuscada.

Todo esto podría haberse llamado apuntes de un fracaso (o la lista de algunos asuntos que fui juntando para este comienzo y que al final no encajaron del todo, se coagularon, se echaron a perder). Me invade la sensación de haber estado acá más de una vez. Y, cuando digo acá, me refiero a una imposibilidad idéntica –la misma letra después de la misma letra– o casi: el abismo donde cae todo lo que podría haber sido. 

¿Y si no hubiera algo más? ¿Qué hay ahí, en lugar de escribir? Por ahora las preguntas. Y también una nueva edición de Mil lianas, más destartalada que nunca.

1. Un lugar desconocido, de Seicho Matsumoto. Tsuneo Asai es un burócrata Trabaja en un ministerio del gobierno japonés y su vida pareciera estar enfocada en los vericuetos de ese mundo: encontrar las palabras justas, ver de qué modo ascender sin hacer mucho ruido, dar con los contactos adecuados, no sobresalir pero tampoco quedarse cómodo en una sombra eterna. Durante un viaje de trabajo, mientras estaba reunido con empresarios, funcionarios y lobbistas de su rubro, lo sorprende un llamado telefónico al restaurante donde se encontraba. Cuando va a atender le dan una noticia inquietante: su joven esposa, Eiko, murió por una falla cardíaca. 

Desde ese instante, se iniciará para él un movimiento que se parecerá bastante a una pesquisa policial. Convertido en un investigador improvisado, Asai intentará descifrar qué pasó con Eiko. Lo desvela especialmente el lugar donde murió su esposa, un local de venta de cosméticos ubicado en un barrio residencial de Tokio que supuestamente no solía frecuentar. Cree que la mujer tenía algún amante entonces trata de encarar una búsqueda para comprobarlo.

Considerada por los expertos como una de las novelas negras más relevantes de Japón y publicada por primera vez en 1975, Un lugar desconocido (Libros del Asteroide, 2022) fue escrita por Seicho Matsumoto, un referente de este género en su país. El libro, lleno de escenas donde quedan expuestas las contradicciones y las convenciones en extremo rígidas de una sociedad, se va poniendo cada vez más agobiante a medida que la historia avanza. Así, lo que al principio parece la preocupación genuina de un hombre que queda viudo repentinamente y tiene muchas sospechas, con el correr de las páginas y una narración precisa y llena de giros, exhibe una desmesura que terminará de manera sorprendente. 

Un lugar desconocido, de Seicho Matsumoto, salió en español por la editorial Libros del Asteroide.

2. Wisting. Hay series a las que me gusta llamar de transición: esas que vemos con expectativas moderadas, que podemos largar un tiempo y retomar sin sentir que estamos en falta. Las que apelan a cierta fórmula en el relato y, al mismo tiempo, las que por este gesto generoso nos reconfortan: hay una dirección que podemos anticipar y, sin embargo, nos arrastran una y otra vez. Series que nos transportan a paisajes alejados que también nos resultan próximos porque los vimos antes (ambiente rural, nevada sobre los árboles, casas bajas, algún bosque exhibido desde arriba: hecho el dron, hecho el imaginario). Una certeza congelada con intrigas de fondo: habrá algún crimen truculento, habrá cadáveres ocultos en lugares insólitos, habrá policías dispuestos a investigar (probablemente alguno de ellos tenga vínculo directo con el caso actual o algún elemento que lo lleve a conectar lo nuevo con un episodio traumático de su pasado, una muerte lleva indefectiblemente a otras).

La serie noruega Wisting contiene mucho de esto y, en su austeridad, ofrece una historia atractiva. Los asesinatos, esta vez, tienen lugar en un pueblo pequeño (el lugar elegido para las grabaciones fue Larvik, al sur de Oslo). Allí vive y trabaja William Wisting, un policía en apariencia sencillo y eficiente al que le tocará ponerse al hombro un caso que lo sorprende, a medida que van apareciendo restos de personas cruelmente asesinadas, arrojadas en pozos o aljibes. De inmediato se encontrará una pista que unirá lo que ocurre en tierra noruega con un asesino serial de los Estados Unidos que está prófugo, por lo que un equipo del FBI, con la agente Maggie Griffin a cargo, desembarcará para trabajar con Wisting y su gente. Lo que primero será visto como una colaboración entre las dos fuerzas terminará marcando las diferencias de estilo y abordaje entre los estadounidenses con los noruegos (un tipo de enfrentamiento a esta altura casi constitutivo de las series de este estilo, con Bron Broen –una de las más destacadas del llamado nordic noir– y su dupla de investigadores entrañable en la primera temporada, o los de la canadiense Cardinal, entre mis preferidas de siempre). En esa tensión de la pareja despareja estará buena parte del pulso de la historia. Aunque también tiene un rol central Line, la hija de Wisting, que es periodista y querrá, al igual que su padre aunque con métodos distintos, desentrañar el misterio de los crímenes bajo la nieve. 

La serie Wisting está basada en una saga de libros muy populares en su país, escritas por Jørn Lier Horst, un ex policía que se dedicó por mucho tiempo a la investigación de crímenes y que se convirtió, con el tiempo, en uno de los mejores autores escandinavos de novela negra. Por estas latitudes, HBO Max ofrece los diez episodios de la primera temporada.

La primera temporada de la serie Wisting está disponible en la plataforma HBO Max.

3. ¿Hola? Un réquiem para el teléfono, de Martín Kohan. Como les había anticipado acá, por fin entrevisté al escritor Martín Kohan para hablar sobre su último libro, ¿Hola? Un réquiem para el teléfono (Ediciones Godot, 2022). Un objeto que, para algunos, se parece a una pieza de museo. Para otros, no obstante, se aproxima a una época: a ciertas esperas, a ciertas ansiedades, a ciertos vínculos, a cierta fascinación. Porque el teléfono de línea todavía existe aunque se use cada vez menos y, al mismo tiempo, pareciera recordarnos que está por irse en cualquier momento. Una permanencia cada vez más muda que todavía reposa en el living, en el escritorio, en el lugar de trabajo, en el rincón de un bar. Una obstinación que se desvanece. En ese péndulo entre lo que persiste y las escenas que se van disolviendo por el desuso indaga el autor en este ensayo lúcido tanto por sus reflexiones como por su forma.

Presentada en 87 fragmentos, la publicación cruza lecturas agudas del Kohan –en especial de la obra de Walter Benjamin, pero también de textos de Jorge Luis Borges, Manuel Puig, Silvina Bullrich, Dorothy Parker y Sergio Bizzio, entre muchos otros–, con situaciones telefónicas rescatadas en películas, en la televisión (de las bromas de Tangalanga a los insultos que recibía el conductor Miguel Ángel de Renzis), en canciones (de Raffaella Carrà a Chayanne y Charly García) y en la literatura. Un modo súper atractivo de recuperar conversaciones, sin nostalgia, sin duelo. Un movimiento que se dispara desde un ¿hola?, desde la pregunta. Un réquiem en curso, una despedida en la que la palabra todavía circula con toda su potencia: mientras alguien llame, algo seguirá resonando en el oído, a uno y a otro lado de la línea.

Sobre todo esto hablamos con el escritor en la redacción de elDiarioAR. Por acá pueden leer la nota y, quienes quieran escucharlo, por acá les dejo el video con la conversación completa.

El ensayo ¿Hola? Un réquiem para el teléfono, de Martín Kohan, salió por Ediciones Godot. Por aquí, una entrevista con el autor.

Banda sonora. Hablando de réquiems, de esa música que es despedida, esta semana reuní algunas canciones que tienen al adiós incorporado, en su letra o en cierta inclinación. Podrían ser miles, pero bueno, el azar me fue llevando por estos lugares. En el plano internacional, la selección va desde Bye Bye Blackbird (en este caso, por Sarah Vaughan) a Miles Davis, Supertramp, Charles Aznavour, Toquinho, la versión de Antonio Vega de Romance de Curro ‘El Palmo’ (mi preferida) y los Paralamas, entre muchísimos otros. En lo local, el recorrido va de Astor Piazzolla hasta Gustavo Cerati y Gilda, también con estaciones intermedias bien diversas.

Ya que mencionábamos las despedidas, por acá Abel Gilbert le dice adiós a Pablo Milanés en un texto lleno de capas y de datos. No se lo pierdan. Como un homenaje a este gran músico, sumé también algo de su obra a nuestra lista compartida.

Posdata. Sumo una despedida chiquita. Entro a boxes por una semana (pasa en la Fórmula 1, pasa en la vida sin fórmulas: la necesidad de una pausa que nos reacomoda). Nos reencontramos en quince días para celebrar las 100 ediciones de este espacio.

¡Hasta la próxima!

AL

Mil lianas también se puede leer como newsletter. Para recibirlo por correo electrónico cada viernes pueden suscribirse por acá.

Uno. El comienzo de Antigo Nick, la traducción –o mejor, la relectura, la versión, la vuelta: un traspaso– que hizo la poeta canadiense Anne Carson de Antígona, de Sófocles. (Una edición preciosa y bilingüe acaba de salir por el sello chileno La Pollera y se consigue por estas tierras).

querida Antígona:

tu nombre en griego significa algo así como “contra el nacimiento” o “en

lugar de nacer“

¿qué hay ahí, en lugar de nacer?

no es que queramos entender todo

o incluso entender algo

queremos entender algo más

Dos. Escribir es un tipo muy especial de sonambulismo: atravesar semidormidos el terreno propio. Una duermevela para recorrer a tientas la casa que creemos nuestra. Encuentro por estas horas eso que escribí en un cuaderno hace muchos años y lo transcribo. Escribir es volver, anoto ahora, ir en lugar de nacer; ir por haber nacido, por algo más. ¿Qué hay ahí, en lugar de frenar?

Tres. Los regresos o ¿qué hay ahí, en lugar de repetir? (de paso: una cita de la mismísima Anne Carson, de su Autobiografía de rojo, aparece en los epígrafes de este libro que les voy a comentar a continuación, la transcribo: Reality is a sound you have to tune into). Leo con mucho gusto El otro lado. Retratos, fetichismos, confesiones (Anagrama, 2022) de Mariana Enriquez, lo voy dosificando para que no se me termine, y celebro una decisión que tomó su editora, Leila Guerriero. Es que, al compilar los textos periodísticos de la escritora, decidió apostar a la repetición, dejar uno al lado del otro los que hablan de los mismos personajes, bandas, situaciones, libros o escenas. Un ejemplo: casi al comienzo aparece un texto que Enriquez escribió sobre Bruce Springsteen en 2005 y a continuación, pegadito, otro sobre el mismo músico, pero de 2013 (ocurre algo parecido con Kurt Cobain, Sylvia Plath, distintos tipos de casas misteriosas o la obra de Alejandra Pizarnik: todos vuelven, se parecen y a la vez se complementan). Por eso, lejos de agobiar o de hacer sonar redundante eso que se lee, este mecanismo propone, en la secuencia, una condensación. Lo que entonces aparece, además del repaso de una obra jugosísima, es todo lo que insiste en una vida, en sus distintas variaciones. Eso a lo que siempre está volviendo quien escribe. Pero lejos de la idea de vivencia (literatura y anecdotario, asunto separado). Porque lo que se rescata con este gesto de la editora es una atmósfera que trasciende el tiempo: pasan los gobiernos, queda eso de lo que siempre se puede tironear, ese algo más que se intenta buscar sobre los mismos tres o cuatro asuntos siempre movedizos. 

Cuatro. Se le quemaron los papeles. Lo dice un comentarista deportivo y lo anoto porque es una de esas expresiones que me fascinan. Le pregunto a un amigo que siempre me ayuda con eso de entender algo más. Me dice que está casi seguro de que viene de Lucio V. Mansilla y los ranqueles; el hombre de los libros que ante alguna escena que le resulta inquietante siente que se le prenden fuego cada una de sus palabras. Un incendio y una fuga: sin posibilidad de ese algo más, solo queda dar vuelta la página chamuscada.

Todo esto podría haberse llamado apuntes de un fracaso (o la lista de algunos asuntos que fui juntando para este comienzo y que al final no encajaron del todo, se coagularon, se echaron a perder). Me invade la sensación de haber estado acá más de una vez. Y, cuando digo acá, me refiero a una imposibilidad idéntica –la misma letra después de la misma letra– o casi: el abismo donde cae todo lo que podría haber sido. 

¿Y si no hubiera algo más? ¿Qué hay ahí, en lugar de escribir? Por ahora las preguntas. Y también una nueva edición de Mil lianas, más destartalada que nunca.

1. Un lugar desconocido, de Seicho Matsumoto. Tsuneo Asai es un burócrata Trabaja en un ministerio del gobierno japonés y su vida pareciera estar enfocada en los vericuetos de ese mundo: encontrar las palabras justas, ver de qué modo ascender sin hacer mucho ruido, dar con los contactos adecuados, no sobresalir pero tampoco quedarse cómodo en una sombra eterna. Durante un viaje de trabajo, mientras estaba reunido con empresarios, funcionarios y lobbistas de su rubro, lo sorprende un llamado telefónico al restaurante donde se encontraba. Cuando va a atender le dan una noticia inquietante: su joven esposa, Eiko, murió por una falla cardíaca. 

Desde ese instante, se iniciará para él un movimiento que se parecerá bastante a una pesquisa policial. Convertido en un investigador improvisado, Asai intentará descifrar qué pasó con Eiko. Lo desvela especialmente el lugar donde murió su esposa, un local de venta de cosméticos ubicado en un barrio residencial de Tokio que supuestamente no solía frecuentar. Cree que la mujer tenía algún amante entonces trata de encarar una búsqueda para comprobarlo.

Considerada por los expertos como una de las novelas negras más relevantes de Japón y publicada por primera vez en 1975, Un lugar desconocido (Libros del Asteroide, 2022) fue escrita por Seicho Matsumoto, un referente de este género en su país. El libro, lleno de escenas donde quedan expuestas las contradicciones y las convenciones en extremo rígidas de una sociedad, se va poniendo cada vez más agobiante a medida que la historia avanza. Así, lo que al principio parece la preocupación genuina de un hombre que queda viudo repentinamente y tiene muchas sospechas, con el correr de las páginas y una narración precisa y llena de giros, exhibe una desmesura que terminará de manera sorprendente. 

Un lugar desconocido, de Seicho Matsumoto, salió en español por la editorial Libros del Asteroide.

2. Wisting. Hay series a las que me gusta llamar de transición: esas que vemos con expectativas moderadas, que podemos largar un tiempo y retomar sin sentir que estamos en falta. Las que apelan a cierta fórmula en el relato y, al mismo tiempo, las que por este gesto generoso nos reconfortan: hay una dirección que podemos anticipar y, sin embargo, nos arrastran una y otra vez. Series que nos transportan a paisajes alejados que también nos resultan próximos porque los vimos antes (ambiente rural, nevada sobre los árboles, casas bajas, algún bosque exhibido desde arriba: hecho el dron, hecho el imaginario). Una certeza congelada con intrigas de fondo: habrá algún crimen truculento, habrá cadáveres ocultos en lugares insólitos, habrá policías dispuestos a investigar (probablemente alguno de ellos tenga vínculo directo con el caso actual o algún elemento que lo lleve a conectar lo nuevo con un episodio traumático de su pasado, una muerte lleva indefectiblemente a otras).

La serie noruega Wisting contiene mucho de esto y, en su austeridad, ofrece una historia atractiva. Los asesinatos, esta vez, tienen lugar en un pueblo pequeño (el lugar elegido para las grabaciones fue Larvik, al sur de Oslo). Allí vive y trabaja William Wisting, un policía en apariencia sencillo y eficiente al que le tocará ponerse al hombro un caso que lo sorprende, a medida que van apareciendo restos de personas cruelmente asesinadas, arrojadas en pozos o aljibes. De inmediato se encontrará una pista que unirá lo que ocurre en tierra noruega con un asesino serial de los Estados Unidos que está prófugo, por lo que un equipo del FBI, con la agente Maggie Griffin a cargo, desembarcará para trabajar con Wisting y su gente. Lo que primero será visto como una colaboración entre las dos fuerzas terminará marcando las diferencias de estilo y abordaje entre los estadounidenses con los noruegos (un tipo de enfrentamiento a esta altura casi constitutivo de las series de este estilo, con Bron Broen –una de las más destacadas del llamado nordic noir– y su dupla de investigadores entrañable en la primera temporada, o los de la canadiense Cardinal, entre mis preferidas de siempre). En esa tensión de la pareja despareja estará buena parte del pulso de la historia. Aunque también tiene un rol central Line, la hija de Wisting, que es periodista y querrá, al igual que su padre aunque con métodos distintos, desentrañar el misterio de los crímenes bajo la nieve. 

La serie Wisting está basada en una saga de libros muy populares en su país, escritas por Jørn Lier Horst, un ex policía que se dedicó por mucho tiempo a la investigación de crímenes y que se convirtió, con el tiempo, en uno de los mejores autores escandinavos de novela negra. Por estas latitudes, HBO Max ofrece los diez episodios de la primera temporada.

La primera temporada de la serie Wisting está disponible en la plataforma HBO Max.

3. ¿Hola? Un réquiem para el teléfono, de Martín Kohan. Como les había anticipado acá, por fin entrevisté al escritor Martín Kohan para hablar sobre su último libro, ¿Hola? Un réquiem para el teléfono (Ediciones Godot, 2022). Un objeto que, para algunos, se parece a una pieza de museo. Para otros, no obstante, se aproxima a una época: a ciertas esperas, a ciertas ansiedades, a ciertos vínculos, a cierta fascinación. Porque el teléfono de línea todavía existe aunque se use cada vez menos y, al mismo tiempo, pareciera recordarnos que está por irse en cualquier momento. Una permanencia cada vez más muda que todavía reposa en el living, en el escritorio, en el lugar de trabajo, en el rincón de un bar. Una obstinación que se desvanece. En ese péndulo entre lo que persiste y las escenas que se van disolviendo por el desuso indaga el autor en este ensayo lúcido tanto por sus reflexiones como por su forma.

Presentada en 87 fragmentos, la publicación cruza lecturas agudas del Kohan –en especial de la obra de Walter Benjamin, pero también de textos de Jorge Luis Borges, Manuel Puig, Silvina Bullrich, Dorothy Parker y Sergio Bizzio, entre muchos otros–, con situaciones telefónicas rescatadas en películas, en la televisión (de las bromas de Tangalanga a los insultos que recibía el conductor Miguel Ángel de Renzis), en canciones (de Raffaella Carrà a Chayanne y Charly García) y en la literatura. Un modo súper atractivo de recuperar conversaciones, sin nostalgia, sin duelo. Un movimiento que se dispara desde un ¿hola?, desde la pregunta. Un réquiem en curso, una despedida en la que la palabra todavía circula con toda su potencia: mientras alguien llame, algo seguirá resonando en el oído, a uno y a otro lado de la línea.

Sobre todo esto hablamos con el escritor en la redacción de elDiarioAR. Por acá pueden leer la nota y, quienes quieran escucharlo, por acá les dejo el video con la conversación completa.

El ensayo ¿Hola? Un réquiem para el teléfono, de Martín Kohan, salió por Ediciones Godot. Por aquí, una entrevista con el autor.

Banda sonora. Hablando de réquiems, de esa música que es despedida, esta semana reuní algunas canciones que tienen al adiós incorporado, en su letra o en cierta inclinación. Podrían ser miles, pero bueno, el azar me fue llevando por estos lugares. En el plano internacional, la selección va desde Bye Bye Blackbird (en este caso, por Sarah Vaughan) a Miles Davis, Supertramp, Charles Aznavour, Toquinho, la versión de Antonio Vega de Romance de Curro ‘El Palmo’ (mi preferida) y los Paralamas, entre muchísimos otros. En lo local, el recorrido va de Astor Piazzolla hasta Gustavo Cerati y Gilda, también con estaciones intermedias bien diversas.

Ya que mencionábamos las despedidas, por acá Abel Gilbert le dice adiós a Pablo Milanés en un texto lleno de capas y de datos. No se lo pierdan. Como un homenaje a este gran músico, sumé también algo de su obra a nuestra lista compartida.

Posdata. Sumo una despedida chiquita. Entro a boxes por una semana (pasa en la Fórmula 1, pasa en la vida sin fórmulas: la necesidad de una pausa que nos reacomoda). Nos reencontramos en quince días para celebrar las 100 ediciones de este espacio.

¡Hasta la próxima!

AL

Mil lianas también se puede leer como newsletter. Para recibirlo por correo electrónico cada viernes pueden suscribirse por acá.

Uno. El comienzo de Antigo Nick, la traducción –o mejor, la relectura, la versión, la vuelta: un traspaso– que hizo la poeta canadiense Anne Carson de Antígona, de Sófocles. (Una edición preciosa y bilingüe acaba de salir por el sello chileno La Pollera y se consigue por estas tierras).

querida Antígona: