Fraude asombroso, los mandamientos de Charly García

La película "La caída", de la cineasta argentina Lucía Puenzo, es uno de los elegidos de Mil lianas esta semana.

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Veinte. Circuló en las redes, una vez más, un texto de Charly García. Esas palabras que se vuelven eco y que, por el don particular de quien las escribe, tienen la habilidad de disolver el tiempo. Retumban ayer o hace un rato; se pueden leer mañana o dentro de un siglo: una verdad resonante. Esta vez, sus veinte mandamientos para hacer canciones. Salió por primera vez en el suplemento Radar, del diario Página/12, en 2007, y acompañaba una nota sobre el libro Antología del rock argentino (la historia detrás de cada canción), de la periodista Maitena Aboitiz (de paso: un libro precioso). “Componer es matemática pura. A mí me interesa la fórmula” es el segundo mandamiento de Charly García, el que iría en lugar del consabido no tomar el nombre de Dios en vano. Anoto también el noveno: “Para componer, hay que empezar por la infancia: recordar una gran canción y tratar de hacer una igual. Parte de la melodía de Desarma y sangra la hice a los doce años. Todo está atrás, cuando eras chico”. El resto de lo que se viralizó, por acá.

30 millones. “En los tempranos 80, aparecer en People era como volverse viral. Teníamos 30 millones de lectores”, cuenta un editor de la revista estadounidense y lee partes de la entrevista que le hicieron a una de las mayores estrellas musicales de su país, Tina Turner. Salió el 7 de diciembre de 1981. 

“Viví 16 años con un hombre con el que sabía que nunca sería feliz. Pero pensaba que debía quedarme ahí. Tienes que creerme lo que cuento: mi ex marido era muy violento, básicamente viví la tortura con él. Mucha gente no lo sabe y tal vez en tu revista esto se haga público por primera vez. Yo estaba muerta en vida. Yo no existía. Pero sobreviví”, revela la mujer que a fuerza de canciones poderosas, según se cuenta en el documental Tina, vendió más de 100 millones de discos alrededor del mundo (abajo, si se quedan, les cuento más). Las imágenes son contundentes: no paró de moverse en cada escenario al que se subió.

Noventa y cinco. “Hay algo espiritual en los albatros. Al pasar 95 por ciento de su vida sobre el mar abierto, viven de manera tan distinta a la nuestra –y, de hecho, a la mayoría de los animales del planeta– que es difícil concebir que estas aves incluso respiren el mismo aire que nosotros”, apunta el ornitólogo estadounidense Noah Strycker en su maravilloso libro Esa cosa con plumas. La sorprendente vida de las aves y lo que nos revela sobre la condición humana (Fondo de Cultura Económica, 2022). De la exhaustiva colección de aves que aparece en el texto, me quedo con este animal. Tal vez porque es el más inquieto de todos, como subraya el autor: un corazón errante con una temporalidad propia.

Todo es cifra, es impacto, es récord para esta especie: “Los albatros errantes, poseedores de la mayor extensión de alas de todas las aves voladoras –cerca de 3.6 metros de punta a punta– pueden recorrer varios centenares de kilómetros en un día”, cuenta Strycker, que calcula que en promedio estas aves viajan unos 170 mil kilómetros anuales, mientras vuelan sobre los lugares más hostiles y enfrentan climas durísimos. El investigador sostiene que en la vida de un albatros “la paciencia lo es todo”: tras salir del cascarón, se quedan solos durante nueve meses completos, “la mayor parte del tiempo en callada contemplación, pues no tienen hermanos” y los padres, errantes también, están volando para buscar alimento. De grandes, los tiempos parecen estirarse todavía más: como pasan gran parte de la vida sobre el mar, “habrán de transcurrir 15 años para que los albatros aniden por primera vez”. “A partir de entonces (...) permanecerán fieles como pareja hasta que uno de los dos muera, para lo cual pueden transcurrir otros 50 años. Hay quienes creen que los albatros pueden alcanzar los 100 años de vida, pero no podemos saberlo porque nadie los ha estudiado durante tanto tiempo”, explica Strycker y destaca la firmeza de estos pájaros, considerados de buen augurio entre los marineros. “Se necesita algo más que un huracán para perturbar a un albatros”, concluye.

8 mil millones. Esta semana nació Damián, el habitante 8.000 millones del planeta. Pesó 2,77 kilos y midió 52 centímetros. Un bebé y su nido. Una luz que se enciende ahí mismo, en el número redondo. Una cifra que no para de crecer: acá se puede ir viendo en vivo el conteo de humanos en el mundo (llegué hasta ahí gracias al newsletter de Tomás Aguerre en Cenital).

Según las proyecciones de la ONU, se trata de un aumento sin precedentes de la población mundial, que se duplicó desde mediados de la década del ‘70.

Dieciocho. Recorro encantada los poemas del libro Yo era un cuadro (Editorial Bajo la luna, 2022) de Horacio Zabaljáuregui. Se suceden escenas de lo que en varias líneas se llama “los años de la insolación”, los ‘70. Me quedo en ese calor un poco hipnótico que está volviendo en cada página, que quemó y que ahora arde de lejos, como una llama en la memoria. “Yo tenía dieciocho;/era un zahorí de los rápidos/en los años de la insolación”, arranca y pienso que cada uno tiene sus propios tiempos dorados. Más brillantes, más corrosivos: un clima que insiste adentro. Apunto estas líneas de otro poema del libro. 

Años luz de nadie.

No se ve venir;

en la hora del ahora

ese esplendor sin sombra:

la caída libre,

la historia,

la falla,

el viento que trae

y te lleva puesto.

No encuentro palabras, son días de números. O, mejor dicho, de cuentas: regresivas, pendientes, finales, en rojo. De lo que falta, de lo que viene, de lo que está cerca o muy lejos, atrás o adelante. Una abstracción que me pesa cada vez más en el cuerpo, una espera numerada: la ondulación del tiempo.

No encuentro palabras, son días en los que busco lianas. Tres, cuatro o mil. 

Los dejo con una nueva edición de este desvarío semanal (anoten: la número 98).

1. La caída, de Lucía Puenzo. Con toda destreza, Mariel se tira a la pileta desde una altura impactante. Es clavadista olímpica. Sin embargo, pese a esa disciplina que eligió y la hace zambullirse todos los días al agua con la precisión de una flecha, pareciera estar siempre a punto de ahogarse. En esa opresión, en esa asfixia indaga la película La caída, de la cineasta argentina Lucía Puenzo, para desplegar una trama de abusos, silencios y complicidades que tiene lugar entre lo más destacado del deporte de México. 

Con elementos que están basados en una historia real, La caída tiene en el centro a una deportista de élite que sobresale y que, cada vez que está por llegar a lo máximo en un terreno lleno de presiones, sufre algún traspié o no termina de concretar lo que busca. Algo no termina de cerrar. En el presente del relato, después de años de medallas, de logros desde que es una niña, de competencias por casi tres décadas, Mariel se prepara para competir en los Juegos Olímpicos de Atenas, seguramente los últimos de los que participará. En un entrenamiento, su compañera de dupla se lesiona y de inmediato Braulio, su entrenador histórico, sale a buscar una reemplazante. Enseguida el hombre, de confianza de Mariel y su familia, casi un integrante más, elige a Nadia, una chica de apenas 15 años con talento y ganas de descollar.

Será a partir de la llegada de esta joven que Mariel, interpretada de manera deslumbrante por la actriz Karla Souza, quien además debió trabajar duramente en su entrenamiento para el papel, empezará a indagar sobre su pasado, a recordar, a atar cabos. Hay un espejo y una inquietud que se volverá extrema cuando la madre de Nadia denuncie a Braulio por haber abusado sexualmente de su hija.

Contada con una sutileza enorme, con una cámara concentrada en las tensiones de esos cuerpos y en eso indecible que sofoca, de La caída participa un elenco mexicano destacado frente a cámara y un equipo técnico que tiene a varios argentinos de gran talento detrás. Una historia contundente, que inquieta y a la vez apuesta por la agudeza sin subrayados.

La película La caída, de Lucía Puenzo, está disponible en la plataforma Amazon Prime Video.

2. Lance, de Marina Zenovich. “¿Sentís que querés volver a ser relevante?”, lanza la directora. La voz se escucha inquisidora, un poco inquieta, con la cuota de sospecha justa, un ímpetu que la lleva a indagar en el entrevistado. Él, aunque es un hombre que cayó en desgracia, que está lejos del ídolo que supo ser, que protagonizó uno de los mayores escándalos de la historia del deporte profesional, no tiene el aspecto de alguien abatido. Su fraude parece menor, como si el tiempo lo hubiera disuelto. La pregunta, de hecho, lo potencia, le hace encender una chispa: sus ojos celestes se inundan de un brillo nuevo, estridente, helado.

“Esto va a sonar horrible, pero yo soy relevante. Lo soy”, contesta con una media sonrisa.

El que habla es el ciclista estadounidense Lance Armstrong en una de las escenas del notable documental Lance que la cineasta Marina Zenovich realizó en 2019 para la señal deportiva ESPN y que en la actualidad está disponible en plataformas de streaming (en la Argentina, se puede ver en Star+). Una realizadora reconocida por su tarea como documentalista y como retratista de personajes célebres y complejos como el actor Robin Williams, el comediante Richard Pryor y el cineasta Roman Polanski. En el caso del deportista, estuvo cerca de él casi dos años y esa proximidad, por el tipo de declaraciones que consigue, le dio buenos resultados.

Por estos días vi los dos episodios del trabajo de Zenovich, donde no solamente habla Armstrong sino que aparecen también sus rivales, sus ex compañeros de equipo, las personas con las que trabajó, su familia y quienes se sintieron defraudados por sus mentiras casi una década después del escándalo.

Esto me ayudó a trazar un perfil del deportista –una leyenda en su disciplina, el tipo que ganó siete veces seguidas el Tour de France– y entonces lo sumé a esta colección medio exótica que voy armando con grandes impostores de todos los tiempos.

Los dos episodios del documental Lance, de Marina Zenovich, están disponibles en la plataforma Star +. Más sobre la historia de Lance Armstrong, en este enlace. Otras historias de grandes impostores de todos los tiempos, por acá.

3. Tina. Por fin llegó a nuestro hemisferio, por fin podemos ver –y sin pecar– este documental impresionante que ahora desembarcó en el menú local de la plataforma de HBO Max. Como les conté por acá, apenas se estrenó Tina, el largometraje dirigido por Dan Lindsey y TJ Martin dedicado a la figura de Tina Turner, fue todo un suceso. La película tuvo su estreno en el Festival de Cine de Berlín de 2021 y apenas HBO la lanzó en el hemisferio norte, superó el millón de vistas en todas las plataformas de la empresa y se convirtió en un récord.

Lo interesante de esta biografía cinematográfica de la cantante es que no se queda solamente con las escenas más duras que debió vivir (especialmente al lado de su primer esposo, Ike Turner, que era violento con ella) sino que va mostrando, a partir de un trabajo excelente de archivo, el paso a paso, no siempre fácil, que la llevó a la consagración.

Son las imágenes de los años ‘60 y ‘70 –con la artista dando muestras de un talento arrasador para el rock, el soul y el rhythm and blues arriba de cualquier escenario, esa voz que es un tanque de guerra, que suena como arrancada de un cuerpo que no para de moverse– las que van configurando un sedimento. Un camino hacia la estrella pop que resucitó después, a partir de los ‘80. 

El documental Tina está disponible en la plataforma HBO Max.

Banda sonora. “No es difícil de entender/todo esto se va a perder/tantas cosas buenas/derrumbándose a la vez”, canta el líder de Él Mató a un Policía Motorizado en Tantas cosas buenas, el nuevo single que la banda hizo circular por estos días (por acá cerca les dejo el video). Se trata de un tema que formará parte del próximo disco del grupo, grabado en los Estados Unidos, que ofrece un sonido novedoso, tal vez más límpido del que nos tenían acostumbrados. Y estamos de acuerdo: se derrumban cosas buenas, sí, y tal vez sea por eso que necesitamos más que nunca algunos refugios. Como esta lista compartida a la que se suma esta canción, mientras esperamos que vengan otras.

Hay más. Leí por estos días que Joni Mitchell (una favorita de este espacio, como podrán ver por acá), confirmó que está trabajando en la producción de un disco en vivo. Se lo contó a Elton John, que tiene una especie de programa musical llamado Rocket Hour y se puede ver por acá. Sumo canciones de los dos, ya que estamos.

Esquela para que no se duerman (ejem, valga el doble sentido): por el cumpleaños 80 de Martin Scorsese, en varios cines argentinos van a proyectar Taxi Driver remasterizada. Agrego de paso I Still Can’t Sleep de la banda sonora de Bernard Herrmann y me pongo de pie mientras tipeo.

Por último, en unas horas empieza el Mundial y con él, además de jugadas, festejos, rabias o euforias de todo tipo, llegan sus sonidos. Desde 1962 cada edición de la competencia tiene su canción (pueden escuchar y repasar todas por acá). Puse en nuestra banda de sonido colectiva Un’Estate italiana, de 1990, quizá el mejor tema mundialista de todos los tiempos.

Abrazo de gol y hasta la próxima.

AL

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