El ciclista más famoso y un mecanismo de trampas brutal para batir récords: sangre, libro best-seller y mentiras en TV

El estadounidense Lance Armstrong fue una leyenda del ciclismo profesional.

“¿Sentís que querés volver a ser relevante?”, lanza la directora. La voz se escucha inquisidora, un poco inquieta, con la cuota de sospecha justa, un ímpetu que la lleva a indagar en el entrevistado. Él, aunque es un hombre que cayó en desgracia, que está lejos del ídolo que supo ser, que protagonizó uno de los mayores escándalos de la historia del deporte profesional, no tiene el aspecto de alguien abatido. La pregunta, de hecho, lo potencia, le hace encender una chispa: sus ojos celestes se inundan de un brillo nuevo, estridente, helado.

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“Esto va a sonar horrible, pero yo soy relevante. Lo soy”, contesta con una media sonrisa.

El que habla es el ciclista estadounidense Lance Armstrong en una de las escenas del notable documental Lance que la cineasta Marina Zenovich realizó en 2019 para la señal deportiva ESPN y que en la actualidad está disponible en plataformas de streaming (en la Argentina, se puede ver en Star+ y en Apple TV+). Una directora reconocida por su trabajo como documentalista y como retratista de grandes personajes populares y complejos.

En este caso, decidió encarar a uno que, forzado a retirarse de las carreras agotadoras, los entrenamientos duros, las demandas de un mundo exigente del que se quedó afuera por haber hecho trampa a lo largo de al menos una década, siente que todavía tiene mucho para decir.

Por muchos años, Lance Armstrong fue el hombre récord del ciclismo internacional, el legendario deportista que ganó siete veces seguidas el Tour de France –el mayor desafío para esa disciplina–, y todo tipo de carrera que encaraba. El mimado por los programas de televisión y las marcas que lo elegían como emblema, el referente del esfuerzo y la dedicación. El que salía en las tapas de revistas de los ‘90 por su gran desempeño y también por sus romances (el más destacado, con la cantante pop Sheryl Crow). El que, cuando estaba por llegar a la cúspide, debió alejarse un tiempo del deporte porque le detectaron un cáncer de testículos que fue arrasador; el que sobrevivió y volvió a las carreras luego de los tratamientos, el que escribió un libro que se convirtió en un fenómeno de ventas por su mensaje de aliento a las personas con todo tipo de enfermedades, el que fue señalado como una “inspiración” para miles de jóvenes alrededor del planeta porque abrió una fundación para la lucha contra el cáncer y también contra sus estigmatización.

Hasta que en 2012 ese universo consolidado, entre el brillo, el dinero y el éxito profesional, tembló hasta derrumbarse.

LOS COMIENZOS

Lance Edward Armstrong nació el 18 de septiembre de 1971 en Plano, Texas. Linda, su madre, era una adolescente cuando lo tuvo, junto con un hombre que pronto los abandonó. Tiempo después, la joven conoció a Terry Armstrong, quien se casó con ella, adoptó al pequeño Lance y le dio su apellido. El vínculo, sin embargo, nunca fue bueno.

En el documental Lance, de hecho, el hombre admite no haber sido cariñoso con el pequeño y haber sido muy exigente con cuestiones muy simples de la vida cotidiana: un cajón que quedaba abierto podía desatar una ira explosiva a Terry. También para el deporte, el padre por adopción imponía todo el rigor.

De grande, el deportista señalaría en su autobiografía: “La única cosa importante que hay que saber de mi infancia es que nunca tuve un padre de verdad, aunque no he perdido el tiempo lamentándome por esto”. La madre, que luego se divorció de Armstrong, sí fue clave en la crianza y en el camino que terminó eligiendo su hijo. Era la que lo incentivaba para que practicara deportes, lo acompañaba, lo alentaba.

Armstrong comenzó su camino deportivo en el agua: con 12 años fue miembro del equipo de natación de su pueblo y de a poco empezó a lucirse en los torneos. Hasta que vio un día un anuncio que convocaba a participar de un triatlón –esas competencias que combinan nado, ciclismo y maratón– y, aunque no tenía experiencia en el rubro, se inscribió. Su carrera, a partir de ese momento, cambió para siempre.

A finales de los ‘80, Armstrong era un adolescente que se lucía en carreras destacadas de Texas y se iba convirtiendo, desafío tras desafío, en un atleta profesional. En el documental de ESPN confesó que, cuando daba esos primeros pasos en el deporte, hizo la primera de las trampas de su trayectoria: como no había llegado a cumplir los 16 años que le exigían para participar de una competición, con ayuda de su madre falsificaron sus documentos y con esa mentira pudo competir.

Comenzada la década del ‘90, según reveló en algunas entrevistas, eligió quedarse con el ciclismo. Era la disciplina que más lo entusiasmaba y la que, en poco tiempo, lo llevó a viajar por el mundo. El nombre de este joven estadounidense empezaba a sonar, su gesto recio, de gran concentración en lo que hacía, era el comentario entre competidores, periodistas y aficionados.

En la temporada de 1993 logró ganar varias competencias importantes en distintos países de Europa. Hacia 1995, su apellido era sinónimo de eficiencia y gran rendimiento. Lance parecía imparable. Empezaba entonces a ganar buen dinero, a formar parte de equipos competitivos de renombre y a hacer sus primeras inversiones (por esos años, de hecho, mandó a construir una casa imponente a orillas del Lago de Como, en Lombardía, Italia). A veces volvía a los Estados Unidos, donde lo esperaba su madre Linda. Los medios deportivos especializados en ciclismo lo mencionaban con orgullo. En un país en el que los deportistas más destacados se dedicaban al fútbol americano o al básquet, nacía una estrella distinta.

El ascenso de Armstrong parecía imparable hasta que algo completamente inesperado lo sacudió en 1996: durante un chequeo médico le detectaron cáncer testicular. Pronto, también, le anunciaron que su cuadro también incluía metástasis pulmonares y cerebrales. Su vida estaba en riesgo (en su autobiografía el deportista aseguró que uno de sus médicos le dijo por esos días que, por la gravedad del caso, el joven tenía “apenas  40% de probabilidades de sobrevivir”) y debía someterse a un tratamiento bastante agresivo cuanto antes. Entre otras cosas, iba a enfrentar una intervención en el cerebro. La noticia, que llegó a varios medios, impactó a los estadounidenses. La recuperación de Armstrong, lenta pero sin pausa, tuvo lugar en su país: el deportista pasó varias semanas internado y a finales de 1996 anunció que había llegado el último ciclo de quimioterapia. Su salud mejoraba, empezaba a mostrarse en algunos lugares públicos.

PRIMERA VUELTA

El regreso de Lance Armstrong a las competencias fue progresivo. Lo que sí impulsó muy rápidamente apenas salió de la internación fue el desarrollo de un proyecto que en poco tiempo se haría realidad: una fundación para concientizar sobre el cáncer, financiar tratamientos a personas sin recursos económicos, promover investigaciones y también para ayudar a quitarle el estigma a la enfermedad. La llamó primero Lance Armstrong Foundation y luego Livestrong. Con el correr de los años, se hizo muy célebre porque, asociada con una marca de ropa deportiva, lanzó una campaña de concientización mediante unas pulseras de plástico amarillas, que fueron muy populares y se vendieron alrededor del mundo.

En 1998 Armstrong volvió a Europa y participó en algunas carreras importantes. Ganó el Tour de Luxemburgo, llegó entre los primeros puestos en otras competiciones y tanto los miembros de su equipo como los rivales lo veían cada vez en mejor forma. Pero sería 1999 el año de una especie de bisagra: el ciclista, que como dijo más de una vez había “derrotado a la muerte”, ganó su primer Tour de France.

“Espero que este triunfo envíe un mensaje fantástico a todos los sobrevivientes alrededor del mundo”, dijo emocionado al llegar a la meta en París y agregó: “Podemos volver a donde estuvimos antes, e incluso mejor”.

No faltaron, ya en esa instancia, comentarios alrededor de su tratamiento médico y hasta sospechas por su estado físico. Pero él rechazó cualquier tipo de acusación sobre dopaje o uso de sustancias que no estuvieran permitidas. De hecho, en un test dio positivo por el uso de un tipo de corticosteroide que, según se adujo, obedecía a una prescripción previa a la competencia. 

Cuando el nuevo siglo y el nuevo milenio despuntaban, la figura del ciclista, con su historia de recuperación y regreso emotivo, se volvía global. Para entonces ya había publicado su autobiografía It’s Not About the Bike, que se volvió un éxito por su mensaje esperanzador.

Entre las citas más destacadas de la publicación, circuló la siguiente: “El dolor es temporal. Puede durar un minuto, una hora, un día o un año, pero eventualmente va a disminuir o algo distinto va a ocurrir. Si yo abandono, sin embargo, el dolor durará para siempre. Porque esa rendición, incluso el acto más pequeño de abandonar, se queda conmigo”. En otro fragmento de la publicación el ciclista se mostraba contundentemente en contra del uso de drogas, estimulantes y sustancias prohibidas para mejorar el rendimiento deportivo.

En el año 2000 volvió a ganar el Tour de France y lo haría varias veces consecutivas más. Fueron siete las victorias en la competencia francesa. Algunos ciclistas empezaban a acercarse, a querer ganarle terreno, pero las performances de Armstrong seguían superando al resto. Para este momento, el estadounidense era la cabeza del US Postal Service Team, es decir, del equipo sponsoreado por el servicio de correos de su país. En 2002, las autoridades francesas lanzaron una investigación por presunto doping en ese equipo y en otros europeos, pero no encontraron pruebas para una acusación formal. Por esos días, Armstrong fue señalado por otros deportistas por haberse acercado para trabajar y potenciar sus entrenamientos con el médico y preparador físico Michele Ferrari, un experto italiano sobre el que circulaban sospechas del uso de sustancias que no estaban permitidas para mejorar el rendimiento de sus pacientes y que, tiempo después, fue condenado por fraude deportivo.

En 2005, con 33 años y después de ganar el séptimo Tour de France seguido, Armstrong anunció su retiro del deporte. Dijo que quería pasar más tiempo en familia y seguir dedicándose a su fundación. Casi en simultáneo, el medio francés L’Equipe publicó una investigación en la que apuntaba que una serie de muestras de sangre tomadas a Armstrong y los suyos en 1999 habían sido reevaluadas y habían dado evidencias del uso de sustancias prohibidas. Enfurecido, el ciclista negó las acusaciones. En una entrevista con la CNN, de hecho, sostuvo enfático: “Si consideran mi situación, es decir, la de un tipo que regresó prácticamente después de una sentencia a muerte, ¿por qué volvería al deporte a drogarme y poner en riesgo mi vida otra vez? Yo nunca haría eso. No. De ninguna manera”.

Las sospechas, de todos modos, seguían a su alrededor, mientras ex compañeros de equipo del ciclista empezaban a contar sus experiencias ante algunos medios internacionales, como el diario Le Monde, donde hablaron el ex ciclista Frankie Andreu y su esposa, Betsy. La pareja contó que, durante una visita a Armstrong cuando estaba internado tratándose por el cáncer, escucharon que durante un control un médico le preguntaba al deportista si había tomado alguna sustancia prohibida a lo largo de su vida. En la respuesta que escucharon, Armstrong habría admitido que, entre otras, había probado con “hormonas del crecimiento, cortisona, esteroides y testosterona” para mejorar su rendimiento deportivo.

SEGUNDA VUELTA

En 2009, años después de su anunciado retiro, el ciclista decidió volver una vez más a su deporte predilecto. Dijo que lo hacía porque quería seguir mostrando cómo, con el tratamiento correcto y la ayuda médica adecuada, era posible tener una vida activa después del cáncer. En esta temporada terminó tercero en el Tour de France y anunció que la de 2010 sería su última participación en la competencia francesa. Mientras tanto, seguía corriendo en torneos menores de Europa y los Estados Unidos.

En 2010 el ciclista Floyd Landis, que había sido compañero de equipo de Armstrong y el hombre con el que había ganado el Tour de France de 2006, admitió haber usado distintas sustancias prohibidas para mejorar su rendimiento. Alejado del deporte mucho antes por un doping positivo, decidió contar varios detalles sobre un sistema muy aceitado entre los ciclistas en general y los de los Estados Unidos en particular. Armstrong, otra vez, disparó furioso ante la prensa: “Es nuestra palabra contra la de él. Y a mí me gusta nuestra palabra. A nosotros nos gusta nuestra credibilidad. Floyd perdió su credibilidad hace mucho tiempo”.

Los testimonios contra el ciclista, sin embargo, se seguían multiplicando. Sin embargo, eran muchos los que afirmaban que nadie terminaba de investigarlo por su gran influencia en el ambiente del ciclismo. En 2011 Armstrong anunció su retiro definitivo y, un año después, comenzaron formalmente las acusaciones en su contra. Primero fue en la justicia estadounidense, donde se abrió un proceso contra él y contra el equipo del US Postal Service, en los tribunales de Los Ángeles que, sin embargo, no llegó a ninguna conclusión con las pruebas que tenían. Los acusaban de abuso y tráfico de sustancias ilegales.

Para ese mismo momento, sin embargo, el deportista fue investigado por la Anti-Doping Agency (USADA) y después de meses de acumulación de testimonios y pruebas de todo tipo, el veredicto fue contundente. En un informe realizado por expertos de la entidad, se llegó a la conclusión de que Armstrong y su equipo habían utilizado por años “el sistema más sofisticado, profesionalizado y exitoso de dopaje que el deporte jamás ha visto” con sustancias y también mediante la transfusión de sangre que permitía adulterar resultados y saltear muchas veces controles. El informe elaborado por los profesionales tenía más de 1000 páginas, e incluía las declaraciones de 26 personas, entre ellas 11 ex compañeros del ciclista. La USADA entonces compartió esta información con la Unión Ciclista Internacional (UCI), quienes de inmediato decidieron sancionar con dureza al ciclista. Además de obligarlo a devolver las siete medallas del Tour de France, de quitarle todos los títulos profesionales que obtuvo desde finales de los ‘90, Armstrong recibió un castigo de por vida: ya no podría desempeñarse en ninguna competencia profesional. Fue unánime, también, el veredicto entre los aficionados: se trataba de uno de los mayores fraudes de la historia del deporte. Lance y su familia se instalaron un tiempo en Hawaii para evitar el contacto de la prensa, que estaba impactada con la noticia y ansiosa por hablar con el protagonista.

Mientras los contratos con sponsors se caían, las marcas se querían alejar a toda costa de su imagen y la credibilidad de su fundación se ponía cada vez más en cuestión –de hecho, con el paso del tiempo, corrieron a Lance de la presidencia y Livestrong siguió sin él– el deportista decidió darle una entrevista a la presentadora Oprah Winfrey en 2013. Fue uno de esos programas que paralizan un país. Sentados frente a frente, Armstrong admitió todo, dijo que había incurrido en numerosas faltas y lagrimeó cuando quiso contar cómo había repercutido todo el escándalo en su familia.

Casi una década después, el ciclista empezó de a poco a volver a la vida pública. Brindó algunas entrevistas, aceptó que la cineasta Marina Zenovich se metiera en su intimidad y lo grabara a lo largo de dos años para su documental, conduce el podcast sobre ciclismo The Move y volvió como comentarista del Tour de France para la NBC en 2019.

A la vez, no faltaron voces que, diez años después de la polémica, salieron a buscarle matices a la historia. El estadounidense David Walsh, uno de los periodistas que siguió el caso, por ejemplo, reflexionó sobre la contundencia de la condena contra Armstrong. 

“En aquel momento no aprecié la crueldad con la que la USADA expuso a Armstrong como un tramposo ni comprendí la gravedad del castigo. Le quitaron sus siete victorias en el Tour de Francia y lo suspendieron de por vida. Por la misma infracción, sus compañeros de equipo fueron condenados apenas a seis meses. Ellos habían ayudado a revelar cosas, él no lo hizo nunca”, señaló Walsh en The Times.

Con vehemencia, en el documental que cuenta su vida, Armstrong asegura que, pese a la enorme pérdida económica y a que su vida dio un vuelco notable, “no cambiaría nada”.

“Ahora trabajo por mi cuenta”, dice a cámara y muestra los dientes. “De alguna manera necesitaba un verdadero desastre nuclear y lo conseguí”.

AL

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