Volcanes ocultos en la cocina, juego de gemelas

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El primero dentro de una serie de desvelos: algunas escenas de la película que vi a la tarde insisten a la madrugada. El protagonista se llama Andy y está roto desde el comienzo. Se lo ve llegando tarde al trabajo, la cara desencajada, una discusión telefónica, seguramente con alguien de su familia; el recordatorio, una vez más, de que vive en falsa escuadra. Hasta que corta, deja atrás el murmullo de la calle, abre la puerta y la luz cambia y también lo cambia: aparecen las mesas, los empleados y los comensales de un restaurante –de esos cancherísimos, en este caso en Londres–: entendemos ahora que él es la persona a cargo, el chef. 

Como el director decidió contar la historia en una cadena de planos secuencia, la película va a mostrar a lo largo de una hora y pico a Andy en una especie de peregrinación vertiginosa entre el salón, la cocina y las distintas trastiendas que tiene el lugar. Los lugares radiantes donde la gente sonríe y come se oscurecen más frente a las penumbras del depósito o los espacios de trabajo. Es en ese prende y apaga, en ese momento exacto en el que Andy atraviesa las fronteras, donde aparece una señal: hasta en el universo más cool, ahí donde todo se pretende liviano, perfectamente podría esconderse un volcán (vale como una suerte de post-it ñoño esto que escribió Tobías Schleider aka @ElTopoErudito por acá: “la calma es tormenta agazapada”). 

La gran interpretación del actor Stephen Graham (de él hablamos por acá y es una especie de favorito de esta casa virtual) deja en primer plano esas contradicciones, propias de su personaje y propias, también, del ámbito de la gastronomía de supuesto prestigio y exigencia. Sin freno ni posibilidad de cortes –las cocciones tienen sus particularidades, los platos deben que salir en un momento estipulado, con los ingredientes precisos– Andy, que por momentos quiere apelar a un carisma abollado por el paso del tiempo y la acumulación de problemas, se presta al juego de la impostura: esboza una sonrisa frente a un cliente, da un paso y apenas llega a un rincón sin testigos pispea el teléfono, toma alcohol o alguna sustancia, se seca la cara tirante por todo eso que le pasa y no nombra.

Ya vestido con el atuendo correspondiente a su rol, el chef se enfrenta con una sucesión de incendios: desde una inspección que no sale como esperaba hasta la presencia de alguien que le cae mal y va a hacer una reseña del restaurante. También debe enfrentarse, cada vez más destartalado, con lo que le traen quienes trabajan a sus órdenes; un catálogo de personas que bien podría representar ese zumbido de fondo, ese rumor a medias que rodea cualquier ámbito laboral: la dueña que no está a la altura de las circunstancias y enchincha a varios, los veteranos con el hartazgo en los ojos, los que fingen demencia, casi mudos, pero cuchillo en mano; los más jóvenes que prefieren bromear, poner la mente en blanco y planear lo que van a hacer a la salida, la cocinera-mano-derecha de Andy que se concentra en la acción para no pensar en que está cada día más harta de salvar cosas del fuego, de sostener un esquema imposible.

Un hastío por otro, como en una cinchada. Y, en el medio, el caos de Andy, su siga siga frente a los demás mientras se hunde y los arrastra. Alguien le va a recordar, muy sigilosamente, que no es el único que carga con alguna fisura pero sí el que tiene una responsabilidad mayor por el papel que ocupa. Que nadie tiene el monopolio del dolor, que rotos, –jefes, ayudantes, principiantes, dueños– más o menos estamos todos. Pero como el chef, incluso en el desborde más extremo, prefiere no escuchar, el resto intenta salvar lo poco que queda con lo que tiene a mano. La negación es una coreografía, el paso a paso de un minué, un choque de silencios que aturden: eso que alguien pretende ocultar y eso que los demás sospechan hasta que callan.

No voy a contarles cómo termina la historia, mientras sigo con estas imágenes que volvieron en el desvelo (el insomnio y su estruendo: otro silencio ruidoso). Pienso en todos los volcanes escondidos que quizá nos circundan ahí, en el rincón que menos imaginamos. Y en la potencia de todo lo que no se dice, eso que no deja de dar vueltas, quizá de noche, como un eco.

Algo más: a la película acá le pusieron El chef, una traducción desafortunada para el original que es Boiling Point, es decir Punto de ebullición

Ahora sí, arranca una nueva edición de Mil lianas.

1. Rancho, de Pedro Speroni. La película arranca con una aclaración: las distintas posibilidades que abre la palabra rancho, en especial en el ámbito de las cárceles. Porque un rancho, claro, es una vivienda precaria hecha de ramas o paja, pero para quienes están privados de su libertad también puede servir para referirse al lugar compartido en prisión, para señalar a compañeros de delito o de celda e, incluso, para hablar de la comida que se comparte tras las rejas.

En el largometraje documental Rancho, el cineasta Pedro Speroni raspa de todas esas variables para ofrecer un retrato de gran aproximación a un universo siempre lejano e inquietante. Es que, con un nivel de cercanía que impacta, la película se mete adentro de una cárcel de máxima seguridad para registrar los días de un grupo de detenidos, en sus camas, en sus comidas, en su limpieza personal. Hay un boxeador que está a punto de salir, un veterano que lleva más de 30 años preso y se convierte en una guía para el resto, un chico que se depila las cejas mientras le cuenta a su compañero sobre su pasado, otro que, después de reincidir en el delito, dice que quiere juntar un último buen botín o “dejar de robar, robando”.

Por suerte, en esa proximidad que ofrece –el director contó en algunas entrevistas que pasó días en las puertas de un penal y que luego se metió en la cárcel y convivió más de un año con los presos– el documental no busca ni una redención, ni una justificación de lo que hicieron sus protagonistas. Tampoco aparece esa fascinación un tanto miope que a veces, tal vez sin querer, traen algunos relatos de ese mundo y de esas vidas. En todo caso, Rancho sigue la deriva de algunas personas, sus dudas y sus sueños de un modo muy respetuoso y genuino

Pedro Speroni nació en Buenos Aires, Argentina, en 1987. Es productor y director de cine. En 2014 dirigió el cortometraje Peregrinación, que se puede ver gratis en la plataforma CineAR Play y también tiene como fondo el mundo de las cárceles, pero desde el lado de quienes visitan a sus familiares privados de su libertad. Rancho, primer largometraje documental de este director, tuvo su estreno oficial en el Festival de Cine Independiente de Buenos Aires, BAFICI, en 2021, donde obtuvo el premio a mejor ópera prima.

El documental Rancho, de Pedro Speroni, se proyecta los domingos en el auditorio del Malba (Av. Figueroa Alcorta 3415, CABA). Del mismo director, en la plataforma CineAR Play se puede ver gratis el cortometraje Peregrinación.

2. Inktober. La semana pasada arrancó octubre y me olvidé de decirles que todos los años para esta altura distintos ilustradores, artistas plásticos, diseñadores y dibujantes se unen en las redes sociales con una consigna que se llama Inktober y es preciosa. Se trata de una propuesta que comenzó en 2009 por iniciativa del ilustrador Jake Parker como una especie de reto y creció: la idea era hacer, con tinta, un dibujo cada día del mes y compartirlo en las redes con un mismo hashtag. Con el tiempo, el mecanismo se fue sofisticando y existen distintas listas con consignas específicas para cada día, que cientos de artistas del mundo toman para sus dibujos y luego comparten en sus perfiles. 

En particular, yo sigo todos los días con especial atención las ilustraciones de las argentinas Yael Frankel y Powerpaola, porque me encanta lo que hacen. Ellas están cumpliendo con las propuestas de dibujos de esta lista.

Para ver más, lo ideal es seguir en Instagram el hashtag #Inktober y también #Inktober2022.

Más sobre Inktober: en Instagram, con el hashtag #Inktober y también #Inktober2022.

3. Lo que el río hace. Amelia corre en una ciudad: la persigue su editora, porque le debe un libro. La persigue su hija, porque no encuentra la ropa de natación. La persigue su marido, porque quiere que termine de una buena vez con un trámite doloroso: los papeles para poder vender el campo que era del padre de Amelia. Entonces escapa a ese territorio, una cuenta pendiente que también le trae un paisaje: el del río, el del pueblo correntino al que volvía cada verano, el de la infancia en ese momento en el que se va y pasa a ser otra cosa.

Lo que el río hace es una obra de teatro preciosa y muy emotiva que escribieron, dirigen y protagonizan las gemelas Paula y María Marull. Las dos son Amelia a lo largo de las escenas – “quisimos usar el parecido físico como parte del dispositivo teatral”, sostienen–, las dos se cruzan con los personajes insólitos de Esquina, en Corrientes –el elenco está integrado también por William Prociuk, Mónica Raiola, Mariano Saborido y Débora Zanolli y es excelente–, las dos están arriba y abajo del escenario, las dos escribieron con una pregunta en la cabeza: ¿dónde se esconde el tiempo y para dónde se va?

Después de años de destacarse en distintos escenarios independientes porteños las hermanas Marull llegan ahora a una de las salas del Teatro San Martín. Habían trabajado juntas, claro, pero nunca las dos haciendo todo a la par. Hace unos días las entrevisté para hablar, entre otras cosas, de cómo fue este trabajo, de la dramaturgia a cuatro manos, de la maternidad siempre en fuga. Les dejo la nota que salió por acá.

Lo que el río hace, de María y Paula Marull, se puede ver de miércoles a domingos a partir de las 20 en la sala Sala Cunill Cabanellas del Teatro San Martín (Corrientes 1530). Más sobre la obra en esta entrevista con las hermanas Marull.

Banda sonora. Después de días un poco agitados, por fin pude ir al cine a ver el documental Moonage Daydream (les había anticipado algo por acá: el director Brett Morgen, con el aval de los herederos de David Bowie, buceó en los archivos familiares y en miles de horas –sí, no es exageración– de imágenes del músico en recitales, entrevistas y todo tipo de presentaciones). Es tan conmocionante lo que pasa con la película, con esa vuelta a la palabra y a la obra de un artista tan único, que cualquier cosa que se diga pareciera no hacerle justicia.

Un amigo me dijo que se angustió muchísimo cuando salió del cine porque el documental le confirmó que ya no es posible que existan figuras así, que después de Bowie el presente no puede más que ofrecernos escenas menores. Otra amiga, al revés: me dijo que lo que hizo Morgen la llevó a agradecer eternamente haber sido contemporánea de alguien como él, que la reconcilió con la posibilidad de la excepción y el milagro, con eso que se habilita al poder redescubrir su música y su legado una y otra vez.

En cualquier caso, muchísimo Bowie se suma esta vez a nuestra lista compartida.

Posdata: Llegando al final me di cuenta de que me quedó una edición sin libros. Así que les dejo por acá esta entrevista que hice hace poquito a la escritora Claudia Piñeiro a propósito de la salida de su novela El tiempo de las moscas. Espero que les guste.

¡Hasta la próxima!

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