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¿Qué queremos contarle de la ciencia a una niña o a un niño de 7 años?

Una nena con un robot

Esa no es una pregunta menor, secundaria. Esa pregunta es el modo más fundamental de indagar qué es la ciencia y en que queremos que se convierta en el futuro. Por supuesto, no es nuestro rol dar una respuesta acabada, pues nuestras hijas e hijos asumirán el mando efímeramente, en base a las respuestas, también efímeras, que logren imaginar a esas preguntas. La otra opción, la que piensa a la ciencia como una fuente de verdades reveladas, es sencillamente absurda. Nuestra generación (y por supuesto cada generación) no es más que un puente cuya función consiste principalmente en más que mejorar y mostrar la diversidad de herramientas torpes e inacabadas disponibles a la generación siguiente. La música que se escuche, los libros que se lean, los premios con los que nos veneren estarán en sus manos. Qué otra opción queda que ser optimista, que confiar sin resentimiento en el juicio, que tal vez no comprendamos, de nuestros descendientes.

La ciencia contemporánea encarna ese ideal optimista en su actuar. Se encuentra absolutamente volcada a la formación de recursos humanos. Y, sin embargo, en los departamentos de profesores se sigue escuchando lo mismo que se viene escuchando desde siempre: que niños y niñas escriben y leen peor, que tienen déficit de atención, que no tienen la capacidad de detectar qué es lo importante. Como si fuese posible cambiar la dirección del tiempo. Como si eso fuese siquiera deseable. 

La ciencia no es un cúmulo de conocimientos estable. Justamente, más allá de que filósofas y filósofos de la ciencia no sepamos todavía cómo caracterizar adecuadamente en qué consiste el método científico estamos de acuerdo en que una característica fundamental del conocimiento científico es su revisabilidad. Lo que sea que queramos contarle a una niña o a un niño acerca de la ciencia debería tomar en consideración este punto. Muchos de los datos que hoy tomamos como certeros tal vez no sean aceptados en 20 años. Pero, además, la meta de la comunicación científica no sólo consiste en contar datos, lo que se busca es enseñar a pensar científicamente. Y pensar científicamente, aunque no esté tan claro qué significa, definitivamente tiene algún componente de sospecha razonable sobre el conocimiento previo. “Enseñar a pensar científicamente” esconde  la tensión de que aquello que “enseñamos” es revisable y podría ser abandonado. Esto no sólo es una concepción acerca de la ciencia, sino hacerse cargo de que el paso del tiempo es inexorable, y que el futuro no nos pertenece.

La meta de la comunicación científica no sólo consiste en contar datos, lo que se busca es enseñar a pensar científicamente

Para este fin resulta interesante apelar a la historia de la ciencia, y contar lo que hicieron científicas y científicos en el pasado. El modo en que pensaron y actuaron, extendiendo sus sentidos a través de instrumentos que ellos mismos inventaron, entregando su vida por esta causa colectiva, casi siempre sin recompensas materiales ni reconocimiento social, e incluso, a veces arriesgando sus vidas, a veces frente a las inclemencias del clima y el ambiente, a veces frente a la inclemencia, todavía más dura, de otros miembros de su comunidad. 

Probablemente Charles Darwin constituya uno de los ejemplos más bellos de esta actitud revoltosa. Darwin, que comenzó siendo un niño que no encontraba un lugar en el sistema educativo académico disponible que lo satisficiera y terminó siendo el modelo de científico y de pensar científicamente. Y eso no es una contingencia, sino que ilustra el proceder constitutivo de la ciencia. Darwin escucho atentamente a sus profesores, aprendió de ellos métodos e ideas, pero las considero instrumentos y artefactos a ser perfeccionados. Abandonó algunas, reinterpretó otras, y poco a poco armó el rompecabezas de concepciones que llamamos darwinismo, que en cierta medida constituye la cosmovisión actual, que se sale por fuera de la biología y afecta el modo en que nos consideramos a nosotros mismos. Además, escribió no para que sus adultos, o siquiera para que sus contemporáneos, lo entendieran. Como una y otra vez repite, escribió para las científicas y científicos del futuro...para nosotros. 

Una GRAN familia, o “granfa” como lo llaman amorosa y amistosamente en la editorial que lo publicó, iamiqué, trata de contar una de las ideas más bellas de Darwin. La idea de que toda la vida en la Tierra (por supuesto, humanos incluidos) se encuentra emparentada. Esta idea puede ser comprendida perfectamente por niñas y niños, de hecho, probablemente la vuelvan propia con más facilidad que un adulto, por la actitud natural familiar que muestran frente a cualquier organismo vivo. Pero además, esta idea es interesante porque es posible explicitar la evidencia sobre la que se sustenta. Las semejanzas corporales y de conducta por las cuales podemos sospechar que dos personas se encuentran emparentadas son del mismo tipo que aquellas por las cuales podemos creer que humanos y delfines se encuentran emparentados. El grado de esa semejanza, además, es indicativo del grado de parentesco. Esta es una idea sencilla, y permite construir el árbol de la vida que Guido Ferro ilustra bellamente en una de las páginas del libro, permite introducir la concepción de evolución ramificada y finalmente, brinda patrones explicativos que permiten responder, en muchos aspectos, por qué somos cómo somos. Patrones explicativos que los lectores pueden aplicar a casos nuevos. 

Tratar de contar una de las ideas más bellas de Darwin por ejemplo la idea de que toda la vida en la Tierra (por supuesto, humanos incluidos) se encuentra emparentada. Esta idea puede ser comprendida perfectamente por niñas y niños

La propia evolución, la idea que queremos transmitir, forma en sí misma parte de esta actitud científica de volcamiento a las generaciones futuras. Las preguntas ¿de dónde provenimos? ¿cómo eran nuestros ancestros? ¿cómo llegamos a ser lo que somos? que las herramientas darwinianas nos ayudan a responder, tienen como espejo en el darwinismo una pregunta más difícil, más importante y más fundamental: ¿En qué nos vamos a convertir? No hay fósiles que nos indiquen como será el futuro, porque en este mundo darwiniano no hay un destino prefijado. La evolución no sigue caminos preestablecidos ni tiene ningún objetivo final. Construir nuestro destino es la responsabilidad más importante. Todo lo que nos queda es confiar en nuestros hijas e hijos, y en sus hijas e hijos, tratar de ofrecer herramientas que podemos pensar que pueden ser útiles, y a la vez, no generarles culpa si tienen que abandonarlas. Eso venimos haciendo desde siempre, desde que no éramos humanos todavía. 

Una de las imágenes de Guido Ferro (mi preferida) ilustra un posible futuro, hermoso y lleno de vida. Curiosamente, en la imagen no hay humanos, ni nada que parezca haber evolucionado de ellos. Y sin embargo, es una imagen que produce felicidad. Tal vez porque cualquier futuro que imaginemos se encontrará influido por nosotros, y estemos o no estemos, esa situación de plenitud y diversidad es exitosa, pues parece implicar que aprendimos a expandir la preocupación natural por nuestra familia reducida a esa gran familia constituida por todos los seres vivos de nuestro planeta. 

Nuestro objetivo era plasmar en “Granfa” la actitud curiosa e irreverente del darwinismo, y constitutiva de la ciencia. Ojalá tengamos éxito al contagiar en sus pequeños lectores (y por qué no, en algunos adultos) tal actitud.  

SG

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