Opinión- Maia

Antes de que se vuelvan a olvidar en dónde queda Lugano

Antes de que se vuelvan a olvidar en dónde queda Lugano

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“Quedate en casa” tiene significado cuando dormís en casa. La vuelta a la escuela te alegra cuando vas a la escuela. Ponerse el barbijo, cuando tenés barbijo. Mantener distancia cuando tenés espacio. Maia y su mamá viven hace tiempo una pandemia extendida y los mensajes del Estado les suenan lejanos. Donde ellas viven, las cámaras muestran una toldería de telas rosas y grises colgando de los árboles. Allí el desamparo se manifiesta en todas sus formas posibles y esa falta de paredes y columnas es el único mensaje oficial que ellas recibieron. De eso se trata esta historia, de los que tienen poco. La madre de Maia creía que no tenía nada hasta que le quitaron a su hija. Se lo dijo a su prima, que solo le respondió con silencio.  

Cortar la Dellepiane, un acto que indigna cuando los pobres hacen política, ayer estuvo permitido en los medios. En ese instante en el que algunos decidieron poner foco en Lugano, la madre fue víctima, los que prendían gomas vecinos y el reclamo no se discutía. Así fue que el Estado apareció en su versión policial amable. La sociedad pedía por Maia, al menos por un rato. Una rareza que los lugareños ya sabrán olvidar. 

El INDEC y UNICEF aún afinan sus datos pero ya nadie discute que más de la mitad de los chicos argentinos viven en la pobreza. Maia crece ahí. Es muy chica y muy pobre. Para los que viven en la calle, los pobres son los que al menos algo tienen. La posibilidad de que su destino cambie son escasas. Por más que se esfuercen, los que están como ella arrancan todos los días perdiendo 4 a 0. Nadie necesita más que ellos y nadie recibe menos. En esas geografías todos los contenedores sociales funcionan mal o no funcionan. 

En los relatos policiales, muchas veces renuentes a mirar matices, los victimarios solo son sujetos pasibles de castigos. Entender qué sucedió con ellos no los eximirá de la pena, pero al menos, servirá para observarlos. El día que nació, a Carlos Savanz le pusieron otro apellido en la partida. Era el de la asistente social que se hizo cargo de él y de sus hermanos porque su mamá era una adolescente. En una familia de 10 hermanos entendió, como Maia y su mamá, que no había un pasamano de dónde sostenerse para ir en busca de alguna perspectiva. Hablaba poco y se volvió invisible, para los suyos, para los otros y, una vez más, para el Estado. El también es una parte del relato. 

La estridencia de los medios y la sobreactuación de funcionarios hizo recordar la búsqueda de Candela Rodríguez de 2011. Hasta en las fotos Candela y Maia estaban parecidas. Pensar a Maia como Candela, en el fondo es una trampa. Es alejarlo, es pensar que sucede por un entorno familiar complejo, algo de la fatalidad y de lo inevitable. No es el caso de la nena encontrada esta mañana en Luján, por ella todavía se puede hacer algo. Maia fue encontrada y volverá con su mamá. Pero ahora, alguien tiene que encargarse de que por fin vaya a su casa. Hay que apurarse antes de que se vuelvan a olvidar de dónde queda Lugano.  

AM

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