Aniversario

50 años sin Alejandra Pizarnik: mito, ruptura y el final inquietante de la gran poeta argentina del siglo XX

“El destino eran cincuenta pastillas de Seconal sódico tras cumplir un rito cargado de significación: cuando los amigos desolados entraron en el departamento de Montevideo 980 —en ese entretiempo sin tiempo que transcurrió entre que su amiga Ana Becciu la llevara, ya sin vida, al Hospital Pirovano y le entregaran su cuerpo a la familia para que lo velara, tapado por la estrella de David como prescriben los ritos, en el flamante local de la SADE, en Uruguay 1371—, encontraron las muñecas maquilladas y, junto a sus últimos papeles de trabajo dispersos, un texto perturbador: ‘No quiero ir nada más que hasta el fondo’. Todo se había consumado en la madrugada del 25 de septiembre de 1972, a pesar de la vigilia atenta de quienes tanto la querían —Rosa o Rejzla, su madre, Olga Orozco, Elvira Orphée, Ana Becciu, Ana Calabrese, Víctor Richini, Arturo Carrera, Marcelo Pichon Rivière, Antonio López Crespo—; a pesar de la llegada de Niebla, la novela de Miguel de Unamuno que le pidió prestada a Roberto Yahni dos días antes de morir y que tal vez leyó o no leyó; a pesar del proyecto de un libro con sus poemas ilustrado por Esmeralda Almonacid; a pesar de la casi certeza de la aparición de lo que luego sería El deseo de la palabra, antología tristemente póstuma y heroicamente batallada por Antonio Beneyto en diversas editoriales españolas, pero que entonces era un libro armado con la colaboración de Martha Isabel Moia, el cual tendría —junto con los poemas y las prosas por primera vez recogidos en libro— dibujos, collages, esa otra forma de seducir el espacio que practicaba Alejandra”, describen Cristina Piña y Patricia Venti en su libro Alejandra Pizarnik. Biografía de un mito (Lumen, 2021).

Lecturas: Alejandra Pizarnik. Biografía de un mito

Saber más

Y continúan: “Como años después, traspasada de dolor, lo diría esa especie de hermana mayor o madre literaria que fue Olga Orozco para Alejandra en su Pavana para una infanta difunta, esa noche: ‘Se rompieron los frascos / se astillaron las luces y los lápices / se desgarró el papel con la desgarradura que te desliza en otro laberinto’. Y el personaje, lenta y seguramente diseñado por Flora Pizarnik, nacida el 29 de abril de 1936 en Avellaneda, provincia de Buenos Aires, cumplió su destino textual sepultando a Buma, Flora, Blímele, Alejandra, Sasha, con cincuenta pastillas de Seconal sódico”.

Se cumplen 50 años de ese día en el que Alejandra Pizarnik decidió quitarse la vida. Se cumplen 50 años, también, de una escena repasada por quienes la conocieron, revisitada por quienes la leyeron, enmarcada, por algunos, como un gesto más, como parte de una obra rupturista. La muerte de la poeta, el nacimiento del mito, la permanencia de una voz incandescente: en estos días se multiplican los homenajes, los recuerdos, las relecturas de las distintas facetas de su obra y de su vida.

Una escritora entre la palabra y la imagen

Una de las conmemoraciones más destacadas es la que se realiza en la Biblioteca Nacional. Allí se acaba de inaugurar, en la sala Juan L. Ortiz, la muestra Alejandra Pizarnik, entre la imagen y la palabra, que, como apuntan los organizadores, tiene como finalidad “celebrar su figura y presentarle al público un fondo documental que pone de relieve sus complejos mecanismos creativos”. Con libros marcados con su letra “inconfundible”, con manuscritos seleccionados del tesoro de la institución y también con collages y dibujos que realizó la propia Pizarnik, la exhibición también quiere por un lado exponer materiales de la intimidad de la autora y, por el otro, traer a la actualidad una faceta menos conocida, pero muy vinculada con su obra.

Tal como señala a elDiarioAR Evelyn Galiazo, curadora de la muestra y directora de Investigaciones de la Biblioteca Nacional, la exposición “intenta plasmar la plasticidad de la escritura de Alejandra Pizarnik, que convoca al dibujo y al collage como declaración de principios poéticos. Como en las caligrafías asemánticas de Mirtha Dermisache, León Ferrari o Severo Sarduy —entre tantos otros—, en la escritura de Pizarnik la imagen toma la palabra para desmentir el oxímoron implícito en el concepto de texto como entidad inmaterial”. 

La curadora destaca en la poeta un declarado interés, tal como señaló la propia Pizarnik,  por “una escritura densa; concreta al máximo; desmesuradamente materialista”. Ocurre que hasta en la correspondencia de la autora de La condesa sangrienta se puede rastrear un gran amor y culto a los soportes e instrumentos de la escritura, como libretas, cuadernos, blocks y todo tipo de lapiceras y marcadores (“Me hechiza y me embruja comprar lapiceros, rotuladores (tengo 83) y todo lo que existe en esos palacios llamados papelerías”, le escribió, por ejemplo, al poeta y pintor catalán Antonio Beneyto).

“Sin ser una dibujante excepcional, o tal vez gracias a eso, Pizarnik desarrolló un estilo particular. Asistió al taller del pintor catalán Juan Batlle Planas y expuso en varias galerías. Lamentablemente, se ignora el paradero de la gran mayoría de sus obras plásticas, pero gracias a un convenio de mutua colaboración con la Biblioteca de la Universidad de Princeton, la muestra incluye digitalizaciones de los dibujos y collages conservados allí, además de dos originales que la poeta le obsequió a Ivonne Bordelois y Graciela Maturo”, agrega Galiazo. 

Sobre la enorme cantidad de documentación, manuscritos, apuntes y libros marcados por la escritora, que estuvieron dispersos muchos años y que hoy se conservan en el Fondo Alejandra Pizarnik de la Biblioteca Nacional, detalla: “Por decisión de Horacio González, siempre dispuesto a incrementar el patrimonio de la institución, en 2007 la Biblioteca Nacional adquirió seiscientos cincuenta volúmenes que le pertenecían a la escritora. Años más tarde, Myriam Pizarnik de Nesis, su heredera y hermana mayor, decidió sumar ciento veintidós ejemplares más y una importante cantidad de material de archivo”.

Es por esto que la institución en la actualidad es la encargada de custodiar “un número significativo de manuscritos y dactiloescritos originales, distintas versiones de textos corregidos a mano y pasados en limpio, correspondencia, notas personales, separatas y recortes de prensa; papeles que ella misma recortaba y clasificaba, contribuyendo activamente en la construcción de su propia imagen autoral”. 

Se trata, en sus palabras, de “un valioso conjunto que arroja nuevas luces sobre la belleza oscura de su obra” y que también tiene como finalidad impulsar nuevas investigaciones alrededor de Pizarnik luego de que estos materiales estuvieran dispersos, entre universidades extranjeras, colecciones privadas y archivos.

Una biografía, 30 años después

Con motivo del aniversario de la muerte de Pizarnik, esta semana también se le realizó un homenaje en el Centro Cultural Borges, que sirvió además para presentar el libro Alejandra Pizarnik. Biografía de un mito de Cristina Piña y Patricia Venti. Se trata de uno de los recorridos más exhaustivos sobre la vida y la obra de la escritora y también una vuelta de tuerca a una primera versión del libro que la propia Piña había publicado en 1991.

La nueva edición, ampliada a partir de una gran cantidad de documentación nueva, implicó varios recorridos por los diarios depositados en la Biblioteca de la Universidad de Princeton, junto con lecturas de sus cuadernos, borradores y correspondencia. Las autoras, a la vez, entrevistaron a amigos de la poeta y, sobre todo, mantuvieron extensos diálogos con su hermana mayor, Myriam.

Tal como señala el título de la publicación, la intención parece ser, al recorrer sus páginas, la de atravesar el mito de la escritora, ver de qué materiales está compuesto y para entender, por fin, cuáles fueron las rupturas que abrió en su época.

Entre otros momentos, las autoras recorren el interés inicial de Pizarnik por el periodismo, su llegada a París en los '60 y los días en lo que, entre otras cosas, entrevistó a Simone de Beauvoir y Marguerite Duras.

Por supuesto que la publicación también llega a reconstruir, desde sus escritos y desde quienes la conocieron, aquellos últimos días de la poeta.

“Está mitificada la figura de Alejandra como una poeta maldita que sin duda fue, se da la unión entre escritura y vida y además ese suicidio lleva a mitificar la figura porque se subraya la concepción del absoluto de la literatura que se articula con la vida”, señaló Piña a la agencia Télam en 2021, apenas lanzada la nueva versión de la biografía. 

“Ese mito Pizarnik se fue agrandando con los años y hay muchísima gente que no la ha leído y conoce nada más que lo que se dice de la leyenda de Alejandra: la de la poeta que se suicida entregada totalmente a su escritura”, concluyó.

Pizarnik para ver

Lejos de encallar en ese final trágico e inquietante, la figura de Alejandra Pizarnik es, desde hace 50 años, una imagen que vuelve, que impregna a otras disciplinas artísticas. Ocurrió en el llamado under porteño, sobre todo a partir de los ‘80 y con el regreso de la democracia: artistas y amigos de la escritora como Batato Berea, Alejandro Urdapilleta, Humberto Tortonese y Fernando Noy, recuperaron sus textos y lo transformaron en distintas versiones para sus performances.

Pero eso siguió hasta la actualidad. Sin ir más lejos, este año se estrenaron varias obras teatrales que se nutren de la poesía de Pizarnik.

En el ámbito audiovisual, además de documentales televisivos, entre los que se destacan capítulos de la saga Memoria iluminada lanzados por Canal Encuentro, además de algún largometraje, quizá una de las rarezas y materiales más interesantes para volver sobre el universo creativo de Alejandra Pizarnik sea el cortometraje de 1993 Vértigos, o contemplación de algo que cae, de la cineasta y productora argentina Vanessa Ragone, quien años más tarde trabajaría en El secreto de sus ojos, se ganaría un Oscar y se convertiría en una de las referentes más importantes del cine argentino.

Aquel trabajo incipiente alrededor de la poeta ganó el Primer Concurso Nacional de Cortometrajes promovido por el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (Incaa), más tarde conocido como el prestigioso ciclo conocido como Historias Breves. Está disponible en la plataforma gratuita Cine.AR.

De media hora de duración, Vértigos es una indagación, una exploración con una puesta experimental, llena de texturas, de la que participan, entre otros, un dream team de colegas, personas cercanas a Pizarnik y artistas como el propio Tortonese, Rosario Bléfari, la hermana de la escritora, las poetas Olga Orozco y Diana Bellessi. También hay lecturas de sus poemas en las voces de Alfredo Alcón, Norma Aleandro y Liliana Daunes.

“La muerte como tema era su patria, su lugar de origen”, dice allí Fernando Noy y remata: “Alejandra iba hacia algo inevitable: la sensación de abandono”.

AL

“El destino eran cincuenta pastillas de Seconal sódico tras cumplir un rito cargado de significación: cuando los amigos desolados entraron en el departamento de Montevideo 980 —en ese entretiempo sin tiempo que transcurrió entre que su amiga Ana Becciu la llevara, ya sin vida, al Hospital Pirovano y le entregaran su cuerpo a la familia para que lo velara, tapado por la estrella de David como prescriben los ritos, en el flamante local de la SADE, en Uruguay 1371—, encontraron las muñecas maquilladas y, junto a sus últimos papeles de trabajo dispersos, un texto perturbador: ‘No quiero ir nada más que hasta el fondo’. Todo se había consumado en la madrugada del 25 de septiembre de 1972, a pesar de la vigilia atenta de quienes tanto la querían —Rosa o Rejzla, su madre, Olga Orozco, Elvira Orphée, Ana Becciu, Ana Calabrese, Víctor Richini, Arturo Carrera, Marcelo Pichon Rivière, Antonio López Crespo—; a pesar de la llegada de Niebla, la novela de Miguel de Unamuno que le pidió prestada a Roberto Yahni dos días antes de morir y que tal vez leyó o no leyó; a pesar del proyecto de un libro con sus poemas ilustrado por Esmeralda Almonacid; a pesar de la casi certeza de la aparición de lo que luego sería El deseo de la palabra, antología tristemente póstuma y heroicamente batallada por Antonio Beneyto en diversas editoriales españolas, pero que entonces era un libro armado con la colaboración de Martha Isabel Moia, el cual tendría —junto con los poemas y las prosas por primera vez recogidos en libro— dibujos, collages, esa otra forma de seducir el espacio que practicaba Alejandra”, describen Cristina Piña y Patricia Venti en su libro Alejandra Pizarnik. Biografía de un mito (Lumen, 2021).

Lecturas: Alejandra Pizarnik. Biografía de un mito

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Y continúan: “Como años después, traspasada de dolor, lo diría esa especie de hermana mayor o madre literaria que fue Olga Orozco para Alejandra en su Pavana para una infanta difunta, esa noche: ‘Se rompieron los frascos / se astillaron las luces y los lápices / se desgarró el papel con la desgarradura que te desliza en otro laberinto’. Y el personaje, lenta y seguramente diseñado por Flora Pizarnik, nacida el 29 de abril de 1936 en Avellaneda, provincia de Buenos Aires, cumplió su destino textual sepultando a Buma, Flora, Blímele, Alejandra, Sasha, con cincuenta pastillas de Seconal sódico”.

Se cumplen 50 años de ese día en el que Alejandra Pizarnik decidió quitarse la vida. Se cumplen 50 años, también, de una escena repasada por quienes la conocieron, revisitada por quienes la leyeron, enmarcada, por algunos, como un gesto más, como parte de una obra rupturista. La muerte de la poeta, el nacimiento del mito, la permanencia de una voz incandescente: en estos días se multiplican los homenajes, los recuerdos, las relecturas de las distintas facetas de su obra y de su vida.

Una escritora entre la palabra y la imagen

Una de las conmemoraciones más destacadas es la que se realiza en la Biblioteca Nacional. Allí se acaba de inaugurar, en la sala Juan L. Ortiz, la muestra Alejandra Pizarnik, entre la imagen y la palabra, que, como apuntan los organizadores, tiene como finalidad “celebrar su figura y presentarle al público un fondo documental que pone de relieve sus complejos mecanismos creativos”. Con libros marcados con su letra “inconfundible”, con manuscritos seleccionados del tesoro de la institución y también con collages y dibujos que realizó la propia Pizarnik, la exhibición también quiere por un lado exponer materiales de la intimidad de la autora y, por el otro, traer a la actualidad una faceta menos conocida, pero muy vinculada con su obra.

Tal como señala a elDiarioAR Evelyn Galiazo, curadora de la muestra y directora de Investigaciones de la Biblioteca Nacional, la exposición “intenta plasmar la plasticidad de la escritura de Alejandra Pizarnik, que convoca al dibujo y al collage como declaración de principios poéticos. Como en las caligrafías asemánticas de Mirtha Dermisache, León Ferrari o Severo Sarduy —entre tantos otros—, en la escritura de Pizarnik la imagen toma la palabra para desmentir el oxímoron implícito en el concepto de texto como entidad inmaterial”. 

La curadora destaca en la poeta un declarado interés, tal como señaló la propia Pizarnik,  por “una escritura densa; concreta al máximo; desmesuradamente materialista”. Ocurre que hasta en la correspondencia de la autora de La condesa sangrienta se puede rastrear un gran amor y culto a los soportes e instrumentos de la escritura, como libretas, cuadernos, blocks y todo tipo de lapiceras y marcadores (“Me hechiza y me embruja comprar lapiceros, rotuladores (tengo 83) y todo lo que existe en esos palacios llamados papelerías”, le escribió, por ejemplo, al poeta y pintor catalán Antonio Beneyto).

“Sin ser una dibujante excepcional, o tal vez gracias a eso, Pizarnik desarrolló un estilo particular. Asistió al taller del pintor catalán Juan Batlle Planas y expuso en varias galerías. Lamentablemente, se ignora el paradero de la gran mayoría de sus obras plásticas, pero gracias a un convenio de mutua colaboración con la Biblioteca de la Universidad de Princeton, la muestra incluye digitalizaciones de los dibujos y collages conservados allí, además de dos originales que la poeta le obsequió a Ivonne Bordelois y Graciela Maturo”, agrega Galiazo. 

Sobre la enorme cantidad de documentación, manuscritos, apuntes y libros marcados por la escritora, que estuvieron dispersos muchos años y que hoy se conservan en el Fondo Alejandra Pizarnik de la Biblioteca Nacional, detalla: “Por decisión de Horacio González, siempre dispuesto a incrementar el patrimonio de la institución, en 2007 la Biblioteca Nacional adquirió seiscientos cincuenta volúmenes que le pertenecían a la escritora. Años más tarde, Myriam Pizarnik de Nesis, su heredera y hermana mayor, decidió sumar ciento veintidós ejemplares más y una importante cantidad de material de archivo”.

Es por esto que la institución en la actualidad es la encargada de custodiar “un número significativo de manuscritos y dactiloescritos originales, distintas versiones de textos corregidos a mano y pasados en limpio, correspondencia, notas personales, separatas y recortes de prensa; papeles que ella misma recortaba y clasificaba, contribuyendo activamente en la construcción de su propia imagen autoral”. 

Se trata, en sus palabras, de “un valioso conjunto que arroja nuevas luces sobre la belleza oscura de su obra” y que también tiene como finalidad impulsar nuevas investigaciones alrededor de Pizarnik luego de que estos materiales estuvieran dispersos, entre universidades extranjeras, colecciones privadas y archivos.

Una biografía, 30 años después

Con motivo del aniversario de la muerte de Pizarnik, esta semana también se le realizó un homenaje en el Centro Cultural Borges, que sirvió además para presentar el libro Alejandra Pizarnik. Biografía de un mito de Cristina Piña y Patricia Venti. Se trata de uno de los recorridos más exhaustivos sobre la vida y la obra de la escritora y también una vuelta de tuerca a una primera versión del libro que la propia Piña había publicado en 1991.

La nueva edición, ampliada a partir de una gran cantidad de documentación nueva, implicó varios recorridos por los diarios depositados en la Biblioteca de la Universidad de Princeton, junto con lecturas de sus cuadernos, borradores y correspondencia. Las autoras, a la vez, entrevistaron a amigos de la poeta y, sobre todo, mantuvieron extensos diálogos con su hermana mayor, Myriam.

Tal como señala el título de la publicación, la intención parece ser, al recorrer sus páginas, la de atravesar el mito de la escritora, ver de qué materiales está compuesto y para entender, por fin, cuáles fueron las rupturas que abrió en su época.

Entre otros momentos, las autoras recorren el interés inicial de Pizarnik por el periodismo, su llegada a París en los '60 y los días en lo que, entre otras cosas, entrevistó a Simone de Beauvoir y Marguerite Duras.

Por supuesto que la publicación también llega a reconstruir, desde sus escritos y desde quienes la conocieron, aquellos últimos días de la poeta.

“Está mitificada la figura de Alejandra como una poeta maldita que sin duda fue, se da la unión entre escritura y vida y además ese suicidio lleva a mitificar la figura porque se subraya la concepción del absoluto de la literatura que se articula con la vida”, señaló Piña a la agencia Télam en 2021, apenas lanzada la nueva versión de la biografía. 

“Ese mito Pizarnik se fue agrandando con los años y hay muchísima gente que no la ha leído y conoce nada más que lo que se dice de la leyenda de Alejandra: la de la poeta que se suicida entregada totalmente a su escritura”, concluyó.

Pizarnik para ver

Lejos de encallar en ese final trágico e inquietante, la figura de Alejandra Pizarnik es, desde hace 50 años, una imagen que vuelve, que impregna a otras disciplinas artísticas. Ocurrió en el llamado under porteño, sobre todo a partir de los ‘80 y con el regreso de la democracia: artistas y amigos de la escritora como Batato Berea, Alejandro Urdapilleta, Humberto Tortonese y Fernando Noy, recuperaron sus textos y lo transformaron en distintas versiones para sus performances.

Pero eso siguió hasta la actualidad. Sin ir más lejos, este año se estrenaron varias obras teatrales que se nutren de la poesía de Pizarnik.

En el ámbito audiovisual, además de documentales televisivos, entre los que se destacan capítulos de la saga Memoria iluminada lanzados por Canal Encuentro, además de algún largometraje, quizá una de las rarezas y materiales más interesantes para volver sobre el universo creativo de Alejandra Pizarnik sea el cortometraje de 1993 Vértigos, o contemplación de algo que cae, de la cineasta y productora argentina Vanessa Ragone, quien años más tarde trabajaría en El secreto de sus ojos, se ganaría un Oscar y se convertiría en una de las referentes más importantes del cine argentino.

Aquel trabajo incipiente alrededor de la poeta ganó el Primer Concurso Nacional de Cortometrajes promovido por el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (Incaa), más tarde conocido como el prestigioso ciclo conocido como Historias Breves. Está disponible en la plataforma gratuita Cine.AR.

De media hora de duración, Vértigos es una indagación, una exploración con una puesta experimental, llena de texturas, de la que participan, entre otros, un dream team de colegas, personas cercanas a Pizarnik y artistas como el propio Tortonese, Rosario Bléfari, la hermana de la escritora, las poetas Olga Orozco y Diana Bellessi. También hay lecturas de sus poemas en las voces de Alfredo Alcón, Norma Aleandro y Liliana Daunes.

“La muerte como tema era su patria, su lugar de origen”, dice allí Fernando Noy y remata: “Alejandra iba hacia algo inevitable: la sensación de abandono”.

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“El destino eran cincuenta pastillas de Seconal sódico tras cumplir un rito cargado de significación: cuando los amigos desolados entraron en el departamento de Montevideo 980 —en ese entretiempo sin tiempo que transcurrió entre que su amiga Ana Becciu la llevara, ya sin vida, al Hospital Pirovano y le entregaran su cuerpo a la familia para que lo velara, tapado por la estrella de David como prescriben los ritos, en el flamante local de la SADE, en Uruguay 1371—, encontraron las muñecas maquilladas y, junto a sus últimos papeles de trabajo dispersos, un texto perturbador: ‘No quiero ir nada más que hasta el fondo’. Todo se había consumado en la madrugada del 25 de septiembre de 1972, a pesar de la vigilia atenta de quienes tanto la querían —Rosa o Rejzla, su madre, Olga Orozco, Elvira Orphée, Ana Becciu, Ana Calabrese, Víctor Richini, Arturo Carrera, Marcelo Pichon Rivière, Antonio López Crespo—; a pesar de la llegada de Niebla, la novela de Miguel de Unamuno que le pidió prestada a Roberto Yahni dos días antes de morir y que tal vez leyó o no leyó; a pesar del proyecto de un libro con sus poemas ilustrado por Esmeralda Almonacid; a pesar de la casi certeza de la aparición de lo que luego sería El deseo de la palabra, antología tristemente póstuma y heroicamente batallada por Antonio Beneyto en diversas editoriales españolas, pero que entonces era un libro armado con la colaboración de Martha Isabel Moia, el cual tendría —junto con los poemas y las prosas por primera vez recogidos en libro— dibujos, collages, esa otra forma de seducir el espacio que practicaba Alejandra”, describen Cristina Piña y Patricia Venti en su libro Alejandra Pizarnik. Biografía de un mito (Lumen, 2021).

Lecturas: Alejandra Pizarnik. Biografía de un mito

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Pizarnik esencial

Flora Pizarnik era el nombre que figuraba en el documento de Alejandra. Nació en la localidad de Avellaneda, el 29 de abril de 1936, lugar en el que por un tiempo se establecieron sus padres, inmigrantes ucranianos que llegaron a la Argentina a comienzos del siglo XX. 

Poeta, ensayista y traductora, estudió en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires y también asistió a una escuela de periodismo. A comienzos de la década del ‘60 se estableció en París, donde trabajó para distintas publicaciones y editoriales francesas. Desde allí publicó poemas y críticas en varios diarios y tradujo, entre otros, a Antonin Artaud. Además, estudió literatura francesa en La Sorbona. Tras su retorno a Buenos Aires, a partir de 1964, Pizarnik publicó tres de sus principales volúmenes de poesía: Los trabajos y las noches, Extracción de la piedra de locura y El infierno musical, así como su notable trabajo en prosa La condesa sangrienta

El 25 de septiembre de 1972, mientras pasaba un fin de semana fuera de la clínica psiquiátrica a la que había sido enviada luego de distintas crisis depresivas, Pizarnik se suicidó. Su poesía, leída alrededor del mundo y destacada por su oscuridad y profundidad, dejó un legado trascendental para la literatura latinoamericana.

Según los últimos registros de sus diarios personales, en noviembre de 1971 había apuntado: “He sufrido tanto que ya me expulsaron del otro mundo. Escribir es querer darle algún sentido a nuestro sufrimiento”.

En la actualidad, sus libros, sus diarios y sus poemas reunidos, además de gran parte de su correspondencia personal, están editados por el sello Lumen.

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